Tiempos de cambio: Si Nicolás me leyera...

Ministerio del Poder Popular para la Mujer

Tendría que establecer prioridades en torno a las cosas que se le deben decir a un Presidente de la República cuando el país se le está yendo de las manos, cuando la absoluta mayoría de la población ya lo identifica como el problema y no parte de las soluciones, cuando casi a diario en todo el país hay manifestaciones de rechazo a la grave situación existente, y cuando la represión y la violencia que ella genera amenazan con llevarnos a una escala de conflicto que puede terminar siendo inmanejable .

Empezaría por decirle que, poniéndose la mano en el corazón, tome un poco de distancia, abra los ojos y vea a la Venezuela de hoy, a esa que está sumergida en la crisis más terrible que el y yo, hombres de la misma generación, hayamos visto en nuestros cincuenta y dele años de vida. Que debería asumir su responsabilidad por buena parte de los errores cometidos y por la fatídica decisión de no tomar decisiones impostergables en el campo económico. Y que eso se ha traducido en el terrible empobrecimiento de la absoluta mayoría de la población. De los que ya eran pobres y de los nuevos pobres.

Le diría que se le ha pasado la mano con la represión. Que tiene decenas y decenas de presos políticos y ha sido muy permisivo con los inaceptables abusos cometidos por los cuerpos de seguridad bajo su mando. Que no ha tenido presente su otrora condición de perseguido y preso político. Que la soberbia no es buena consejera y a la larga sale muy cara. Que la historia achacará a su gobierno si no todas buena parte de las muertes ocurridas durante más de cuarenta días de manifestaciones, y que por eso es obligante para él y para su propia trayectoria abrir camino para que los asesinos y quienes dieron la orden respondan ante la justicia. Que se reencuentre con la humildad perdida en los vericuetos del poder. Que desarme su espíritu, pero también su discurso y a los grupos que actúan bajo la mirada complaciente de los cuerpos de seguridad.

Tendría que ser enfático en reprocharle que la decisión de cerrar las puertas a la realización de las elecciones regionales ha sido caldo de cultivo para agravar la crisis política del país, ya de por sí compleja por el desconocimiento de la Asamblea Nacional, y por la forma como se aprobaron en el Tribunal Supremo de Justicia decisiones que terminaron de calentar la calle y abrir paso a esta incontenible expresión de descontento.

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Le diría que la gente ha salido a la calle con contundentes demandas democráticas, que él mismo seguramente acompañaría si no fuese hoy el primer mandatario nacional. Que esas demandas tienen su base en la Constitución de 1999, y que por lo tanto deben ser atendidas sin subterfugios ni maniobrillas que a la larga también salen muy costosas. Que el descontento va más allá de la Mesa de la Unidad Democrática y que no hay otra manera de parar la protesta que actuar apegados a la Constitución y entender la inevitabilidad de una verdadera, transparente y concreta negociación política de la cual se pase inevitablemente a los procesos electorales pendientes y a la re institucionalización del país.

Que la idea de una Asamblea Constituyente bajo el formato planteado es inviable, contraria a principios constitucionales y echa más gasolina a la explosión que ya tenemos. Que debe desistir de ella y tomar como buena las recomendaciones de diversos sectores nacionales e internacionales en cuanto a que las elecciones son la solución o parte de la solución al conflicto. Elecciones. No Constituyente, y menos una que nazca bajo esquemas que busquen subterfugios para eludir el principio del voto universal, directo y secreto, y que eviten que en ella se exprese la correlación de fuerzas existentes hoy en el país .

Que en el mundo ya existe la certeza de que los derechos humanos no se respetan en Venezuela. Y no se trata de guerra mediática. Las imágenes de la represión hablan si solas y, por si fuera poco, la conducta del gobierno refuerza esa percepción. Quitarle pasaportes a periodistas y familiares, y a dirigentes políticos, incomunicar presos y amenazar medios, maltratar y detener periodistas, llevar civiles a la justicia militar y violentar principios elementales del debido proceso retrata de cuerpo entero la conducta de quienes detentan el poder.

Le diría que no quiero para mi país una intervención de ninguna potencia extranjera. Óigase bien. ¡Ninguna! Que no deseo ni invasiones ni fuerzas multinacionales. Y que la mejor manera de evitar eso es precisamente dejando de actuar con menosprecio de los tratados y acuerdos suscritos por Venezuela en materia de derechos humanos, y apegarse al pleno respeto tanto al derecho interno como al derecho internacional. No dé razones para que aumente el número de venezolanos deseosos de que un "salvador" externo se haga cargo. Y, por favor, desista de seguir confundiendo la patria con su partido y sus intereses grupales, y de dirigir a la Fuerza Armada Nacional como si se tratara de una UBCh.

Que le evite nuevos dolores y nuevos duelos al país y opte por el librito, esa Carta Magna en la que juntos trabajamos hace 17 años. En ella están las claves para que usted se reivindique consigo mismo y con la historia. No le garantizo que hoy los venezolanos descontentos lo vean con otros ojos. Pero sin duda la historia lo evaluará. De su veredicto no se salva nadie.