miércoles, 16 de abril de 2014

 

Analistas

29 / 11 / 2012
- 07:39:35
¿Por qué nos tenemos que molestar?
¿Por qué nos tenemos que molestar?
Carla Angola / @carlaangola/ www.facebook.com/carlaangolaoficial / Globovisión
Muchas veces les he hablado de la importancia que tiene para mí vivir feliz pero, sobre todo, procurar que ese regocijo incluya a otros, los contagie y los arrastre también si es posible. Pero si es demasiado pedir, si esta forma de vivir requiere demasiado trabajo, que por lo menos nuestra vida, planes, actitudes y carácter, más que nada si hacen ruido, perturben lo menos posible a quienes nos rodean.

La mayoría de los miembros de mi familia son de personalidad fuerte, vehemente y un tanto visceral. No les voy a venir con el cuento de que yo soy la excepción, pero sí puedo dar fe de que con el tiempo, la impulsividad que caracteriza a los de mi apellido, ha sido domada exitosamente por esta mujer decidida a no tomarse la vida tan enserio.

He aprendido a no asimilar las circunstancias cotidianas de la vida como algo personal. Y no me las quiero dar de filósofa Tolteca o de psicóloga Junguiana, de hecho jamás he podido leerme un libro de autoayuda, pero esta fórmula llegó una vez a mi vida y cambió mi actitud radicalmente.

Es tan importante que tu estado de ánimo y tus acciones jamás dependan de las opiniones, decisiones o deseos de ajenos sino de lo que tu propio corazón necesite. Esa es la única y mejor fórmula para ser dichoso. Y no es que yo me enchumbo en mantequilla y todo aquel nube negra simplemente me resbala, ojalá siempre fuera así.

De hecho, muchas veces mi impermeable tiene unos cuantos agujeros. Hago mi mejor esfuerzo porque sea cada vez más impenetrable a todo aquello que no aporte nada bueno a mi día a día, pero no siempre se logra.

En estos días, mi abrigo tenía un rotico. Y toda este discurso de autocontrol y serenidad se fue para el carrizo viejo.

Estaba en un muy popular restaurante de arepas esperando mi mesa. Después de 20 minutos de pie, logro sentarme y me como mi arepa en el tiempo que a cualquier mortal le toma ingerir la esferita. Mi futuro esposo se fue para al baño y yo me quedé con mi juguito en la mano esperándolo para irnos, pero sentada. Pues se me acercó un joven a mí, había un gentío sentado como en 10 mesas y él se acercó fue a mí.

Y de una, en tono de bronca, me dijo que si me faltaba mucho. Yo le comenté que cinco minutos. De la nada empezó a reclamarme que había gente de pie, que muchos estaban comiendo de pie... supongo que intentaba decir que era mi culpa o algo así. Había 100 personas en el sitio, pero a él se le ocurrió que la responsable de que los clientes comieran incómodos era mía, por tardarme tres segundos más de los que él consideraba pertinentes para tomarse una bebida. Pero es que se dirigió a mí casi iracundo además. Al final no entendí si él quería que yo me engullera la arepa de pie para él sentarse.

De verdad les confieso que me agarró absolutamente fuera de base su reacción. Lo cierto es que regresa mi novio y aquel hombre seguía enojado al otro lado del local, todavía no sé explicarles por qué. Efectivamente nos sobraban dos sillas y yo lo invitaba a tomarlas y llevárselas, pero ya casi en los mismos decibeles de él. La verdad es que no sabía si a Ale (mi novio) le provocaría un café o un postre. El tema no fue la furia absurda de este ser, sino que logró encolerizarme a mí ante su injusta afrenta.

Entonces yo también subí la voz ( porque yo trabajo en televisión pero no soy extraterrestre, no soy de metal y también me molesto y además les hablé de mi herencia ¿Verdad?) Mi prometido regresó y le dije: ¡vámonos, mi amor! Y al otro, al "Hulk": agarra tu mesa y siéntate, es toda tuya. No, no fue así, le dije: ¡AGARRA TU MESA! ¡AHÍ LA TIENES! Sí, en realidad fue en ese tono exacto.

En fin, llegué al carro y seguía peleando con el parabrisas: Pero es que ese señor ¿ Qué bicho le picó? Yo también esperé media hora mi mesa y no apuré ni obligué a nadie a levantarse de la suya para dármela a mí y bla bla bla. Iba yo sola armándole un lío al hombre ausente, diciendo en voz alta lo que no le dije de frente.

Ale, mudo.

Y llegué al canal y hasta le eché el cuento a la maquilladora. Y encima el individuo este me escribió a mi twitter sobre principios y valores y del alboroto que armé. Y yo le respondí: principios son educación y respeto y saber pedir las cosas.

Soberano caos por semejante pendejada ¿Ah?

Total que después pensé en llamar a este muchacho, conversarlo con él, aclarar el asunto. Tengo tres días sintiéndome mal, con el ánimo por el piso y espachurrada por ese episodio.

Y es que soy de carne y hueso y tengo diferencias con los demás como todo el mundo, pero cómo me pesa y me duele pelearme, así sea con un extraño.

Si hay algo que aprendí de mis padres es que uno jamás se acuesta a dormir antes de solucionar una discusión. Y es que yo pensaba: que le costaba decirme "chama no te importa prestarnos esas sillas o ¿ Te falta mucho? Es que estamos ahí parados. Yo sinceramente ni los había visto. Hasta los hubiera invitado a sentarse en mi mesa. Pero su agresión incoherente despertó mi indignación.

Hoy, después de 48 horas, pienso: ¡Ay sí, mi "indignación"! ¡ Ay sí, la indignada! ¡ Pobrecita yo!

No chica, boba es lo que eres por "ofenderte" por esa tontería y permitir que otro te saque de tus casillas por algo tan irrelevante. Él no actuó correctamente, pero tampoco yo. Y por eso es que me siento pésimo.

Siempre me las doy de conciliadora. ¡Cónchale! no me las doy, de verdad creo firmemente en eso y siempre digo que la sonrisa es mi mejor arma. Pero en tres segundos olvidé todas mis reglas.

Al final, la responsabilidad fue mía realmente. El quizás tuvo un mal día y yo también y eso no es excusa para ninguno de los dos, pero yo debo responder por mis actos. Te dicen barriga verde, ve tú a saber por qué, pero eso no te da derecho a responder de la misma forma. Y eso fue lo que hice yo.

Permití que él alterara mi momento, la paz y la alegría que yo disfrutaba cinco segundos antes de que apareciera.

En este país tenemos tantas angustias: caos, tráfico, crisis, odios, insultos, delincuencia, además de lo que pueda pasar en lo privado en cada una de nuestras vidas. Si permitimos que todo eso defina nuestro trato a los demás, entonces que cada quien agarre su machete.

Porque razones para estar bravos nos sobran, pero eso no significa que los demás deban enterarse, calársela o que eso justifique que respondamos con la misma moneda. Y si algunos no pueden mantener el equilibrio y dejan que eso transpire a su entorno, entonces los aludidos deben aferrarse como puedan a la imperturbabilidad.

Y eso la verdad aplica para todo, para todo en la vida.

Repliquemos a los demás de acuerdo a lo que queremos ser, al ejemplo que queremos dar. No podemos ser tan básicos e instintivos como para decir cuatro cosas precipitadamente. Intentemos todos los días ser más humanos, pensando en nosotros y en los otros por igual.

Seguro que les he contado que le tengo pánico a los aviones y recuerdo una vez que venía con un extraño en el asiento de al lado en un vuelo de Europa. Estábamos a punto de aterrizar y me di cuenta que la aeronave daba vueltas en círculos y había un ruido extraño. Sin ser experta supuse que no salía el tren de aterrizaje, entré en shock y se lo comenté a mi vecino. Nunca esperé que él se aterrorizara más que yo y decidí calmarme para poder ayudarlo a él. Si los dos nos hubiéramos dejado llevar por el arrebato, los gritos y el llanto todavía estarían haciendo eco.

¿Cuántas veces hemos escuchado que mataron a alguien por una estúpida discusión en el tráfico?

A un querido amigo le dieron un batazo en la cabeza por un malentendido en una vía. Se puso tan furioso como el sujeto que se le atravesó.

¿No les ha pasado que llegan a una tienda con una vendedora mal encarada, le sonríen, le echan un chiste y ella baja la guardia también?

¿Nunca han tenido el reto de ganarse a un compañero de trabajo que ni da los buenos días?

Mi abuelo fue soldado en la Guerra Civil española, estuvo a punto de perder la vida varias veces, vio morir a mucha gente y después de 50 años todavía su piel botaba, de vez en cuando, algunas esquirlas enterradas. Era muy refunfuñón, típico de los traumas de esas experiencias, pero ni él podía resistirse a nietos pispiretos y a los cariños de sus hijos. Yo en realidad no recuerdo sus regaños, sino la más dulce de las sonrisas que haya visto jamás. Cuando reía, qué hermosos recuerdos tengo de ese rostro bañado de ternura.

En el twitter he recibido las bendiciones, las oraciones, halagos y mensajes más hermosos que nunca hubiera imaginado. Pero también he tenido que leer las dedicatorias más groseras, irritantes y extremadamente difíciles de digerir. Cualquiera de mis detractores puede dar testimonio del respeto y el amor con el que respondo a sus insultos o críticas más duras. Y es que esa es mi verdadera filosofía de vida.

Yo no quiero alimentar los odios de nadie. Probablemente parecerá una quimera pensar que si respondo con cariño, esas actitudes cesen. Pero para mí no lo es. De hecho unos pocos han moderado su comunicación conmigo y aunque no son la mayoría esos casos, yo siempre lo seguiré intentando.

Pero con el chico de la arepera, no lo conseguí. Me dejé arrastrar justamente por lo que me niego a ser.

Hoy se los cuento porque quiero que esas anécdotas siempre sean una rareza en mi vida y los invito a hacer lo propio.

Ojalá él pueda leer esta columna y yo tenga una segunda oportunidad de levantarme de mi silla algún día y de comer de pie sólo para poder ofrecerle mi sitio y, esta vez, darle un abrazo.

Sabiamente el famoso guionista estadounidense Neil Simon dijo una vez que el mal genio es lo que nos mete en líos y que el orgullo es lo que nos mantienen en ellos. Yo no quiero estar del lado de los orgullosos. Sigamos luchando contra ambos terribles vicios. No permitamos que dominen nuestra conducta ni el vínculo con los demás.

Si estamos bravos nos perderemos tantos momentos valiosos, tantos pequeños detalles que seguramente nos harán reír.

Que las rabietas sean pasajeras, que se diluyan siempre rapidito. Que las risas en cambio, sean eternas y no se borren fácilmente.

Decidamos siempre molestarnos con desgano y reconciliarnos con furia. Ser gentiles, no hostiles. Equivocarnos poco y admitirlo siempre.