Zimbabwe está muy lejos

A sus 93 años y con 37 años al frente del poder en Zimbabwe, el dictador Robert Mugabe todavía pensaba pasarle el poder a su mujer, para continuar con ese régimen putrefacto que ha llevado hacia el atraso a un pueblo noble.

Dictador, corrupto, sanguinario, homófobo, que arruino a un país y mantuvo sometida a la miseria a su pueblo mientras que él y su entorno gozaban sus “sanfermines” y el despilfarro de dinero, producto del sudor de tantos angelitos negros.

Mugabe, como muchos de su estilo, llego al poder por su carismática personalidad al salir de la cárcel donde estuvo recluido por guerrillero. Vendió la idea de acabar con el poder de la minoría blanca y del hombre nuevo. Prometió combatir el capitalismo y los demás ingredientes del populismo.

Logró conquistar el poder y pronto doblegó a su gente a través de la instauración de un régimen de terror. Quienes lo conocen lo describen como un ser inhumano, de naturaleza reptil y no sólo por su apariencia física.

Como buen dictador, los primeros años fueron una fantasía, sin embargo la llegada de su segunda mujer selló su desgracia: una ex miss de la zona muy joven, que arribó atropellando y mandando, gracias al hipnotismo que producían sobre él sus curvas.

La dimisión de Mugabe que esperemos sea realizable, ofrece a Zimbabwe la oportunidad de forjar un nuevo camino, libre de opresión.

Es impresionante cómo un país que cuenta con una de las poblaciones humanas más antiguas de la Tierra con patrimonio arqueológico, mucho oro y marfil, haya podido llegar a esta depravación.

La ruina lograda por Mugabe demuestra que hay quienes dejan huellas y los que pisotean; que los de afuera nos son los culpables, que los que se dan por vencidos no tienen cabida y que el ruido de las conciencias hay que atenderlo.

Esa etapa gris será recordada por las muertes, torturas y presos de conciencia. Ojalá el capítulo termine bien, por lo pronto esa población pasó inadvertida de tantas cosas buenas.

Las dictaduras ya son modas absurdas, sostenidas solo por los conflictos internos de cada uno de nosotros. Nuestra felicidad es un imposible, porque así lo decretamos.

Si los ingleses se hubieran quedado Zimbabwe, o en Siria, otro gallo hubiese cantado.

Mejores tiempos se merece Zimbabwe.