Tiempos de cambio: El vice cachaco y la autoestima nacional

Germán Vargas Lleras / Referencial

Seguramente que muchos de los lectores pensarán que hay muchos problemas en Venezuela como para ocuparnos de unas miserables declaraciones del vicepresidente de Colombia, Germán Vargas Lleras, en las cuales señaló que las viviendas construidas en la nación vecina "no son para los venecos".

Podríamos dejar pasar la insolencia de ese funcionario colombiano, e incluso la sorprendente manera como la canciller Mariángela Holguín se la ingenió para darle la vuelta al asunto y justificar, con poco éxito, creo yo, al segundo de abordo en la conducción del gobierno de Juan Manuel Santos. Esa sería una contribución para no distraernos de nuestra dura y cruda realidad política, económica y social.

Pero callar frente al escupitajo verbal del vice presidente colombiano contra la dignidad de los venezolanos sería también una forma de ayudar a facilitar el derrumbe de nuestra autoestima nacional, golpeada por diversas situaciones, entre ellas, el empobrecimiento de amplios sectores de nuestra población. 

Somos oficialmente un país pobre, arruinado por una torpe política económica, con una democracia deficitaria por sus cuatro costados, con niveles de inseguridad y criminalidad que nos recuerdan precisamente los peores tiempos del vecino. Estamos pasando un momento triste de nuestra historia. En América Latina comienzan a vernos con ojos "puyúos". No nos quieren en muchas naciones porque, pese a las millonarias reservas petroleras de nuestra faja, somos unos limpios.

Pero esto no nos da licencia para quedarnos callados, para asumir como algo razonable que el vicepresidente de un país al cual siempre le hemos tendido la mano nos humille de esa forma. 

No se trata de estar sacándole a los ciudadanos colombianos que viven entre nosotros la ayuda que le hemos dado, pero frente a la malparida declaración de Vargas Lleras no queda otra opción que recordar que en esta tierra "veneca" le dimos y le seguimos dando cobijo a sus desplazados por el conflicto interno, a la inmigración por razones socio económicas, a gente buena y a gente mala. Y jamás se les ha negado un cupo en una escuela o incluso muchas viviendas y otros beneficios sociales.

Es imposible negar que en algún sector de nuestra población ha habido cierto dejo xenófobo, pero nunca un ministro o un funcionario del nivel de Vargas Lleras se había atrevido a pasar la raya de esa manera. Con todas las diferencias que me separan del gobierno venezolano, que no son pocas, coincido en el reclamo que se le hace al país vecino por las ofensas proferidas. 

Y, si todos estamos de acuerdo en que merecemos respeto y queremos recuperar aunque sea parte de nuestra autoestima venida a menos, debería producirse una respuesta racional pero contundente. Una cosa no es incompatible con la otra.

No veo en la oposición venezolana la contundencia para reclamarle al vecino lo ocurrido. Salvo excepciones muy contadas, no parece importarle el golpe bajo dado por Vargas Lleras. De haberse producido una ofensa desde esta rivera del Arauca vibrador hacia el gentilicio colombiano, nuestros vecinos ya estarían dando respuesta como un solo hombre. Si en esos detalles no somos capaces de generar un mínimo consenso, imaginemos lo lejos que estamos de ponernos de acuerdo como venezolanos frente a los grandes temas nacionales.

Y, repito, no se trata de utilizar esas infelices declaraciones para evadirnos de nuestra realidad. Todo lo contrario. Pero lo último que podemos aceptar es que la condición de venezolano sea usada por otros como un coleto. 

Hasta ahora, no he sabido que el presidente Juan Manuel Santos haya hecho referencia pública a esta infortunada situación. Ojalá que en privado le haya leído la cartilla a este vicepresidente que, no queda duda, nos tiene en el inodoro de sus afectos.