Trump y Clinton: ¿To be or not to be?

Referencial

Las próximas elecciones en EEUU, han introducido un debate sin sentido, en lo que respecta al aparente mayor radicalismo neoconservador del candidato republicano Donald Trump sobre su rival demócrata Hillary Clinton. Partimos del hecho de señalar contundentemente que ambos actores políticos, siguen encarnando los valores, la Doctrina y la tradición histórica de una política agresiva por parte de los EEUU, desde los “padres fundadores” hasta la actualidad.

La política norteamericana, en lo que respecta a su Política exterior mantendrá los lineamientos establecidos por el actual Presidente de los EEUU, Barak Obama. En el año 2015, se hizo pública la Doctrina de Seguridad Nacional (National Segurity Strategy), en dónde se definieron ocho (8) obstáculos que enfrenta la potencia del norte: 1) la reducción del gasto militar, 2) peligro de rebelión armada interna, 3) el terrorismo trasnacional (impulsado por su Doctrina Obama), 4) la recuperación del poderío ruso, 5) surgimiento de nuevas potencias nucleares, 6) el cambio climático, 7) la pérdida de control hegemónico sobre el ciberespacio y el espacio exterior y 8) el riesgo de nuevas epidemias.

Ahora bien, está estrategia incluyó otros temas claves, tales como lo económico (buscando garantizar trabajo a los estadounidenses para garantizar su poderío económico, la lucha por el control del mercado gasífero mundial con Rusia, mantener el liderazgo en ciencia y tecnología, impulsar el Nuevo Orden Mundial manteniendo a EEUU como el 1er destino de inversión mundial y por último, utilizar el problema de la pobreza extrema en el mundo, para impulsar el consumo de su producción); lo ideológico (referido a la “superioridad moral” de los EEUU en torno al tema DDHH y su derecho a intervenir en los asuntos internos de otros países, y/o actuar sobre los Estados fallidos y el peligro de desestabilización que representan) y lo estratégico mundial (Medio Oriente, Asia Central, Rusia y China, América Latina como prioridades).

Esa base doctrinal, seguirá en pie, más allá de la retórica de Trump o las generalizaciones de Clinton, pues se trata de todo el entramado de intereses geoestratégicos del aparato militar-económico de los EEUU. Por otra parte, ambos deben acogerse a los términos de la Doctrina de Seguridad Nacional (http://www.voltairenet.org/IMG/pdf/2015_National_Security_Strategy-2.pdf) hasta que formulen la suya propia, en un período que normalmente no es inmediato, lo que se traduce en que por lo menos durante los dos (2) primeros años de gestión, sigan los lineamientos heredados por la Administración Obama.

Trump y Clinton, tienen un elemento común, más allá de los intentos mediáticos de diferenciarlos. Es el tema religioso y su vinculación con la Doctrina Política de los EEUU. Lo que asistimos es a un resurgir de los valores católicos, ortodoxos y luteranos confrontados con los valores de los calvinistas, representados por presbiterianos, metodistas y bautistas. Ambos candidatos fueron educados en la base del puritarismo religioso, que tanto le ha aportado a las visiones conservadoras, segregacionistas y agresivas del pensamiento político norteamericano, desde la formulación de la Doctrina Monroe en 1823, hasta los actuales momentos. Los puritanos sostienen la necesidad de una “sociedad donde todos los hombres sean iguales, pero no equivalentes”. Eso hace que coincidan ambos, en un extremismo por definir el quiénes somos (¿Who are you?) y por lo tanto, el debate no ha sido conducido sobre el contenido de los programas políticos (pues hay escasa diferencia entre ambos en temas esenciales) sino que la discusión en los debates, se ha dirigido al tema personal, visto desde los valores del puritanismo. Así Clinton ha acusado a Trump de misógino, mientras que Trump ha señalado cómo el Clan Clinton ha especulado con su poder, contraviniendo “valores éticos” de justicia y equidad.

Ambos candidatos hacen uso de una estrategia de captación, denominado “voto identitario”, que busca en el caso de Clinton atraer el voto de las mujeres y minorías étnicas. Por su parte Trump, insiste en un discurso dirigido a los hombres y específicamente a los hombres blancos, lo que muestra la supervivencia discursiva de la idea de “superioridad étnica”, esencia del puritarismo y de lo más conservador y ortodoxo de la tradición pensamental norteamericana.

La tematización de campaña, enfocado en una estrategia de “asesinato de la personalidad”, nos ha permitido ver cómo Clinton habla y expone a Trump acerca de su perspectiva de superioridad étnica (“los inmigrantes ilegales son todo ladrones, a dicho). Por su parte, Trump la ha atacado por el costo político (y ético) de su accionar como Secretaria de Estado y su papel en el apoyo de ISIS o en la filtración de sus correos. No hay en ellos, una crítica seria al contenido de su campaña, pues son esencialmente los mismos. Su “ser” es marcadamente ortodoxo. La esencia del puritarismo se expresa de formas distintas, pero igualmente peligrosa, en ambos candidatos. La perspectiva histórica de una idea enclavada en la psiquis del estadounidense promedio, en lo que respeta “al destino manifiesto” de EEUU surge en la praxis discursiva de Trump y Clinton. Eso representa un gran peligro, tanto a nivel de la situación de confrontación social y étnica que vive los EEUU, cómo para el resto de los países de Nuestra América, que mantiene un discurso y una práxis decolonial importante.

Ambos candidatos, están claros que la clave de la elección no es el voto nacional, dadas las características del sistema electoral norteamericano, sino el control de los Colegios Electorales, que son los encargados de “seleccionar” al presidente de los EEUU. Por ello, la estrategia busca – haciendo uso de los valores del puritanismo- “tocar” las afectividades del norteamericano. Por ello la competencia por el control del Colegio Electoral en Estados esenciales como Florida, Carolina del Norte, Virginia, Nevada, Colorado, Iowa, Pennsylvania y Ohio, que los ha llevado a un enfrentamiento que casi suena como un conflicto civil. No obstante, es una falsa ilusión de quiebre la que se dibuja en los grandes trust mediáticos. Sostenemos con firmeza que ambos candidatos seguirán representando ese “Destino Manifiesto” formulado tempranamente en 1823 y sobre el cuál advirtió el Libertador en su carta a Patricio Campbell del 5 de agosto de 1829. 

La ortodoxia de ambos es tal, que en un tema tan álgido como es la acción anti-terrorista coinciden en la necesidad de extremar las medidas “contra la amenaza interna” y eso incluye el mantenimiento de procedimientos de interrogación (Trump), criticados por normativas internacionales por violación de los DDHH, hasta reforzar las medidas de seguridad interna (Clinton), rememorando de alguna manera la Ley Patriota de George W. Bush. Otro aspecto, que refleja su coincidencia puritana se observa en el tema del derecho al matrimonio en la comunidad LGTH, dónde ambos tienen una oposición a ultranza, sosteniendo la necesidad de mantener la decisión de la Corte Suprema de los EEUU al respecto.

No hay duda, de lo estrecho que será el resultado de la elección y de las tensiones generadas a nivel de los intereses que ambos representan, pero a pesar de esas tensiones que amenazan con un aparente cisma de la sociedad estadounidense, las características de las formas corporativas de asociación y el funcionamiento del aparato económico e institucional de los EEUU, nos indica que sea quién sea el ganador (muy posiblemente Hillary Clinton, por estrecho margen) se mantendrán los objetivos estratégicos en términos de Seguridad y Defensa, con lo cual las tensiones en el ajedrez geopolítico del sistema-mundo se mantendrán, sin grandes cambios.

Particularmente, para Nuestra América, no habrá absoluta diferencia en cuanto quién sea el ganador. Ambos candidatos, continuarán con una línea histórica de interpretación que ve a la región como un asunto prioritario de su “política interna”. Para los EEUU, tal como lo señalara el actual Secretario de Estado John Kerry, seguimos siendo “su patio trasero”. Con Clinton o Trump, los EEUU seguirá encabezando los esfuerzos de los Imperialismos Colectivos por controlar las fuentes de recursos naturales en la región (agua, petróleo y gas, recursos estratégicos), así como de mantener su capacidad de movilización militar para “disuadir” la conformación de otros gobiernos “populistas radicales”, tal como se llegó a definir los Gobiernos de Bolivia, Ecuador y Venezuela. O en su defecto, se mantendrán los programas de financiamiento a través de organismos norteamericanos para apoyar, desde “adentro” de nuestras democracias, voces e instituciones que adviertan sobre los riesgos de los “populismos”.

Hay que concluir diciendo, sin extremismos ni alarmismos, que seguirá la presión sobre nuestros territorios y con esa presión sigue siendo cada vez más urgente, la conformación y articulación de una política en red, que sobre la idea de la subversión - entendida como la respuesta al acumulado de tensiones y contradicciones, permitiendo la formulación de un nuevo proyecto humanista liberador- nos facilite articular coherentemente contra las pretensiones de dominación y subordinación, aún vigente en la Filosofía política del Pensamiento Puritano Norteamericano.