jueves, 17 de abril de 2014

 

Analistas

11 / 10 / 2012
- 07:42:33
¡Nos merecemos un príncipe, no un bellaco!
¡Nos merecemos un príncipe, no un bellaco!
Carla Angola / @carlaangola / Globovisión
Siempre quise escribir una autobiografía, a veces todavía lo pienso. Por momentos creo que mi experiencia podría servir a otros a no perder el mismo tiempo que yo en descubrir cómo vivir finalmente la vida que siempre quisieron. Algún día quizás lo sepan mis hijos, nietos o simplemente esas historias mueran conmigo.

El caso es que mi vida ha sido literalmente una montaña rusa en el mundo de mis afectos. Y hago referencia al amor porque hay gente que puede pasar toda una vida y morir sin conocer la dicha de amar y ser amado como merece y, sobre todo, como siempre lo ha soñado.

Yo me autoconvencí, en algún momento, de que me ocurriría lo mismo. ¡Tantas veces lo creí! Y entonces me encargaba de ser fiel a ese destino que juraba estaba escrito para mí. De manera que, escogía mal, muy mal en ocasiones, sin reflexión ni sindéresis. Me quedaba al lado de alguien más tiempo del que debía, aún cuando existieran miles de obstáculos, imcompatibilidad y, a pesar que ni siquiera se pareciera a mí y la relación estuviera condenada a morir desde el día uno.

A muchos de ustedes les ha pasado alguna vez ¿no? O quizás están en ese lote de los afortunados quienes como, mi madre y mi hermana, se casaron con su primer y único amor, no por compromiso u obligación sino por elección, absoluta convicción, desprendidas, ellas y sus amados, del más mínimo ápice de duda, por pura devoción, plenitud interior y con música de Disney incluida.

Siempre recordaré a mi padre llevándole el desayuno a la cama a mi mamá después de casi 40 años juntos, o a ella ,suspirar al describir frente a sus amigas lo maravilloso que era su esposo.

Yo pensaba que no había heredado ese gen. Por lo menos no se manifestó con la misma inmediatez que en ellas. Tuve grandes y olímpicos desatinos por mi propia responsabilidad.

El caso es que cuando estás allí sumergido en esa relación, te aferras a ella muchas veces porque crees que no llegará una mejor, o porque simplemente te autoconvences de que no vendrá otra, punto. Que ese es el último hombre o mujer sobre el planeta y que, si te rindes y, en un minuto de sensatez decides quedarte solo, pues morirás solo. Perdiste el tren, el último tren, no hay más viajes para ti.

¿Y qué haces?, te encaramas como una garrapata en esa pareja, por gallina, por inseguro, porque te invade el drama, te posee Lupita Ferrer o Raúl Amundaray y juras que se acabará el mundo si te vas. Es allí cuando le cuentas tus penas hasta al chichero, tienes 100 "mejores amigas" que se saben tu vida y obra (¡Por tu culpa claro! Te encargas de darles hasta el más mínimo detalle) y ellas, se ocupan de hacer sesiones y sesiones para hablar de tus cuentos, analizar tu vida, con todo aquel que conocen, incluso, con los extraños.

Les das material perfecto para hablar de tus problemas y así no sentirse tan miserables por sus propias desgracias. Hasta les alivias su propio dolor porque, probablemente, ellas estén peor que tú. Así que, les procuras un nuevo deporte, hablar de ti y de esas angustias y disyuntivas que les confesaste en la más "estricta privacidad".

Otros más razonables, te hablan de las 400 cualidades que tienes, de tus éxitos profesionales, de toda la vida que tienes por delante, pero tú, juras que se te agota el tiempo y que eso del amor con maripositas, hijitos, casita rosada y perro incluido, lo vivieron ya las otras dos mujeres de tu casa. Que sólo hay dos tickets por núcleo familiar para esa lotería. Y como eso de hallar al príncipe azul sólo pasa en las películas y en las novelas, pues tú te condenas a quedarte con el actor o actriz de reparto.

Total que le das a tus parejas y a tus cercanos el poder de manejar tu vida, de controlarla y de decidir cómo terminará. ¡De escribirla por ti pues! (Les juro que este artículo tenía el firme propósito de convertirse en una metáfora que pudiera fusionar con el duro golpe que muchos recibimos el domingo pasado en las elecciones y, ahora, parece más bien la primera página de la autobiografía que al principio les dije que nunca iba a escribir).

Lo que intento decirles es que nosotros somos los únicos culpables de lo que nos ocurre. Las decisiones las tomamos nosotros. Y estoy absolutamente convencida de que la vida que soñamos y la que terminamos viviendo, sólo se encuentran, coinciden y, se hacen una, cuando realmente estamos preparados para valorar y apreciar ese milagro. Cuando realmente sabemos quiénes somos, qué necesitamos,qué nos hace felices y paramos de buscar a quién le daremos el poder de hacernos boyantes o desventurados. Sólo pasará cuando maduremos y aprendamos.

Hay personas y pueblos que no requieren mucho tiempo para ser testigos de esa revelación. ¡Otros sí! ¡Pero de verdad llega! Ese día de la anunciación, de ese despertar, finalmente llega. Sí y sólo si, escarmentamos algo de esos tropiezos que nosotros mismos seleccionamos. Lo que me pasa con Venezuela, con esa mujer, con mi patria, es que analizo sus desventuras amorosas y las mías pierden toda relevancia.

Comparadas con las de ella, las mías son experiencias cotidianas, sin ninguna consecuencia, sin ningún trauma, sin huellas profundas ni dolorosas como las que le ha tocado vivir a mi tierra querida.

Yo siempre he comparado la relación de Venezuela con el actual Presidente, no con las mías o las de quienes hemos vivido el desamor tradicional, ese que se limita a una lloradita y unas canciones de despecho y se superan tan rápido que hasta terminas riéndote de ellas, por lo intrascendentes que fueron.

A Venezuela no le ha tocado tan fácil y por eso le cuesta tanto decir ¡Basta! La historia amorosa de mi país con la de su actual pareja es más bien, como las de esas mujeres quienes llegan a experimentar el verdadero terror de tener al enemigo en su propia casa. Esas relaciones que uno agradece jamás haber conocido y que incluyen tanto la violencia verbal como la física.

Cuando uno sabe que esas historias existen y que hay mujeres de carne y hueso quienes sí las han vivido, te sientes ridículo de haber dedicado tantos días a lamentar historias tan corrientes e irrelevantes como las tuyas.

Es así como creo que Venezuela tuvo, realmente, muy malos ratos en el pasado pero, como su autoestima fue tan maltratada, se permitió así misma recibir al peor de los maridos o novios que a cualquiera le pueda tocar.

Venezuela le abrió su corazón y su puerta a ese tipo de hombre que llega de madrugada bebido, le pega pero quiere tener sexo, no le permite trabajar pero le da una miseria para que haga mercado, no la deja vestirse como ella quiere para que nadie la vea aunque él tampoco la ame, la mandar a callar porque le molestan los reclamos, no paga los gastos de la casa porque la mayor parte del tiempo no trabaja, tiene varias amantes a las que sí lleva a pasear y las consiente y, cuando la mujer toma coraje y decide dejarlo, él le jura que va a cambiar y el arrepentimiento le dura una semana.

Y ahí es cuando le vuelve a decir que nadie más que él la va a querer y que jamás podrá conseguirse un mejor partido. Así ama Hugo Chávez a Venezuela. Se convirtió en ese cónyuge que uno agradece jamás haber conocido.

Afortunadamente no he vivido nada si quiera cercano a eso. Probablemente mi autobiografía no tendría mucho tiraje en una editorial ni resultaría tan interesante o noticiosa. Pero muchas mujeres sí lo han experimentado, sí se lo han permitido a sí mismas.

Si a mí como a muchos nos cuesta encontrar al indicado, imagínense a una dama que ha vivido este horror, como creo lo vive nuestra nación. Yo un día me desperté y me di cuenta que el hombre de mi vida estuvo mucho tiempo, cerca de mí. Me buscó e intentó decirme que era él. Yo por supuesto no había agotado mi dosis de metidas de pata y me seguí estrellando contra la pared un ratico más con otros a quienes debí desechar inmediatamente.

Pero como les dije antes, el momento de iluminación llega. Tanto para quienes tenemos historias más "zanahoria" y también para quienes viven una agonía inimaginable con sus parejas. Un día te levantas y gritas: ¡pero si es él, es él! Y Dios se encarga de confabular a tu favor y le hace recordar, también a él, que tu eres la mujer de su vida. No pasa mucho tiempo y de repente estás planificando todo lo que siempre quisiste con el actor principal de tu propio libreto.

A mi me llevó 36 largos años de muchos tropiezos, gracias a Dios, sin golpes, sin violencia y sin traumas, sólo unas lagrimitas. Espero que a Venezuela le sean suficientes 20 años de morados, heridas, insultos, maltratos y humillaciones.

Yo, en lo particular, todos los días trabajo para que en los créditos de mi propia película con este hombre, a quien afortunadamente me encontré, diga al final: "y vivieron felices para siempre..."Y también quiero que a mi país le suceda igual.

Que mi tierra recuerde que un día un hombre le mostró el camino que merecía y que quizás no se sentía, en ese momento, digna acreedora de tanta felicidad, pero que sí se lo ganó. Que sí se merece ser amada, no manoseada. Que sí le corresponde ser mimada, no recibir migajas. Que sí está permitido ser respetada, no utilizada. Que el único dictamen para ella es ser dichosa, no condenarse a sí misma a sufrir resignándose con tan poco.

Algunas nos hemos montado a veces en la carroza del príncipe equivocado. Venezuela se enamoró del villano. No se ha dado cuenta todavía de que ni era una carroza ni es un príncipe. Lo que no sabe es que ese joven pretendiente que rechazó recientemente la seguirá esperando y que no es sólo él, muchos más trabajan todos los días por conquistarla bien, como debe ser. Depende de ella darse ese chance.

Decía Pedro Antonio de Alarcón que los amores vulgares necesitan el miedo para alimentarse, para no decaer. El amor que le dan a Venezuela es eso, un amor vulgar. Ojalá pronto con furia y arrojo se permita vivir un buen romance. Y es que como comentan por ahí: amor significa nunca tener que decir: Lo siento.

Cuanta razón tenía Victor Hugo cuando sentenciaba que si el amor es feliz lleva al alma a la dulzura y a la bondad. Y así es el alma de los habitantes de este país: dulce y llena de bondad.

Espero que Venezuela empiece a recordar pronto, lo más pronto posible, la única forma en la que debe ser amada y no se condene a parecerse a su consorte. Estoy segura de que eso no lo ha unido Dios, así que tenemos permiso de separarlo. Eso no es lo que está predestinado para nosotros.

El camino que le prometió el otro candidato a Venezuela quizás tenía todavía maleza y le faltaba asfalto y pintura. Yo estoy dispuesta a abrirle los ojos a ella, a Venezuela, y mostrarle lo hermoso que será cruzarlo. Ya tengo mi pala y mi brocha y ¿tú?