La vacuna contra el coronavirus entra en la campaña electoral de EEUU

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A pesar de que rebaja la gravedad de la pandemia insistentemente, incluso con los más de 185.000 muertos en Estados Unidos que la prueban, Donald Trump es consciente de que no existe mayor baza electoral que ofrecer una vacuna contra la COVID-19. Y justo antes de que el pueblo estadounidense acuda a las urnas el próximo 3 de noviembre, en una carta enviada a los 50 Estados de la Unión, la Administración republicana ha pedido a sus gobernantes que estén preparados para que la vacuna esté disponible el 1 de noviembre, dos días antes de la votación presidencial. 

De manera desesperada y con claras motivaciones políticas, la vacuna para prevenir el coronavirus ha entrado en campaña.

A través del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, en sus siglas en inglés), se solicita “con urgencia” a los gobernadores “su ayuda para agilizar la puesta en marcha de instalaciones de distribución” y se les reclama que eliminen cualquier “eventual obstáculo” que pueda impedir la apertura de estos lugares. Según el director del CDC, Robert Redfield, también se ha enviado una guía para ayudar en lo que él considera “la inmensa tarea” de organizar la distribución.

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En los documentos mandados a las agencias de salud estatales, el CDC advierte de que ciertos grupos tendrán prioridad a la hora de recibir la vacuna, como es el caso de los trabajadores sanitarios, personal esencial (como policías), empleados de industrias como la alimentación y personas de la tercera edad. 

En esa misma información, el CDC habla de la preparación de dos vacunas contra el coronavirus a las que se refiere simplemente como “Vacuna A” y “Vacuna B”. Según el diario The New York Times, estas dos vacunas corresponderían a las desarrolladas por los laboratorios estadounidenses Moderna y Pfizer.

Estados Unidos, que ya supera los 6.100.000 casos confirmados de coronavirus y las 185.000 muertes por la enfermedad, tiene por ahora tres vacunas en ensayos clínicos en la fase 3 (que es la más amplia y rigurosa del proceso de prueba de una vacuna), desarrolladas respectivamente por Moderna y el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID); por Pfizer y BioNTech; y por AstraZeneca y la Universidad de Oxford.

Con su doble dialéctica de marginar a las voces científicas y dar consejos absurdos como beber lejía para curar la covid-19, a la vez el mandatario ha destinado miles de millones de dólares públicos para financiar y ayudar a acelerar vacunas experimentales en lo que se conoce como Operación Velocidad Máxima. Se juega mucho el mandatario en el logro de una vacuna, ya que frente a su contrincante, Joe Biden, no tiene una economía fuerte que vender ni un crecimiento del empleo. Más bien todo lo contrario.

La vacuna de Pfizer, lista a finales de octubre

Justo este jueves, la estadounidense Pfizer, a través de su director ejecutivo, Albert Bourla, aseguraba que la farmacéutica debería de saber a finales de octubre si la vacuna que está desarrollando es exitosa. 

De ser así, la presentaría para su aprobación de inmediato. Este último punto no está exento tampoco de polémica, ya que la Administración de Trump ha asegurado estar dispuesta a aprobar el uso de una vacuna antes de que se complete el proceso normal de ensayos clínicos y pase el control de seguridad de la FDA (Agencia de Medicamentos de EE UU, siglas en inglés). 

Según una entrevista al director de la FDA, Stephen Hahn, publicada por el diario Financial Times, “una eventual autorización del uso de emergencia de la vacuna no es lo mismo que una aprobación completa”.

A Hanh le llovieron críticas por parte de la comunidad científica por su posible connivencia en una motivación política si aceptaba acortar el proceso para la aprobación oficial de la vacuna. Y sin embargo, Trump acusa a la propia FDA de ralentizar el trabajo en las vacunas para perjudicarlo políticamente. Hahn se defiende reiteradamente diciendo que será “la ciencia” la que guiará cualquier decisión.

Fuente: El País

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