Necesitamos mucha más ética y moral

En todos y cada uno de nuestros actos necesitamos mucha más ética y moral. Sin ellas, el futuro de la sociedad es incierto.

La ética nos permite distinguir entre lo que nos conviene (el bien) y lo que no (el mal), basados en una serie de normas, parámetros y reglas en la conducta, que nos ayudan a discernir en nuestros hábitos y comportamientos, buscando el bien a través de nuestras acciones.

La moral, por su parte, refiere la existencia de bienes y valores que sirven para orientar la libertad de los seres humanos, y decide lo que nos garantiza una buena vida. Su eje central está en la conciencia de libertad y determina cuáles de nuestros actos son susceptibles de recibir una calificación o juicio moral.

Siempre converso con mis estudiantes sobre lo importante de entender ambos conceptos, que suelen confundirse con facilidad. Lo básico está en internalizar que la ética refiere los principios y fundamentos que rigen nuestra conducta, mientras que la moral describe el comportamiento que observamos cada uno de nosotros frente a los demás.

De lo anterior se desprende que la ética pueda ser eminentemente teórica, descriptiva y constructora de normas, resultante de los consensos y disensos de la sociedad en base a sus comportamientos, mientras que la moral es eminentemente pragmática, producto de la expresión del comportamiento ciudadano visible.

Por ello es común interpretar, de la letra de distintos filósofos, que la moral oriente en torno a lo que se debe hacer o no, y de lo que se permite o prohíbe. Esto se muestra en las distintas costumbres y conductas humanas, pues es bien sabido que cada persona tiene una distinta moral.

En el mundo moderno, donde la corrupción es justificada por algunos como un arraigo cultural, la práctica de la moral contribuye a precisar la distancia entre un valor y un no valor. En cambio, la ética nos muestra la distancia entre un deber formal y un deber de conciencia.

Por todos es sabido que los seres humanos pasamos la mayor parte del tiempo pensando y valorando (por no decir juzgando). Por más respetuosos que podamos ser ante las diferencias, dedicamos horas percibiendo a los demás. No somos indiferentes ni pasivos frente a lo que sucede a nuestro alrededor, determinando qué es feo o bonito, bueno o malo, agradable o desagradable, noble o vil, importante o insignificante, correcto o incorrecto.

Asimismo, solemos atribuir un valor a una acción cuando afirmamos que es buena, beneficiosa o útil, aunque los argumentos de nuestro juicio puedan ser subjetivos o invisibles.

Desde pequeños nos enseñaron en nuestras familias y el colegio, que los valores constituyen los cimientos de la sociedad, aunque ya de adultos sabemos que evolucionan como lo hace la misma ciudadanía, pese a que en líneas generales, tienden a ser permanentes.

En el mundo moderno, la tolerancia y aceptación de la diversidad debería ser una práctica masificada, recordando que mientras la moral infunde el respeto a las prohibiciones, la ética impulsa la aceptación de la virtud.

La construcción de una nueva convivencia ciudadana nos exige autoevaluar nuestros comportamientos y actitudes, profundizando en las coincidencias y evitando la polarización inducida por las diferencias.

La ciudadanía no es solo un derecho heredado con una nacionalidad. Es sin dudas el resultado del ejercicio de la inteligencia, la práctica genuina de nuestras emociones y la lógica (y sensata) racionalidad.

Necesitamos mucha más ética y moral en nuestra cotidianidad.