sábado, 19 de abril de 2014

 

Curiosidades

07 / 07 / 2012
- 08:45:12
Ya existe el servicio de "Sexo a Domicilio"
Ya existe el servicio de
/ DYMG
En la calle los hombres la observan con deseo y algunas mujeres con envidia. Ella mira hacia adelante con una sonrisa y camina a paso largo con una minifalda negra, medias veladas, camisa blanca de escote y un corsé negro que demarca su cintura hasta casi asfixiarla. Su trabajo es el sexo, y como el vendedor de calzado que debe usar buenos zapatos, Alejandra Quintero debe inspirar sensualidad.

Estamos en un bar al norte de Bogotá. Aún no hay clientes y afuera la bocina de los carros anuncia el trancón de la hora pico, las 6:30 p.m. Alejandra se sienta en un diván rojo, sube las piernas que terminan en unos tacones altos y rojos, y se suelta el pelo para que caiga hacia un lado por encima de los senos. Cada vez que ve la cámara encoge los labios pintados de rojo, tratando de ser sexi.

Al frente del diván rojo, sobre una mesa de madera, reposan vibradores de gran tamaño, máscaras de sadomasoquismo, un vestido con antifaz de tigresa, una cadena para el miembro masculino y otros instrumentos que hacen de la sexualidad un juego excitante. Alejandra se acerca a la mesa, toma un consolador rosado, grande y grueso y lo acerca a la nariz. Ella considera que no es atractivo porque no tiene rugosidades.

Tiene experiencia en juguetes y sabe cuáles son los que brindan mayor satisfacción. En el caso de las mujeres recomienda los huevos clitoriales y para los hombres los lubricantes. Alejandra habla sin tabúes acerca del sexo y las necesidades en la cama. Ella es lo que los machistas llamarían una mala influencia.

Su trabajo es vender sexo. A su portal de internet escriben mujeres para buscar un plan diferente a un stripper para las despedidas de solteras, o parejas que necesitan consejos para despertar lo que los años y la rutina durmieron.

En las despedidas de soltera, Alejandra llega al apartamento de la mujer próxima a casarse y enseña trucos para que la noche de bodas sea mejor que las noches de noviazgo. A todas las compañeras y la futura novia les pregunta sobre la vida sexual, si se masturban manualmente o con algún aparato especial. Las damas en general se ruborizan o sonríen como niñas pequeñas cuando se les pronuncia la palabra "pene".

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Al final la reunión de solteras termina en un bazar de vibradores y huevos clitoriales que la sexóloga saca de una maleta y vende después de una explicación de cómo usarlos. Las damas salen felices y excitadas dispuestas a estrenar los nuevos juguetes en la intimidad de sus cuartos.

Estudió para ser sicóloga y la vida le enseñó a ser sexóloga. Desde los doce años comenzó a leer literatura erótica y después experimentó lo que leía. Descubrió que el sexo es más bello cuanto más libre sea. Para ella los tabúes son velos que no dejan ver la realidad y desde hace ocho años es una evangelizadora del sexo. En el mes acude a más de cuatro despedidas de soltera con la maleta llena de productos, y a domicilio atiende media docena de parejas con problemas de erección, anorgasmia, fetiches y hasta por celos.

Aparte de la venta de juguetes eróticos a domicilio, la mujer presentaba un segmento de sexualidad en el canal Telemedellín. Los sacerdotes, desde el púlpito de las iglesias, prohibían a los feligreses y sobre todo a las feligreses ver el programa de televisión porque según ellos atentaba contra la moral y las buenas costumbres de una tierra conservadora y tradicional. Hoy Alejandra les agradece porque cada vez que los sacerdotes hablaban, hasta las señoras más religiosas encendían el televisor y aunque se persignaran durante todo el programa, no se perdían ni un comentario, que luego criticaban en los grupos de oración.

Mientras la mujer hablaba sin pudor acerca de las relaciones orales, anales y normales, y vendía los juguetes eróticos a las damas en las despedidas de soltera, su tío predicaba el recato, el sexo para reproducción y hasta sacaba el condón de la faena sexual por considerarlo inmoral.

Alejandra creció en Copacabana a media hora de la capital antioqueña. Se educó con monjas y dice que de ellas aprendió la disciplina. “Hasta el erotismo tiene su orden” afirma. En un pueblo tradicional, católico y familiar, ella era un punto aparte o la mancha en un espejo. Si todos escuchaban música salsa, ella escuchaba rock, si las niñas soñaban con casarse y formar familia, ella ni siquiera soñaba; la magia del príncipe azul se desvaneció en su niñez y desde siempre ha visto a los hombres como seres reales que se pueden amañar con una buena dosis de sexualidad.

–La sexualidad es mala cuando es forzada. De resto, todo se vale.

–¿Tú aceptas todo en la cama?

Alejandra suelta una carcajada

–¡No me gustaría que me cagaran encima!

La luz de la tarde se desvanece y las luces del bar se encienden. Son tenues, de un amarillo opaco. Alejandra se levanta del diván rojo y se dirige a la mesa de billar. Sube las piernas, mueve el pelo y encoge los labios. Toma un antifaz y se lo lleva a los ojos. El rojo del paño de la mesa de billar combina con los zapatos, el corsé, los labios y la mujer entera. No hace ejercicio, su ejercicio es el sexo y eso es suficiente para la mente y el cuerpo.

Antes de abandonar Medellín para radicarse en la fría capital, se mandó hacer cinco tatuajes. Quiere mostrarlos y se desabrocha el corsé, la camisa y el sostén. Levanta su cabello, descubre el cuello y muestra un mensaje con letra cursiva ‘Mujer Molovov’, ‘Sexíbora y Ferótica’. En el brazo izquierdo dice ‘el eterno retorno’, y detrás del brazo derecho ‘más allá del bien y del mal’. Por detrás de un oído dice ‘Eros’ y en el otro ‘Thanatos’. Eros es el amor y Thanatos la muerte.

Al anochecer, cuando empiezan a llegar personas al bar, sale Alejandra con la maleta cargada de juguetes eróticos. Parece una azafata sexi que lleva el erotismo por la ciudad. Sube las piernas en un carro, lo hombres la ven, y ella, después de un día actuando como la mujer fatal, solo quiere comer un pedazo de pizza para pasar el hambre.