sábado, 19 de abril de 2014

 

Analistas

06 / 12 / 2012
- 04:37:05
Imparcialidad vs Neutralidad
Imparcialidad vs Neutralidad
Ricardo Antela / @RicardoAntela / Globovisión
Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos” Ryszard Kapuściński. Los cínicos no sirven para este oficio. 2002

El pasado primero de diciembre, Globovisión cumplió 18 años de edad. Este aniversario es motivo especial de celebración, si se considera que en junio de este año 2012, ese canal de televisión estuvo a punto de ser clausurado, de haberse ejecutado un embargo multimillonario decretado por el Tribunal Supremo de Justicia para cobrar de manera forzosa –y prematura– una multa impuesta por el Gobierno de Venezuela, por causa de una cobertura informativa que no gustó al Gobierno y cuya constitucionalidad aún se discute en otro tribunal. Pero este aniversario es también una coartada para retomar una reflexión que hace poco más de seis meses propuso un conocido comunicador social, mediante un artículo publicado en la prensa nacional.

Este conocido periodista –al que llamaremos Juan– defendió el tipo de periodismo que él dice practicar en el noticiero de su canal. En su artículo, cuestionó a quienes predican que los periodistas no pueden ser neutrales ante lo que ocurre hoy día en Venezuela, pues en criterio de Juan, hay dos realidades en el País y él como profesional se debe a las dos posturas, incluso a esa en la que él no cree. Como profesionales –añadió– “no podemos utilizar un medio de comunicación para imponer nuestras ideas personales, pues nos debemos a una ‘comunidad plural”.

El periodista aprovechó de denunciar el daño que –según su parecer– han hecho aquellos que han tratado de hacer creer que el buen periodismo es “aquel que fija posición política”, lo que él entiende como “aquel que dice solo las verdades de una parcialidad,… aquel que no es capaz de reconocer que existe una contraparte o que una realidad tiene dos verdades”. Para Juan, los periodistas son servidores públicos y no jueces; su deber es informar y no juzgar; tienen una responsabilidad con todo su público y no solo con una parte; y son periodistas y no políticos.

Aunque discrepo de algunos conceptos y conclusiones propuestas en el artículo (no necesariamente de las inquietudes que probablemente motivaron a escribirlo), lo que más rescato es que Juan tuvo la valentía de proponer públicamente la discusión sobre el deber de imparcialidad o neutralidad (sic) que en su opinión, debe tener el periodista venezolano frente a la actual circunstancia política, y de exponer públicamente su posición (que tiene derecho a expresarla, aunque yo no la comparta).

Y esta discusión es pertinente porque en años recientes he sido testigo de cómo algunos periodistas se han debatido moralmente entre su incuestionable deber de imparcialidad en la exposición y análisis de los hechos (que es lo defendido por Juan), por una parte; y por la otra, su instinto natural de resistir ante un gobierno que les niega arbitrariamente el acceso a la información de interés público, que los discrimina, que ha irrespetado reiteradamente su dignidad, y que incluso los ha agredido física y moralmente (aspectos sobre los cuales no se pronunció el artículo de Juan).

Sobre lo primero –la imparcialidad– fui también testigo afortunado de como una persona de medios, a la que admiro y respeto, tuvo la honestidad de reconocer que la carencia de partidos políticos fuertes convirtió a los medios en un factor político, pero que “[e]sa, definitivamente, no es nuestra función…”. Así lo postula el Código Europeo de Deontología del Periodismo (1993). Sería erróneo pensar –dice ese Código– que los medios de comunicación representan a la opinión pública o que deben sustituir las funciones propias de los poderes públicos pues de esta manera, los medios y los periodistas se convertirían en poderes o contrapoderes; por tanto, “el ejercicio del periodismo no debe condicionar ni mediatizar la información veraz o imparcial y las opiniones honestas con la pretensión de crear o formar la opinión pública,…”.

La imparcialidad le exige a los medios y a sus periodistas, que sus programas y servicios informativos –no los de opinión– estén libres de prejuicios, muestren amplitud de criterio y presenten información veraz (que no es lo mismo que verdadera). Y es por ello que los periodistas deben esforzarse para evitar que la cobertura y presentación de la información se vea influida indebidamente por una postura política o la de un grupo de presión. Es muy mala señal cuando un reportero o un presentador de noticias dan la impresión de estar comprometidos con un partido político o algún grupo social o económico.

Pero la imparcialidad informativa no supone –creo yo, y aquí comienzan mis discrepancias con Juan– que el periodista deba ser neutral en sus opiniones, ni que deba presentar neutralmente las opiniones de otros, menos aún cuando el periodista considera que está frente a una situación de grave injusticia o de grave contradicción con los valores y principios de la sociedad en la que vive, o con valores que considera universales.

Ningún periodista –ni siquiera Juan– es neutral. Cuando Juan dijo ver sólo dos realidades y eligió no tomar partido por una de ellas, ya Juan hizo una elección. Juan descartó que haya más de dos realidades y además eligió ser imparcial, y esa elección no fue neutral. Juan eligió así porque en su escala y jerarquía de valores, la imparcialidad parece haber prevalecido sobre otros valores que probablemente él también tiene.

Cuando un periodista expone su opinión, no necesariamente está utilizando el medio de comunicación para imponer sus ideas personales. Los periodistas se deben a una “comunidad plural”, de la que ellos también forman parte, y por tanto tienen el derecho de exponer sus opiniones y de presentar las de otros, en el contexto de una determinada línea editorial. Esto es legítimo en una sociedad democrática y no significa (necesariamente) que el periodista o el medio intenten imponer sus ideas. Aunque –hay que reconocerlo– hay también comunicadores que sí quieren imponerle sus ideas al entrevistado (en ese caso, cambie de canal).

Fijar una posición política no consiste en decir sólo las verdades de una parcialidad, o no reconocer que existe una realidad con dos [o más] verdades (lo que de ocurrir, sería más bien una violación del deber de transparencia). Cuando un periodista o un medio fija una posición política, y la hace visible de manera transparente, lo hace para abonarla al debate público y contrastarla con otras posturas. Eso fue, precisamente, lo que hizo Juan con su artículo.

Es desde esta perspectiva que yo –y hablo a título personal– aprecio el periodismo que se hace en Globovisión. Lo percibo como un periodismo independiente (de partidos políticos y grupos de presión) y comprometido, pero no con un partido o parcialidad política, sino con la defensa de la libertad, el pluralismo y los derechos humanos. Globovisión encarna –así lo siento yo– un compromiso con unas ideas y unos valores que están previstos en la Constitución, pero que algunos comparten y otros no, o los aprecian de manera diferente.

Cuando ese tipo periodismo es realizado con transparencia y la línea editorial es visible para el ciudadano (como lo es la de Globovisión), nada hay que criticarle. A unos puede gustarle y a otros no, y en ese caso puede cambiarse de canal, pero es un periodismo tan válido y respetable como el periodismo “neutral” (que sí debería realizarse en los medios de comunicación gestionados por el Estado). Lo que sí es criticable y moralmente reprochable, es el periodista o el medio que se presenta ante la opinión pública como neutral, sólo para eludir su responsabilidad por conductas censurables del pasado, o para ocultar una postura que defiende intereses particulares que no son visibles para los ciudadanos; o lo que es peor, que el periodista o el medio defienda intereses particulares con fondos públicos.

Este periodismo independiente pero comprometido no es una contradicción con la imparcialidad informativa. Lo explica claramente el citado Código Europeo de ética periodística, ese mismo que postula la imparcialidad de la información, pero que reconoce también, que cuando se dan situaciones de tensión y de conflictos en las sociedades, nacidos bajo la presión de factores como la discriminación, “los medios de comunicación tienen la obligación moral de defender los valores de la democracia [y] el respeto a la dignidad humana,… y en consecuencia oponerse a la violencia y al lenguaje del odio y del enfrentamiento, rechazando toda discriminación”. Aún más: “En lo referente a la defensa de los valores democráticos, nadie debe ser neutral.”.

Lo señala también el Código de Ética Periodística de la UNESCO (1983), en su numeral 8: “[e]l verdadero periodista defiende los valores universales del humanismo, en particular la paz, la democracia, los derechos del hombre, el progreso social y la liberación nacional,…”. Y por si queda alguna duda, esto mismo lo exige el Código de Ética del Periodista Venezolano (1976), ese mismo que invocan algunos para justificar su supuesta neutralidad o para intentar justificar sus críticas a Globovisión. Ese Código de Ética le impone a los periodistas venezolanos los deberes de luchar por la vigencia y efectividad de la libertad de expresión y el derecho a la información (Art. 2); de “impedir la concepción, promulgación y aplicación de decisiones que de alguna manera disminuyan, dificulten o anulen el ejercicio de la libertad de expresión y el libre acceso a las fuentes y medios de información.” (Art. 3); de “combatir sin tregua a todo régimen que adultere o viole los principios de la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia.” (Art. 43); y de “denunciar a cualquier persona, ente público o privado, que atente contra los principios de la libertad de expresión y derecho a la información que tiene todo ciudadano,…” (Art. 46).

A la luz de estos principios éticos, ¿puede realmente cuestionarse a un periodista o a un medio por cuestionar –en sus opiniones– la Ley Resorte o a la aplicación de que de esta hace CONATEL, si ellos consideran que esa Ley o su manera de aplicarla restringen irrazonablemente el ejercicio de la libertad de expresión e información? ¿Puede realmente cuestionarse a un periodista o a un medio por pugnar y cuestionar a una “Revolución” en cuya doctrina y programa de gobierno se proclama su “hegemonía ética, moral y espiritual” y se predica la necesidad de que la Revolución consolide su “hegemonía comunicacional” y “la hegemonía y el control de la orientación política, social, económica y cultural de la nación”? ¿Tiene un periodista o un medio la obligación de mantenerse neutral, si considera que un régimen político expresa de manera tan abierta su vocación totalitaria y promete destruir las bases del pluralismo político y social y de la convivencia democrática?

Yo no digo que el periodismo hecho en Globovisión sea mejor que el periodismo hecho por Juan o por el medio donde trabaja Juan, simplemente son diferentes. Lo que sí digo es que de haber sido periodista, sin lugar a dudas hubiera querido ser un periodista de Globovisión. Por eso hoy celebro este nuevo aniversario. Es muy alentador saber que a pesar de las circunstancias, hay empresarios y comunicadores que han sacrificado sus intereses económicos, su salud, su integridad física y su tranquilidad, y en algunos casos hasta su libertad, para prestarle un servicio público a su País; y que tienen clarísima su función como responsables de un medio de comunicación, en una circunstancia totalitaria que ha cercenado nuestra libertad y nuestros derechos fundamentales, y amenaza con liquidar lo que queda de democracia y de pluralismo político.

La literatura debe comprometerse con los problemas de su tiempo y el escritor escribir con la convicción de que escribiendo puede ayudar a los demás a ser más libres, sensibles y lúcidos” Mario Vargas Llosa. La civilización del espectáculo. 2012