Los chalecos amarillos: ¿que dicen esas protestas?

Protestas de los "chalecos amarillos" en Francia en contra de posibles aumentos a los servicios públicos
Protestas de los "chalecos amarillos" en Francia en contra de posibles aumentos a los servicios públicos - France24

De nuevo, el Papa Francisco dio en el clavo: “Hoy en la política faltan estadistas de espesor humano; hay que volver a La Pira” . Si tenemos como cierto que «la política es un compromiso de humanidad y de santidad» su actividad tiene que estar al servicio del bien común y del respeto de la dignidad de la persona. De lo contrario, se convierte en instrumento perverso y muy eficaz, por cierto, para edificar y sostener lo que san Juan Pablo II definió como “estructuras de pecado”», en otras palabras, todas las acciones y tentaciones que son la suma de factores que actúan en sentido contrario.

La falta de estadistas “de espesor humano” es lo que hace que la política, aguas abajo, se deteriore y contamine. En cada uno de los países del mundo, con excepciones que confirman la regla, faltan políticos serios, sanos, sensibles y coherentes. Pero eso no hace sino afirmar su desapego de quienes los eligieron – bien sea para conducir organizaciones políticas que hablen en nombre de la gente o para desempeñarse en cargos de responsabilidad pública- y su trágico deslinde de las agendas prioritarias marcadas por las necesidades más sentidas de los pueblos.

Otra realidad que pone en evidencia esa disociación es la que sale a flote en el tipo de protesta, violenta o no, que se esparce por el mundo y crece como la hierba en suelo fértil: las que no tienen conducción, que rozan la anarquía -y por ello fácilmente degeneran en violencia- , y que visibilizan comunidades humanas dolientes que ven sus problemas acentuarse sin instancias que los escuchen y resuelvan.

Son centenares de miles de hombres y mujeres que cortan y/o bloquean carreteras y autopistas, que toman espacios públicos, que se agolpan sin aviso ante cualquier edificio público en las ciudades, exigiendo soluciones que sólo el poder del Estado puede atender.

Eso está pasando en la Francia de Macron contra la subida del precio de los carburantes y el costo de la vida. En la Venezuela de Maduro, por causa del colapso de los servicios públicos, el hambre y la falta de medicamentos. En la Nicaragua de Ortega en reacción a la represión. En la España de Sánchez por el desaguisado de los últimos tiempos. En otros países la corrupción es la gran movilizadora del repudio. En todas partes prolifera un descontento creciente que no encuentra eco entre los factores políticos ni catalizador en el liderazgo.

Esto genera un círculo vicioso que, a su vez, alerta a los políticos de la evidencia del rechazo que los acompaña y de la inminencia de ser desplazados en cualquier momento. Lo que, en consecuencia, motiva una mayor concentración sobre sí mismos y sus intereses, una pretendida auto-protección que más bien los aísla cada vez más.

En algunos lugares vemos cómo la Iglesia, comprometida con su misión al lado de los que sufren, va asumiendo naturalmente una conducción social –que no política- de acompañamiento y refuerzo de los valores ante la desesperanza y la frustración, un pastoreo sobrevenido ante la falta de liderazgo político o su reducción a franquicias en las cuales la sociedad de las mayorías no se siente representada.

Los casos más patentes se verifican hoy en Nicaragua, donde los líderes católicos son diariamente vejados, perseguidos y agredidos y sus más eminentes representantes son víctimas de la más sucia y feroz campaña, desarrollada por el gobierno desde las trincheras mediáticas. Bolivia, donde el episcopado ha sido blanco de las furias de Morales en repetidas ocasiones. Y Venezuela, donde la voz de la Conferencia Episcopal es reflejo del clamor popular, con las consecuencias que ello implica cuando se ejerce el poder con resentimiento y arbitrariedad.

El Santo Padre ve clarísimas las derivas de una situación social donde la desidia del liderazgo antepone sus ambiciones al bienestar de la gente y sus legítimas aspiraciones. Sabe que la presión termina por hacer estallar la olla. Sabe de hartazgos y de indignación popular sin orden ni concierto. Sabe lo que trae la opción por la violencia: más violencia. Un torbellino infernal.

Por eso aludió al alcalde que ejerció en Florencia en los años 50: “Hoy se necesitan profetas de esperanza, profetas de santidad, que no tengan miedo de ensuciarse las manos para trabajar y seguir adelante”. Es una santidad a la que todos estamos llamados, la que todos podemos alcanzar en la vida cotidiana, la que se concreta en ser honrados, responsables y solidarios.

Y concluyó con su estribillo de siempre, que Dios quiera escuchemos a tiempo, creyentes o no: «La Pira asumió una línea política abierta a las exigencias del catolicismo social y siempre de la parte de los últimos y de las franjas más frágiles de la población».

Si quieres recibir en tu celular esta y otras informaciones descarga Telegram, ingresa al link https://t.me/globovision_oficial y dale click a +Unirme. Además sigue nuestro perfil en InstagramFacebook y Twitter.