¿Votar o comer casquillo?

Archivo

El próximo domingo 15 de octubre, salvo novedades de último momento en esta viña del Señor donde todo es posible, habrá elecciones regionales para escoger a los 23 gobernadores de Estados, y esta semana será crucial para que los candidatos hagan el último esfuerzo para captar voluntades. Votar, en la circunstancia actual de Venezuela es, más que una opción, una responsabilidad. Una toma de posición sobre lo que ocurre en esta tierra de gracia.

Estas elecciones regionales han estado marcadas por una intensa campaña destinada a fomentar la abstención. El propio órgano rector en estas lides, el Consejo Nacional Electoral, ha actuado sin recato alguno con la clarísima intención de colocar obstáculos a la participación de la ciudadanía. Recordemos que estos comicios regionales fueron postergados un año sin ninguna justificación. Luego dejaron por fuera las elecciones de los consejos legislativos regionales. Es decir, los gobernadores que resulten electos tendrán que calarse ( no cabe otro término ) una correlación de fuerzas en los consejos legislativos que no se corresponde con la actual voluntad del electorado.

Por si fuera poco, también el Consejo Nacional Electoral hizo caso omiso de la Ley de Procesos Electorales y negó las sustituciones de candidatos, todo con el inocultable objetivo de enredarle el juego a la oposición mediante la generación de confusión en el electorado. Con esa conducta, por cierto, también se puso al margen de sus obligaciones constitucionales. Esta vez también con el apoyo de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia. Ir a elecciones en medio de tantas desventajas recuerda, para los fanáticos del boxeo, lo que implicaba pelear en Japón con jueces japoneses. Sin embargo, los verdaderos campeones asumían el riesgo, a sabiendas de las condiciones de desigualdad en medio de las cuales debían combatir.

No hizo nada el organismo electoral para garantizar equidad en el uso de los espacios en los medios de comunicación del Estado, convertidos también en esta campaña en monocordes megáfonos de promoción de los candidatos oficialistas, incluso en actividades donde se hizo presente el Presidente de la República . Para justificar todas estas "vivezas", se insistió en señalar que las elecciones estaban siendo convocadas por la tal Asamblea Nacional Constituyente, cuando todos sabemos que se trata de un mandato expreso de la Carta Magna y de una competencia que el texto constitucional le asigna al organismo electoral. Y que se sepa, hasta que no se apruebe por vía del referendo popular una nueva constitución, la actual tiene que ser respetada y cumplida. Al menos ese es el deber ser...

El señuelo abstencionista también se ha valido de líneas discursivas dirigidas a sembrar la matriz de opinión según la cual todo aquel que vote está reconociendo a la Constituyente, y que los ganadores tendrán que ponerse de rodillas frente a esa instancia. Guardando las distancias, imaginen que los chilenos se hubiesen comido el cuento de que votar en el referendo era reconocer a Pinochet y su régimen dictatorial...

El único reconocimiento que implica el votar es el del poder que tiene el ciudadano cuando utiliza este instrumento que le brinda la Carta Magna. No votar es renunciar a ese poder, entregárselo al que sale ganancioso con la abstención. Es "comerle casquillo" a todas las provocaciones destinadas a evitar que tú te expreses, y a colocar las frustraciones de estos duros meses por encima de la racionalidad con la cual se debe asumir la actual coyuntura nacional. 

Abstenerse es arrojar por el cesto de la basura la posibilidad de empujar en favor de los cambios que el país merece y necesita. Pese a lo que puedan pensar muchos o pocos, el voto es una herramienta fundamental para que los cambios tomen impulso. Por eso carece de sentido, si se tiene conciencia de las dimensiones de la crisis y de los esfuerzos que hay que hacer para superarla, quedarse en casa y renunciar al ejercicio del voto, que hoy por hoy mas que un derecho, es un acto de responsabilidad con Venezuela.