"El Silbón orígenes"

referencial

El Silbón orígenes: la universalidad de la maldad local

Por: Luis Bond // @luisbond009

A pesar de los detractores que posee el cine nacional (por prejuicios, desconocimiento o axiomas reduccionistas), todos podemos coincidir que nuestro país es un caldo de cultivo de dos géneros que, todavía, no se explotan en la pantalla grande como Dios manda: suspenso y terror. Nuestras páginas de sucesos están llenas de historias que fácilmente podrían ser el punto de partida para un excelente guión Neo-noir. En la otra antípoda, nuestro folklore está plagado de relatos terroríficos que, en las manos correctas, podrían batirse a duelo con las leyendas urbanas de cualquier latitud y trascender nuestras fronteras. Por supuesto, solo era cuestión de tiempo para que un realizador hábil se enfrentara a este nicho y escuchara los deseos del colectivo de ver en pantalla grande algún “cuento e camino”. Es aquí donde conseguimos la apuesta del director Gisberg Bermúdez y su equipo con El Silbón orígenes, una película que pasará a la historia del cine nacional al recrear una de nuestras más espeluznantes y emblemáticas leyendas, con gran factura e inteligencia, alejándose de los lugares comunes que se pudiesen asumir como inherentes al tratamiento de un género tan complejo como el terror.

El Silbón orígenes desarrolla dos tramas en paralelo. La primera se enfoca en Ana, una niña acosada por una extraña entidad paranormal. Esto desencadena que sus padres, Gabriel y Mayra, busquen ayuda en el cura del pueblo para ir develando la naturaleza de esta situación. Una investigación que irá arrojando luz sobre una oscura verdad. En paralelo, conocemos la historia de un hombre violento que vive en el llano y parece sufrir una suerte de maldición que lo acosa en todo momento. Al margen de esto, el hombre protagoniza una larga lista de abusos en contra de cualquier persona que se le acerca y, con sus acciones, nos va enseñando su responsabilidad en el nacimiento de la leyenda de El Silbón.

Lo primero que llama poderosamente la atención de El Silbón orígenes es su estética. La dirección de fotografía de Gerard Uzcategui es impecable, de las mejores del cine venezolano contemporáneo. Claro está, no es un deleite visual porque sí, cada fotograma crea un ambiente hipnótico, un híbrido entre rural y ominoso, que entra por los ojos y se aloja en la mente, como una neblina que nos confunde… trabajando con filigrana ese ambiente perturbador que tienen las grandes producciones enmarcadas en este género. Por otro lado, la dirección de arte de Daniela Hinestroza también se la rifa. No solo por el trabajo de cuidar cada detalle del set, dándole un toque orgánico y estético a cada plano, sino por el esmero en hacer de El Silbón orígenes una historia atemporal y universal, desligándola de los clichés del cine nacional bucólico. Desde los dibujos que sirven de hilo conductor de la historia, hasta el maquillaje en las escenas gore, El Silbón orígenes mantiene en todo momento la verosimilitud del universo que recrea y un mood que va desde lo onírico hasta lo perverso.

La dirección es otro de los grandes atractivos que posee la película. Su director y co-guionista Gisberg Bermúdez sabe crear un tempo especial en el largometraje, moviendo la cámara con delicadeza en cada escena, sin temor a los planos de larga duración o los momentos contemplativos, marcando distancia con el ritmo violento que suele tener nuestro cine y un género tan manido como el terror. Desde sus primeros planos el público está consciente que lo que verá es cine de autor y que El Silbón orígenes es una propuesta estética inmersiva más allá de una sucesión de hechos que buscan asustar al espectador. Las actuaciones cumplen con la historia, aunque —curiosamente— los que se roban el show son las caras nuevas (como el joven que da vida al Silbón o la niña que hace de Ana), pasándole por encima a los personajes secundarios encarnados por veteranos como Leonidas Urbina o Salvador Villegas.

El guión, aunque pueda ser discutible por algunos, es de las cosas más interesantes de El Silbón orígenes. El relato se despliega como un díptico, narrando en paralelo dos historias que se desarrollan en épocas diferentes, sin marcar en ningún momento un referente temporal o geográfico, dejando que el público de manera intuitiva vaya armando su línea de tiempo. Por otro lado, en las primeras de cambio, pareciera no haber una conexión muy clara entre la historia A y la B, pero al final ambas encajan gracias a una serie de vueltas de tuerca que terminan resolviendo todo sin ningún tipo de huecos dentro de la lógica que plantea. Por último, hay que aplaudir la ausencia de diálogos de toda la película, apalancándose en la imagen y la acción para narrar los conflictos sin necesidad de muchas explicaciones —una cátedra de cine clásico que nos hace bastante falta en nuestra filmografía que, desde siempre, ha bebido más de la cuenta del riachuelo del teatro y la televisión. De hecho, los pocos diálogos que hay en la película desentonan con la precisión de su narrativa, quedando como expositivos —más allá de su contenido— por romper el silencio que nos hipnotiza durante todo el desarrollo de la historia.

Por supuesto, no todo es perfecto en El Silbón orígenes. Curiosamente, sus dos patas flojas son las dos fortalezas en las que se apalanca el género que aborda: el sonido y el montaje. Por un lado, la propuesta sonora sub-utiliza por completo la principal característica que posee el silbón (su aterrador silbido que, cuando está cerca suena lejos y cuando está lejos se oye cerca). Más allá de eso, en algunos momentos se nota que los sonidos fueron insertados en la post-producción, cortando con lo orgánico de su puesta en escena. Otro bemol son los jump scares generados con la mezcla y sonidos fuertes que rompen con el tempo en el que nos sumerge la película (que, sin necesidad de música u otro artificio más allá de la composición, nos mantiene pegados al filo del asiento). Por último, el montaje es bastante irregular. Por momentos, mantiene la tensión con maestría en varias escenas y sabe como mutar del drama al suspenso sin ningún problema… pero, lastimosamente, abusa de los fundidos a negros para marcar distancia entre las historias, recurso que termina distrayendo, entorpeciendo la fluidez de la narración y se convierte en algo innecesario después del primer acto.

En resumen, El Silbón orígenes es, de lejos, una de las mejores películas venezolanas del 2018 y, sin lugar a dudas, de nuestra filmografía contemporánea. Sus aspectos discutibles no afectan en lo absoluto el resultado final, aunque posiblemente pueda ser incomprendida por un sector del público y la crítica. Explora un género que no ha sido explotado en nuestro país, toma una leyenda local y le da un tratamiento universal, evadiendo los lugares comunes y con una impronta que la hace única. Su factura es impecable, tanto en el apartado estético como en el narrativo, posee actuaciones sólidas y un director que sabe lo que hace con la cámara. El Silbón orígenes nos recuerda una lección super valiosa que nos han dado varios de los maestros del terror: los verdaderos monstruos no son los fantasmas, demonios o seres de otros mundos, los artífices de los peores crímenes de la humanidad somos los seres humanos. Algo para no perder de vista en los tiempos que corren y que, alejándose del cine social que nos caracteriza, conecta con nuestra tradición oral para desmontar la realidad a través de la ficción. Una vía poderosísima que deberían tomar varios realizadores creyentes que la única manera de desnudar la contemporaneidad es calcándola en la pantalla grande.

Lo mejor: su guión arriesgado (diacrónico y díptico), algo que no solemos conseguir en el cine nacional. La dirección de fotografía, de las mejores de nuestra filmografía. El cuidado y detalle de la dirección de arte. La mezcla entre suspenso y gore. La dirección y las actuaciones.

Lo malo: su propuesta autoral puede chocar con el público que espera ver una película de terror. Paradójicamente, el sonido es un recurso subutilizado en la historia: desde el famoso silbido del Silbón, hasta abusar del volumen para producir jump scares que no funcionan.

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