Simone Signoret, 100 años de la leyenda del cine francés

Cortesía

Simone Signoret podía encarnar a la mujer más diabólica y también a la más dulce. Reconocida como la gran dama del cine francés, fue la primera actriz francesa en ganar un Oscar por su papel en Un lugar en la cumbre (1959), una cinta que sedujo a Hollywood por su descaro erótico y en el que Signoret interpreta a la sofisticada e inteligente Alice

Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, Días de Cine rinde homenaje a la protagonista de películas como París, bajos fondos (1952) o Las diabólicas (1955), con un amplio reportaje que recorre los éxitos de toda su carrera.

Un repaso a su ingenio y talento interpretativo que recupera sus actuaciones más brillantes y descubre la vida de una mujer tenaz, inteligente y comprometida socialmente. Nacida hace 100 años en Alemania bajo el nombre de Simone Henriette Charlotte Kaminker, muy pronto huiría a Francia con su madre, de la que acabaría tomando su apellido para ocultar su herencia judía polaca. 

Allí creció rodeada de un ambiente intelectual, lleno de artistas que la animarían a estudiar interpretación mientras compaginaba pequeños trabajos como mecanógrafa o profesora de inglés y latín, reseñó América Nuestra.

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Cómo huir del papel de prostituta

El primer papel en la pantalla fue en la película Boléro (1942) de Jean Boyer. Le siguieron otros tantos papeles menores como secundaria o extra. Tras la guerra, su matrimonio con el realizador de cine Yves Allégret, le permitió abrirse camino en cintas de mayor calado. 

Entre ellas, Les Démons de l’aube (1946) o Dédée d’Anvers (1948) donde Signoret finalmente obtuvo un papel protagonista. Dos títulos con los que consechó mucho éxito, pero que la encasillaron en papeles de prostituta, como los que interpretaba en ellos, durante los siguientes años.

Aquellos clichés no le impidieron impregnar todo su talento en los papeles que le llegaban. Así llegaron interpretaciones como las que realizó en La ronda (1950), de Max Ophüls, o la extraordinaria París, bajos fondos (Casque d’or, 1952), de Jacques Becker, que le permitieron interpretar a algunos de los personajes femeninos más fuertes y complejos de la época. 

Uno de ellos, Marie en la obra de Becker, en la que Signoret destaca como una mujer preocupada por sus deseos, inteligente y resuelta que hace malabares con las peligrosas relaciones que mantiene con criminales callejeros. Su imagen con un estilo belle époque se convirtió en una de las más famosas de la época.


"Envejecí como envejecen las mujeres que no son actrices"

Aunque, sin duda, uno de sus grandes papeles llegaría en 1955 con su papel en Las diabólicas. En esta cinta, Signoret se mete en la piel de una despiadada Nicole, una mujer fría y calculadora que se toma la justicia por su cuenta. Su personaje, sobre el que cae el peso del film, brilla en medio de una historia llena de giros de guión e interpretaciones deslumbrantes.

En 1958, cuando Signoret está en uno de los momentos más brillantes de su carrera, le llega la oportunidad de trabajar en una película cuyo título parece presagiar lo que vendría después, Un lugar en la cumbre, de Jack Clayton. Allí, en lo alto del éxito, recibe el Oscar a la mejor actriz por su actuación en esta cinta, convirtiéndose en la primera interprete francesa en lograr una estatuilla y la primera mujer en ganar el premio por su actuación en un filme extranjero.

Su habilidad para retratar la pasión de una mujer mayor pasó a primer plano en esta película y en la historia del cine, convirtiéndola en una de las mujeres mayores más destacadas del cine europeo por su refrescante honestidad a la hora de representar en sus papeles el deseo y la pasión de una mujer madura. Como dijo en broma: "Envejecí como envejecen las mujeres que no son actrices". Es decir, con naturalidad y sin bótox.

Éxito en la cumbre

Entre sus papeles posteriores, uno de los más llamativos es su papel fundamental como la luchadora de la resistencia francesa Mathilde en el apasionante thriller de guerra de Jean-Pierre Melville Army of Shadows (1969). La última década de su carrera se descuida hoy, pero ofrece muchas joyas. 

Su giro vicioso en Le Chat (1971) de Pierre Granier-Deferre, una adaptación de una novela de Georges Simenon, está a la par con algunas de sus mejores interpretaciones de los años 50. Mientras tanto, su papel sospechoso en Police Python 357 (1976) de Alain Corneau nos permite verla trabajando con su segundo marido, Yves Montand, y disfrutar de unos fotogramas que son en sí mismos una ventana abierta a su relación, una de las más duraderas de la historia del cine.

Todo ello se detalla con mimo en sus memorias publicadas en 1978 bajo el irónico título La nostalgia ya no es lo que era. Un trabajo reflexivo, con una prosa deliciosa en el que demostró que su talento iba más allá del cine y que le llevó a escribir más tarde una novela, Adieu Volodya, publicada en 1985. 

Aquel mismo año, fallecía a causa de un cáncer a los 64 años dejando un rastro imborrable en la historia como una de las grandes damas de la época clásica del cine francés.


Fuente: América Nuestra


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