| Un excelente soldado no es un buen demócrata | |||
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Robert Carmona-Borjas / rcb@arcadiafoundation.org Globovisión 23/07/2010 1:31:55 p.m. |
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Con curiosidad y atención escuché a un militar y amigo personal decir: “Si tuviera que resumir el concepto de democracia en el contexto del siglo XXI, diría que es una forma de convivencia humana dominada por el diálogo, la negociación y los acuerdos en búsqueda de equilibrios que procuren la satisfacción de las necesidades y aspiraciones de la gente”, luego acotaba: “Lo militar es todo lo contrario, que por ocuparse de la guerra se trata de la aplicación efectiva de máxima violencia para imponerse y dominar al otro.”
Para eso es que se forma al militar, así que en el ejercicio del arte de la guerra no cabe el aspecto democrático, se trata de destruir o de ser destruido, se trata de lidiar con situaciones extremas que no dejan tiempo para el diálogo y los acuerdos en la toma de decisiones. Todo comienza con el entrenamiento básico del soldado a quien se le enseña que la obediencia, la subordinación y la disciplina son los pilares fundamentales que sostienen la organización militar; para el militar las órdenes no se discuten: se cumplen. También se le enseña al militar que la desobediencia y la insubordinación son delitos militares castigados con penas ejemplarizantes, impuestas por tribunales militares. En el ejercicio del arte militar se les enseña la técnica de tiro instintivo para que se destruya o neutralice todo aquello que luzca como una amenaza en su frente de batalla. Para el soldado, lo deseable es que sólo existan las fuerzas amigas y las enemigas, con unas coordina y con las otras combate. No desea otras opciones. Los posibles neutrales son un problema que le harían dudar y la duda le haría fracasar, por tanto, lo más seguro para su supervivencia sobre el campo de batalla es tratarlos como corresponde tratar al enemigo. También se les enseña que sobre el campo de batalla no hay muertos, sólo se cuentan bajas y daños colaterales no deseados.
Para el militar, es inaceptable que sus subordinados objeten sus decisiones. Entre tanto, para el demócrata es deseable que su gabinete objete sus decisiones y exponga sus argumentos. Por ello, el empleo de las Fuerzas Militares Armadas en el mundo moderno, está subordinado a la dirección política que se ejerce desde un poder civil con vocación y preparación para el dialogo, la negociación y los acuerdos.
Al contrastar la realidad militar con la realidad democrática tenemos que reconocer que la formación de un buen soldado no es la misma formación que se requiere para el ejercicio democrático. De tal manera, que quien se precie de ser un buen soldado, no hace más que un reconocimiento de sus limitaciones para el ejercicio de las técnicas y métodos que requiere la dirección y conducción en un ambiente democrático.
Para eso es que se forma al militar, así que en el ejercicio del arte de la guerra no cabe el aspecto democrático, se trata de destruir o de ser destruido, se trata de lidiar con situaciones extremas que no dejan tiempo para el diálogo y los acuerdos en la toma de decisiones. Todo comienza con el entrenamiento básico del soldado a quien se le enseña que la obediencia, la subordinación y la disciplina son los pilares fundamentales que sostienen la organización militar; para el militar las órdenes no se discuten: se cumplen. También se le enseña al militar que la desobediencia y la insubordinación son delitos militares castigados con penas ejemplarizantes, impuestas por tribunales militares. En el ejercicio del arte militar se les enseña la técnica de tiro instintivo para que se destruya o neutralice todo aquello que luzca como una amenaza en su frente de batalla. Para el soldado, lo deseable es que sólo existan las fuerzas amigas y las enemigas, con unas coordina y con las otras combate. No desea otras opciones. Los posibles neutrales son un problema que le harían dudar y la duda le haría fracasar, por tanto, lo más seguro para su supervivencia sobre el campo de batalla es tratarlos como corresponde tratar al enemigo. También se les enseña que sobre el campo de batalla no hay muertos, sólo se cuentan bajas y daños colaterales no deseados.
Para el militar, es inaceptable que sus subordinados objeten sus decisiones. Entre tanto, para el demócrata es deseable que su gabinete objete sus decisiones y exponga sus argumentos. Por ello, el empleo de las Fuerzas Militares Armadas en el mundo moderno, está subordinado a la dirección política que se ejerce desde un poder civil con vocación y preparación para el dialogo, la negociación y los acuerdos.
Al contrastar la realidad militar con la realidad democrática tenemos que reconocer que la formación de un buen soldado no es la misma formación que se requiere para el ejercicio democrático. De tal manera, que quien se precie de ser un buen soldado, no hace más que un reconocimiento de sus limitaciones para el ejercicio de las técnicas y métodos que requiere la dirección y conducción en un ambiente democrático.
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