jueves, 24 de abril de 2014

 

Analistas

13 / 10 / 2012
- 02:33:13
La reelección y otras consecuencias
La reelección y otras consecuencias
Ramón Guillermo Aveledo / Globovisión
Ganó Chávez con mucho menos de los diez millones anunciados y por una diferencia sustancialmente menor que la predicha por las encuestas que predominaron. Pero ganó.

Perdió Capriles con una votación de seis millones y medio, mucho más que lo que las encuestas predominantes.

Siguen en el poder Hugo Chávez y su equipo. Una primera evidencia de la lectura que han hecho de su triunfo electoral es la designación de sus candidatos a las gobernaciones de estado. Y la escogencia del Vicepresidente. Todo sigue igual, parece ser el mensaje de estas decisiones.

Es cierto que la reacción del vencedor ha sido esta vez menos inmodesta que la de 2006. Llamó por teléfono a su contrincante, a quien por primera vez mencionó por su nombre y ha estado mencionando dos nociones ajenas a su lenguaje y más bien pertenecientes al de quienes plantean una alternativa: unidad nacional y diálogo. Y si bien los gestos tienen un valor, el significado que le da a esas palabras está por verse, y la credibilidad que generen depende de cómo se sostengan y practiquen en el tiempo.

Una llamada no es diálogo. El carácter noticioso de lo que debería ser un acto de cortesía democrática, hablando beisboleramente una jugada de rutina, ya nos indica cómo están las cosas en Venezuela.

Después, el Presidente reelecto ha ido aclarando que las instancias para el diálogo son la Asamblea Nacional y el Consejo Federal de Gobierno. La primera implicación es la percepción de normalidad de su parte. No parece creer que tenga algo de particular que hacer para que el diálogo se dé, él que es precisamente el centro del régimen político tal cual es. La otra es bastante obvia: para que la AN y el CFG sean instancias de diálogo tendrían que cambiar radicalmente.

Después de la apurada reforma reglamentaria esterilizadora de finales de 2010, y especialmente desde la escogencia de Diosdado Cabello para presidirla, la Asamblea es una caricatura de parlamento y el reino de la intolerancia y el irrespeto. Y el Consejo Federal, como tal, no ha funcionado. Ya sería un cambio significativo que ambos órganos se “pusieran a derecho” y actuaran en mayor consonancia con el espíritu y la letra constitucionales.

En el ámbito oficialista, dos asuntos marcarán el paso de los acontecimientos políticos. Uno es la radicalización que en su programa han llamado “consolidación y profundización del socialismo del siglo XXI”. Aunque su campaña fue más negativa que propositiva, HCF ha sido reelecto con la promesa explícita de avanzar en la construcción del socialismo. Si desde el comienzo acelera el paso, amplia los espacios estatales, reduce los de los ciudadanos y el sector privado, será muy diferente, para peor. Claro que antes de hacerlo debe considerar serios nubarrones económicos, y en consecuencia políticos, que le aconsejarán buscar socios.

El otro es la cuestión de la sucesión. El tema de los temas en el ámbito chavista. ¿Quién lo reemplazará si falta? No es poca cosa.

Las ganancias del perdedor

La construcción de una alternativa exitosa al chavismo no está en cero. No ganar la elección en la que tanta esperanza popular se invirtió fue un fracaso, sin duda. Y duele. Negarlo sería cerrarse a la oportunidad de aprender de la experiencia. También sería tonto desconocer la inmensa desigualdad en que la lucha se ha librado, se libra y se librará, lo cual obliga a evitar a toda costa la rutina del politics as usual. No estamos en una democracia liberal con juego limpio, sino en un régimen de nítida vocación hegemónica que no ha podido librarse de las formas democráticas porque está en Venezuela y en este tiempo histórico.

Dos recursos, considerables recursos, tiene la alternativa democrática venezolana. Uno es la Unidad, otro el liderazgo de Henrique Capriles Radonski. Preservarlos y fortalecerlos a ambos es un imperativo de la realidad.

Los reviso en orden inverso, precisamente porque estamos en Venezuela.

En un país de quien y no de qué, disponer de un rostro para una política, de un líder querido y respetado, joven y fuerte, capaz de hablarle a todo el país, doblemente legitimado por su escogencia en primarias y por su consistente votación el 7-O es una enorme ventaja.

Capriles fue un gran candidato. Trabajador, atractivo, disciplinado en el mensaje. Incluyente en la actitud, en el discurso y en el talante. Tiene condiciones para ser un gran Presidente.

Pero el liderazgo no basta. No se trata de sustituir un personalismo por otro, se trata de superar el personalismo, sus carencias y sus vicios. Y allí tenemos a la Unidad. Capaz de dar forma a una alternativa sólida, de procesar diferencias, de simbolizar el encuentro, de proveer reglas consensuadas, escenarios de diálogo y negociación política, estrategias y propuestas.

La Mesa de la Unidad Democrática es el fruto de la experiencia y la madurez de una oposición que no se conforma con oponerse, y se atreve a proponerse como alternativa. Política, estrategia, programa y plataforma electoral comunes.

La robusta votación de Capriles en la tarjeta de la Unidad fortalece este razonamiento. Casi sin propaganda, uno de cada tres votantes de HCR lo hizo en la tarjeta celeste de la manito. Y otro buen número lo hizo en tarjetas de partidos que diseñaron la suya para beneficiarse del valor de la “marca” unidad. Incluso alguna que, con todo e imagen de Capriles dio sus votos a otra opción para servir al reeleccionismo.

Todas las maneras de votar por Capriles eran unitarias, porque apuntaban al mismo fin, pero esa era la tarjeta creada por unanimidad como símbolo y así lo entendió buena parte del electorado. Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo, como era de esperarse, obtuvieron votaciones respetables y merecidas, también aunque en menor medida las debutantes Voluntad Popular; Avanzada Progresista y MPV.

Dentro de las reglas unitarias, era su derecho optar por los símbolos propios y lo hicieron.

Claro que a los números de la tarjeta de la Unidad contribuyeron mucho los partidos que se adhirieron a ella renunciando temporalmente a sus colores, un acto que debe ser reconocido, pero sería demasiado corto el análisis creyendo que esos dos millones y pico son la suma de esas simpatías, porque no lo son. Tampoco suma tanto el rechazo a quienes prefirieron ir con tarjeta propia. La MUD no es un partido ni pretende serlo. El caudal principal lo constituye la adhesión a la Unidad como concepto y el deseo de decirle a los líderes que quieren verlos unidos.

Que la Unidad y el liderazgo de Capriles se mantengan, se fortalezcan y crezcan o no, depende de lo que hagan o dejen de hacer, el mismo Capriles, la Mesa de la Unidad, y sus partidos miembros y sus dirigentes.

Es tiempo de hacer política con seso y con valor. Tener la valentía de usar la cabeza, y la inteligencia de usar los pantalones. Tanto los partidos, como quien fue su candidato. Lo que unos y otro han alcanzado no es nada despreciable. Y la MUD, como instancia, debe servir para procesar el manejo de diferencias, el aprovechamiento de coincidencias, y la búsqueda del máximo potencial multiplicador para ambos.

Las Regionales

En nueve semanas elegiremos gobernadores y consejos legislativos. El calendario apostó a privilegiar el resultado del 7-O. Esas son las condiciones en que se da la partida. Como expresó este cronista en su oportunidad, la fecha 16 de diciembre, bien entrado ya el último mes del año, contribuye adicionalmente a la baja comparecencia de votantes.

Para el oficialismo, la elección de gobernadores es una extensión de la presidencial. Por noción política cuyo centro es el liderazgo personal del Presidente, y noción del Estado fuertemente centralista.

Para la Unidad es todo lo contrario. Es descentralizadora por convicción y también por racionalidad política. Debe concebirla como 23 elecciones, con ciertos rasgos comunes y muchas particularidades regionales.

La designación de Antonio Ledezma como coordinador del Equipo Nacional de Apoyo a las Campañas Regionales, apunta en esa clara dirección estratégica, así como en la actuación, desde el principio, en los parámetros de la nota anterior.