First Man: El lado oscuro de la Luna

First Man: El lado oscuro de la Luna
First Man: El lado oscuro de la Luna - IMDB

Cuando Damien Chazelle ganó el Oscar a mejor Director en el 2017, los ojos del mundo se volcaron sobre él. Con apenas 3 películas filmadas (la fallida Guy and Madeline on a Park Bench, la grandiosa Whiplash y la laureada La La Land) y 32 años de edad se transformó en el realizador más joven en obtener la preciada estatuilla. Por supuesto, dicho reconocimiento colocó, automáticamente, la barra de su siguiente largometraje bastante arriba. Es por eso que, cuando Chazelle anunció que su nueva película sería una suerte de biopic acerca de Neil Armstrong y la llegada del hombre a la Luna, muchos pegaron el grito al cielo… retratar un hecho histórico tan importante y que se aleja por completo de su registro habitual es un reto harto complicado. Como era de esperarse, Chazelle escogió bien su batalla al cambiar las partituras por el espacio exterior, transformando First Man (El primer hombre en la luna) en un punto de inflexión en su filmografía como director.

El largometraje narra la travesía de Neil Armstrong (Ryan Gosling) para llegar a la Luna durante la carrera espacial en los años 60s. Lejos de ser una épica que ensalza al astronauta o a los titánicos esfuerzos de Estados Unidos por ganarle a los rusos, Chazelle se decanta por contar una historia sumamente personal, intimista y humana acerca del duelo. Utilizando naves espaciales, instalaciones gubernamentales y suburbios como telón de fondo, se despliega frente a nosotros un Armstrong lleno de dolor y confrontado constantemente por la muerte. Lejos de dar una perorata acerca del valor, la resiliencia, el luto o la dificultad dar forma y exteriorizar un cúmulo de emociones, el director se limita a seguir con la cámara, al mejor estilo documental, el día a día de Armstrong, retratando pedazos de su vida, sus interacciones con otros personajes y, dejando entre líneas, las tribulaciones que lo carcomen.

Más allá de cambiar su registro, Chazelle por primera vez dirige un guión que no es de su autoría, reposando su cámara en las letras de Josh Singer, ganador del Oscar a Mejor Guión adaptado por Spotlight en 2016, también escritor de la aclamada The Post. Curiosamente, en First Man ambos realizadores trabajan con narrativas diametralmente opuestas en sus carreras. Por un lado, Singer se aleja de los diálogos mordaces que lo caracterizan y opta por una historia casi silente donde las pocas líneas que se dicen solo sirven como ruido de fondo para decorar el contexto de las escenas. Además, el guionista se separa del mundo de las historias de investigación y personajes fuertes para cambiar su narrativa a una suerte de naturalismo que sirve para explorar las inseguridades de un héroe introvertido y acongojado. En la otra antípoda, Chazelle se despide del ritmo de la música, las coreografías y los conflictos exteriores para zambullirnos en una experiencia cercana, kinestésica, aplomada y contemplativa. A pesar del riesgo, guionista y director salen bien parados demostrando su versatilidad para contar historias (y dejando al público ansioso de verlos repetir como dupla en un próximo proyecto).

Otro de los puntos que hay que resaltar de First Man es su cinematografía. Al igual que Chazelle en la dirección y Singer en el guión, Linus Sandgren sufre una metamorfosis en la dirección de fotografía. El cinematógrafo trabaja toda la película con tele-objetivo y con poca profundidad de campo, teniendo a Gosling y los demás actores en planos cerrados, centrándose en sus expresiones, diluyendo el fondo, y pintando el cuadro con una textura granulada que evoca al celuloide de la época; alejándose por completo de los colores saturados, planos generales y secuencias complejas de La La Land. A esto se suma un juego entre luz (vida) y oscuridad (muerte) siempre presente en la historia que se mueve al compás de una cámara en mano que se agita en los primeros planos y se desplaza —explorando y corrigiendo— en los generales al mejor estilo verité, imprimiendo en cada cuadro el estado emocional de los personajes.

La edición de Tom Cross también se transformó en algo nuevo. Responsable de las dos películas anteriores de Chazelle, deja a un lado el montaje rítmico y la simbiosis con la música para decantarse por una narrativa mucho más seca, como si se tratara de un documental de Asif Kapadia, pasando de un plano a otro con violencia, saltando escenas entre cortes directos y, al mismo tiempo, quedándose con los personajes en cuadro hasta el último segundo, exprimiendo la emocionalidad de todo lo que sucede delante de cámara. La música de Justin Hurwitz (la mano derecha de Chazelle), por primera vez no está en primer plano, transformándose en un acompañamiento y no en un personaje más —marcando distancia con Whiplash y La La Land. No obstante, su banda sonora sigue siendo imponente y con toques de jazz construye un tema con muchas variaciones que se repiten durante todo el largometraje hasta alcanzar el paroxismo en la secuencia final de First Man.

En la dirección Chazelle vuelve a triunfar por sus dos principales atributos: el trabajo con los actores y la solidez en su puesta en escena. En el primer apartado, Gosling se aleja de ser el tipo cool de La La Land para interpretar a un padre de familia, melancólico y cargado de dolor, regalándonos una de las mejores interpretaciones de su carrera. A su lado, se luce Claire Foy que encarna a una abnegada esposa que, desde lejos, acompaña a su esposo, respetando su sufrimiento, sin intervenir o dar discursos inspiracionales, demostrando su gran peso dramático con la mirada y su presencia en cámara. La puesta en escena del director narra la historia en silencios, omisiones y pausas, con un tempo único que se aleja de las secuencias movidas e histrionismo que caracteriza sus trabajos anteriores. Haciendo guiños a 2001: A Space Odyssey, Chazelle nos seduce con maquetas de naves espaciales que danzan al compás de música envolvente, contrastando con una convulsa cabina de operaciones donde Gosling es confrontado con los fantasmas del pasado y la responsabilidad de llevar hacia adelante una misión sin precedentes. Al final, el triunfo de la epopeya de Armstrong dista mucho de ser un acto heroico y celebrado: es la reivindicación frente a la muerte, el final de un ciclo de oscuridad que abre paso a un respiro en su vida.

First Man, sin lugar a dudas, marca un hito en la carrera de Chazelle. Es una película madura, con una propuesta estética y narrativa que, aunque se aleja de sus predecesoras, mantiene la impronta del realizador al centrarse en el conflicto de personajes intensos y complejos que, llenos de tribulaciones, se obsesionan con un sueño que parece imposible. Entre sus close-up, su cámara agitada y voyerista, el grano en la fotografía, el montaje analítico y la música in crescendo, vemos la capacidad de este joven director de articular a su equipo de trabajo habitual y llevarlo a nuevos registros. Gosling y Foy son dinamita pura, sin decir una palabra o hacer un gran despliegue de su registro actoral, nos mueven el piso con tan solo su presencia… sus miradas melancólicas son el punto de unión de dos temas que parecen incompatibles: el luto y la titánica lucha del hombre por la conquista espacial. First Man es de esas películas de lenta digestión, que no apelan a los lugares comunes para emocionar y que, al terminar la proyección, te acompañan a tu casa y se mantienen allí, a tu lado, durante días, disolviéndose en tu mente. Una pequeña y necesaria dosis de humanidad y tempo en estos días tan convulsos que vivimos. Una historia que invita a la reflexión y a acercarnos a ese espacio tan oscuro e insondable (mucho más solitario y aterrador que la Luna) que es la perdida. Un vacío que cada día se nos hace más común —aunque evitemos asomarnos a él— en nuestro querido y maltratado país.

Lo mejor: la actuación de Ryan Gosling y Claire Foy. El cambio de 180 grados en el registro de Chazelle, demostrando su madurez como Director. El montaje, el guión y la fotografía. La aproximación a un tema tan complejo como el luto. La música de Justin Hurwitz.

Lo malo: puede que por su tempo, propuesta estética (mezcla entre intimista y documental) y lo denso de su desarrollo tome por sorpresa a los fans de Chazelle deseosos de ver algo más accesible y “movido” como Whiplash o La La Land.

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