domingo, 20 de abril de 2014

 

Analistas

19 / 11 / 2012
- 08:12:38
¿Qué es peor?
¿Qué es peor?
José Vicente Antonetti / jantonetti@globovision.com / Globovisión
Este fin de semana voceros del sector Farmacia se declararon en emergencia, ante el riesgo de sanciones por no haber cumplido, al pie de la letra, con el proceso de inscripción ante el Sundecop.

Lo argumentos a favor y en contra de los involucrados sobran. El hecho cierto, palpable, es que el riesgo se extiende al ciudadano que necesita medicinas (buenas, bonitas y baratas, como reza la expresión popular).

El problema de fondo es de daltonismo. El daltonismo de quienes ven todo en blanco y negro y se cierran a apreciar una gama de colores. El problema de un concepto de Estado, de un concepto de empresario.

El problema es quien pretende controlarlo todo y quien pretende que no se controle nada. Así de simple podemos comprender algo complejo.

La historia ha escrito suficientes ejemplos del daño que han provocado al colectivo, empresarios, banqueros y hasta políticos que manejan enormes fortunas, propias y ajenas, sin ningún tipo de control. Pero, también ha escrito cantidad similar de páginas de daños que han provocado los controles excesivos por parte del Estado.

El asunto es que la historia es cíclica y siempre observamos una guerra de pulso donde unos y otros buscan vencerse y pocas veces colaborar, de forma auténtica, por un beneficio común.

A muchos gobiernos no les interesa grupos económicos desarrollados, sanos, porque eso les da poder político. A muchos empresarios sólo les interesa la ganancia económica y mientras más, mejor.

La economía venezolana es víctima de la llamada “Venezuela Saudita” del primer Gobierno de Carlos Andrés Pérez, que como la calificó Luis Herrera “hipotecó a Venezuela”. Allí nacen los males. Males que los sucesivos Gobiernos no han sabido solventar y que más bien, algunos han agravado.

Desde entonces numerosos experimentos, a veces sustentados en controles asfixiantes, a veces con libertinaje.

Varios hitos en el camino nos sirven la mesa de la realidad de hoy. La devaluación del llamado “viernes negro”, en las postrimerías del mandato de Luis Herrera. Una sentencia de la Corte Suprema de Justicia, en la década de los 80, que permitió eliminar los intereses fijos en los créditos hipotecarios. Otra sentencia que autorizó la indexación. Los golpes de estado del 92. La crisis financiera del 94, que condujo a la reimplantación del control de cambios. El paro cívico de 2002-2003, que le dio la excusa a Hugo Chávez para un nuevo control. La modificación de la Constitución que permitió la reelección inmediata. La ley de Emolumentos que pone límite a los aumentos salariales. Las incontables expropiaciones…

Metan esos hitos en la licuadora, enciéndanla y la mezcla nos da un país inflacionario, donde reina la anarquía, el afán de ganancia súbita y al menor esfuerzo. Donde las inversiones a largo plazo son presa de la incertidumbre.

Un país con inflación en dónde el Gobierno se convierte en “el gran patrono”, necesita medidas para abaratar la nómina. El despido (al menos de los incondicionales) está descartado por razones políticas y sociales. Así sólo queda impedir que los sueldos crezcan.

Pero cuando los sueldos no crecen y la inflación sí, la gente compra menos y sacrifica necesidades y diversión. La solución entonces es ponerle coto al encarecimiento de la vida y para ello se controlan los precios. Sin embargo los precios dependen de numerosos factores que no puede controlar ningún Gobierno por sí solo. Y eso conduce a escasez o violación de los controles, generalmente con un mercado negro mucho más caro que si no existieran los mismos.

Y como la experiencia muestra que en época de controles, más de un político hace su agosto, pues el problema continúa.

Al final, el de carne y hueso, el que no tiene palanca, el que es uno más de esa “gran masa” que llaman pueblo, termina pagando los platos rotos.

El sector farmacia se declara en emergencia, cuando en realidad somos nosotros, los de a pie los que estamos postrados en terapia intensiva. Si sancionan a las farmacias será más difícil conseguir medicinas, amén de las que ya no se encuentran en los anaqueles. Si el Gobierno le da rienda suelta al sector, pues los precios se disparan, porque la realidad económica te conduce a eso.

Es como el que cae enfermo. Si va a los hospitales que no olvide la estampita de José Gregorio Hernández y se encomiende a sus milagros. Si va a una clínica que tenga real o un buen seguro, porque si no lo mata la enfermedad o dolencia, se lo lleva el infarto que le provoca no tener para pagar.

Así que, hablando de controles, y tomando como ejemplo la emergencia farmacéutica, tenemos que preguntarnos, ¿qué es peor?