Un poderoso que se pudrió

Referencial

En estos días, leyendo curiosidades del pasado, me encontré con el relato de un científico estadounidense el cual se dio a la tarea de averiguar de qué había muerto uno de los personajes considerado por los historiadores entre los más despreciables del mundo conocido y por conocer: el Rey Herodes. El mismo que mató cientos de niños varones en Belén, intentando eliminar al recién nacido que hipotéticamente amenazaría su trono. Es justamente el episodio que recordamos cada diciembre, bastante a la ligera por cierto, como “el Día de los Inocentes”.

Herodes es descrito como un ser sin escrúpulo alguno. Insensible al dolor de su pueblo. Por conservar el poder era capaz de cualquier bestialidad. Lo llamaban “el Grande”, pero en realidad lo grande era su brutalidad. Caprichoso, paranoico, supersticioso y cruel, no tenía más respaldo que el de la fuerza y se daba una vida de placeres mientras la gente sufría sus desmanes y burlas. Nunca encontró sino odio y desprecio, no obstante adular a los jefes religiosos y a pesar de sus halagos al populacho.

Los textos que dan cuenta de sus últimos años de vida refieren que Herodes sufría de picazones, dolores intestinales, falta de aliento, convulsiones en las extremidades y gangrena en los genitales. Estos síntomas han hecho pensar a los médicos que el rey de Judea falleció debido a una gonorrea, enfermedad de transmisión sexual causada por la bacteria Neisseria gonorrhoeae. Incurable en aquellos tiempos, este mal podía evolucionar de forma crónica y causar algunos de los síntomas que recogieron los cronistas.

Pero el científico en cuestión, el doctor Jan Hirschmann, profesor de medicina de la Universidad de Washington, no está de acuerdo con este diagnóstico. Algunos aspectos no le convencían del cuadro clínico de Herodes. En un principio, pensó que el rey pudo padecer la enfermedad de Hodgkin —un cáncer del sistema linfático— y alguna dolencia hepática. Pero el tema de los genitales lo condujo a un diagnóstico: Herodes sufrió una enfermedad crónica del riñón que se complicó con una inusual infección de los genitales masculinos llamada gangrena de Fournier.

Aunque intentar una explicación sobre el fin de este rey es un propósito que ha motivado a médicos e historiadores desde hace más de un siglo, sin que se haya logrado una respuesta definitiva, podría ser perfectamente posible lo que dice Hirschmann. Pero lo rigurosamente cierto es que la espantosa descripción del historiador judío Josefo (año 4 antes de Cristo) se basó en una fuente confiable: los escritos de Nicolás de Damasco, amigo de Herodes y su embajador ante la corte de Augusto. Lo que divulgó es, en verdad, espeluznante. Escribió textualmente: “La enfermedad de Herodes se agravaba día a día, castigándole Dios por los crímenes que había cometido. Una especie de fuego lo iba consumiendo lentamente, el cual no solo se manifestaba por su ardor al tacto, sino que le dolía en el interior. Sentía un vehemente deseo de tomar alimento, el cual era imposible concederle; agréguese la ulceración de los intestinos y especialmente un cólico que le ocasionaba terribles dolores; también en los pies estaba afectado por una inflamación con un humor transparente y sufría un mal análogo en el abdomen; además una gangrena en las partes genitales que engendraba gusanos. Cuando estaba de pie se hacía desagradable por su respiración fétida. Finalmente en todos sus miembros experimentaba convulsiones espasmódicas de una violencia insoportable”.

Decían, los dedicados al estudio de las ciencias divinas y los aficionados a vaticinios, que todo esto era el castigo que Dios le imponía por sus muchas impiedades. Y el relato de los evangelios parece confirmarlo: “El día señalado, Herodes, vestido de las vestiduras reales, se sentó en su estrado y les dirigió la palabra. Y el pueblo comenzó a gritar: Palabra de Dios y no de hombre. Al instante le hirió el ángel del Señor, por cuanto no había glorificado a Dios, y, comido de gusanos, expiró” (Hechos, 12,20)

Herodes reinó treinta y siete años en Roma. Pero murió podrido. En su palacio en Jericó, pero podrido. Haciendo daño al prójimo hasta el final, pero podrido. Y Josefo agrega: "...con un ataque de furia, de indignación contra todo el mundo”.-