Venezuela: entre la tormenta y el milagro

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Estamos en una semana crucial para el país. Los trenes se acercan, están a punto de chocar y es poco o nada lo que se puede hacer para evitarlo. Desde hace tiempo temíamos este momento que se avecina. Pero confiábamos en que la racionalidad se impondría y llegaríamos a acuerdos que nos salvaran de derramamientos de sangre, represión, violencia, confrontación y, de ahí al caos que justifique cualquier locura.

Pues llegamos a la hora de la chiquitica. Quedan apenas horas para evitar que Venezuela entre en una nueva fase de enfrentamiento que nos instale irreversiblemente en la violencia política. La propuesta de una Asamblea Nacional Constituyente no ha traído la paz prometida. Todo lo contrario, ha desatado los demonios. No nació del acuerdo político ni de la voluntad del soberano, razón por la cual viene a traer discordia, división, confrontación, inestabilidad política y todos los males que se derivan de procedimientos antidemocráticos.

Y en la oposición ya tomó fuerza la idea de ir con todos los hierros a impedir que el Gobierno logre su objetivo de instalar una Asamblea Constituyente para hacer caída y mesa limpia desde allí, terminar de desmontar la Asamblea Nacional, designar un nuevo fiscal general de la República, constitucionalizar la represión y coartar derechos humanos y políticos conquistados. Vamos esta semana a una medición de fuerzas en la calle, con huelga general incluida. Y el viernes a una toma de Caracas que seguramente hará palidecer escenas de represión y confrontación de las últimas semanas. Dios nos salve de más muertes.

A todo este cuadro se suma la amenaza de sanciones por parte del Gobierno del presidente norteamericano Donald Trump. Esas sanciones ya no serían solamente contra funcionarios de Gobierno o del estamento militar y judicial. Tendrían implicaciones muy serias en la economía. Por mucha retórica que se use para responder ante esa amenaza, si se concretan esas sanciones ello hará más difícil la ya complicada y atormentada vida de los venezolanos. Y pronto de nada valdrán los discursos antiimperialistas. No estoy de acuerdo con medidas como esas, que se traduzcan en mayores privaciones para la población. Pero allí no cuentan los deseos sino las realidades.

Imaginen si Trump le regala al Gobierno el argumento del bloqueo o de sanciones parecidas, que tanto sirvió para que la revolución cubana justificara todas las decisiones que han sustentado el modelo de partido y pensamiento únicos. En todo caso, el escenario internacional pesa demasiado. A la administración Maduro le va a resultar cuesta arriba que su constituyente hecha a la medida de sus necesidades y temores reciba reconocimiento de la mayoría absoluta de países de América Latina y el mundo. Quedaremos en el mostrador junto a gobiernos de dudosa o ninguna reputación democrática, cosa que quizás poco le importa a quienes solo piensan en mantenerse en el poder.

La oposición agrupada en torno a la Mesa de la Unidad Democrática ha decidido apretar. Jugar duro. Ha demostrado capacidad de convocatoria. La ciudadanía ha respondido a ese llamado a la protesta, y ya lo hace con o sin convocatoria. Pero, ¿la coalición opositora estará en condiciones de evitar que derivemos hacia una violencia incontrolable? ¿Tendrá capacidad de liderazgo suficiente para controlar la calle si llega la hora de una negociación, antes o durante la mal llamada Constituyente, en caso de que ésta finalmente se imponga como iniciativa política? ¿O priva en ella, en la dirigencia de la Mesa, el criterio de que no hay negociación posible bajo el cuadro actual?

El Gobierno, para variar, también juega duro. La represión es una de sus cartas y la viene jugando como opción principal. Sus mensajes han sido contradictorios. El presidente Nicolás Maduro va y viene. A veces habla de tomar las armas, a veces clama por diálogo. Pero Diosdado Cabello, en apariencia el hombre de la línea más dura, dice que no hay nada que negociar y sigue haciendo sus programas, desde los cuales enseña los dientes, muestra oficiales de grado superior al suyo que le rinden obediencia. ¿Se los enseña a la oposición o se los enseña al Presidente? Ya se sabrá.

Son días de tensión, de incertidumbre, rabia, miedo. Para llegar a la calma no parece haber otro camino que la tempestad, con los estragos que trae consigo. Hacia ella vamos sin que nadie nos detenga. Si los milagros existen es buena ocasión para demostrarlo.