Tiempos de cambio: Una gota de alegría en un mar de abusos

En medio de tanto desaliento hay noticias buenas. El juez 43 de control del Área Metropolitana de Caracas, Jonattan Mustiola, ordenó la libertad de los 25 estudiantes detenidos en El Rosal la semana pasada. No habían sido imputados por la Fiscalía General de la República y por lo tanto se trató de una detención arbitraria y por ende fuera de la ley, sin contar los abusos y atropellos a los cuales fueron sometidos. La Defensoría del Pueblo, a través de su titular, también había recomendado la libertad de estos muchachos.

Los jóvenes, estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, Universidad Simón Bolívar, y de la Universidad Católica Andrés Bello, fueron aprehendidos por la Policía Nacional Bolivariana, cuyos funcionarios los subieron a un camión cava y, como quedó evidenciado en diversos vídeos, dejaron entrar deliberadamente "gasesitos" lacrimógenos al vehículo y cerraron la puerta. Una inexcusable brutalidad policial que no puede pasar por debajo de la mesa. No basta con que los jóvenes hayan sido puestos en libertad luego de una detención arbitraria. 

Esos funcionarios deberían ser juzgados por tratos inhumanos , crueles y degradantes. Y de paso, deberían hacerlos escuchar una y otra vez , a ellos y a quienes los mandan, la canción de Mercedes Sosa, "que vivan los estudiantes jardín de nuestra alegría, son aves que no se asustan de animal ni policía"...

Pero la alegría por esas liberaciones no alcanza para poder decir que la justicia está prevaleciendo. Se cuentan por centenares los detenidos. ¿Cómo afirmar semejante cosa cuando hay civiles siendo juzgados por tribunales militares, y cuando 18 estudiantes estuvieron varios días presos en la colonia móvil de El Dorado, lugar escogidos en el pasado para que allí fueran a parar los peores delincuentes, y ahora sitio destinado a condenados? Entonces en la Venezuela de hoy, los pranes viven como reyes en las cárceles y El Dorado es el Castillo de Puerto Cabello del siglo XXI, al cual puede ser enviado cualquier detenido en protestas . Recordemos que en tiempos de la dictadura gomecista los estudiantes de la generación del 28 eran encarcelados en ese terrorífico castillo, torturados y "engrillados".

Tampoco alcanza la alegría para compensar la indignación que causa la forma como los manifestantes detenidos son arrastrados, golpeados y hasta robados en público por funcionarios uniformados . No hay mucho que agregar a lo que el propio Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, ha dicho hace apenas unas horas sobre los abusos contra los derechos humanos cometidos por integrantes de los cuerpos de seguridad. Y no hay mucho terreno para el optimismo en este campo. Sobre todo cuando son condecorados, ascendidos y homenajeados actores materiales e intelectuales de esas violaciones a derechos humanos que hoy sacuden la conciencia nacional, aunque algunas conciencias no se den por aludidas.

¿Cómo ser optimistas cuando un empujón y otra vejaciones contra el presidente del Parlamento Nacional son motivo de felicitaciones y son considerados como una hazaña que amerita los mayores honores ?

Es un tiempo duro, terrible, en materia de derechos humanos. Lo deseable seria que, en medio de estas circunstancias, los titulares de la Defensoría del Pueblo y de la Fiscalía General de la República, cuyas competencias están claramente definidas en la Constitución de 1999, dejaran de lado sus diferencias y , basándose en el principio de colaboración entre poderes, actuaran conjuntamente para poner a raya estas actuaciones inconstitucionales de los cuerpos de seguridad. Seguramente es mucho pedir, pero es lo que la lógica indica en un país donde el abuso de poder se ha convertido en moneda corriente.

Recordemos a los jóvenes asesinados . La mayoría de los autores de esos crímenes, que ya llegan a 80, siguen en libertad . El Papa Francisco dijo este fin de semana que reza por Venezuela, porque se encuentre una salida pacífica y democrática a la actual crisis. Y allí recordamos a Ali Primera: " no basta rezar, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz". Entre ellas la justicia. La paz sin justicia es una quimera. La salida a este caos, a la represión, a la muerte, a la violencia, está en la Constitución. Mientras más nos alejamos de ella más cerca estamos del precipicio.