Mother!: Genesis y Apocalipsis de un artista

Todo hecho artístico encierra dentro de sí una paradoja: plantearse la tarea de crear algo perfecto sabiendo que jamás podrá serlo. Emulando a muchas cosmogonías, cuando el autor arranca su proceso creativo parte del caos, una masa llena de ideas sin forma donde una sobresale y comienza a diferenciarse del resto. Un diamante en bruto que enamora al creador y lo impulsa a trabajar. Así, como si fuese un alquimista, comienza a dedicarle tiempo a su obra: la pule, la cuida, se obsesiona con ella, hasta sublimarla y transformarla en lo que el considera un Opus Magnum. Un proceso que, visto desde ambas direcciones (autor-creación), puede ser muy cruel. El demiurgo arranca pedazos de sí mismo —tiempo, vivencias personales, miedos, anhelos— y los coloca en su creación. Esta, al mismo tiempo, va tomando un carácter autónomo, haciendo cada vez más doloroso para el artista destajarla (destajarse), cambiarla (cambiarse), criticarla (criticarse) en su afán por hacerla perfecta. No es casual que expresiones como “dejé el alma en ella”, “es un pedazo de mí” o “fue un parto” sean lugares comunes cuando un creador habla de su trabajo. Irónicamente, la labor nunca se termina: el público disfruta del resultado y, luego de consumirlo, termina armando su propia obra con los retazos que obtuvo de aquello que el artista quiso decir. Allí, comienza otro proceso alquímico donde el resultado se transforma en una nueva Prima Materia, que será trabajada por nuevos creadores per secula seculorum.

Entrar en la mente del creador es algo que ejerce cierta fascinación en el público. Muchos autores de culto han dedicado films a esta rama de la metaficción (desde 8 1/2 de Federico Fellini, pasando por Adaptation de Spike Jonze, hasta ejemplos más cercanos como Holy Motors de Leos Carax, Rubber de Quentin Dupieux o Poesía sin fin de Alejandro Jodorowsky). Películas que, más allá de historias, terminan siendo una suerte de híbrido entre ensayo y autobiografía que se teje bajo una pseudo trama que sirve de pretexto para explorar en pantalla el hecho artístico. Es en este último apartado donde podemos incluir Mother! (¡Madre!), la nueva película de Darren Aronofsky. Un largometraje que, para variar, divide a la crítica de una manera radical: para unos es una obra de arte, otros sostienen que es un film pretencioso. Aunque ambos bandos tienen algo de razón, lo único indiscutible es que Mother! es de esas películas que no dejan a nadie indiferente.

La historia arranca con una pareja que vive en una casa de ensueño en el medio de la nada. Él (Javier Bardem) es un famoso escritor que padece de un fuerte bloqueo creativo. Ella (Jennifer Lawerence) es una ama de casa abnegada, paciente y cariñosa que vive reparando el hogar donde ambos habitan. El Escritor vaga de un lado a otro, malhumorado y frustrado, sin producir ni una línea; su Esposa se la pasa sonriendo intentando complacerlo en todo. Un día la paz de la pareja es interrumpida por la llegada de un hombre mayor (Ed Harris), quien dice ser Doctor y que parece estar profundamente enfermo. Contrariando la voluntad de su Esposa, el Escritor le da asilo por una noche al visitante, bajo la excusa de necesitar material para escribir. Al día siguiente, llega a la casa de la pareja la Esposa del Doctor (Michelle Pfeiffer) y, desde ese momento, las cosas comienzan a salirse de control. Personas van invadiendo la casa con diferentes pretextos mientras que el Escritor comienza a caer en una suerte de trance ególatra y, en paralelo, su Esposa (y la casa) comienza a ser ignorada y violentada por todos los intrusos que van poblando su hogar.

Mother! es de esas películas que tiene bastante tela para cortar. Lastimosamente, muchas personas la han limitado al darle una lectura exclusivamente judeocristiana, encasillando su discurso y simbología a las Sagradas Escrituras (ejercicio tan pueril como reducir The Matrix a el Nuevo Testamento). Mother! es eso y mucho más. El largometraje de Aronofsky es una exploración sobre el artista y su obra (planteando a esta última como un ser vivo en constante relación y confrontación con él). Un tema fascinante, pocas veces explorado en pantalla y que solo los grandes lo han sabido llevar a buen puerto. La película fácilmente podría llamarse La casa, La musa o La obra, cualquier título que sea femenino, porque es en ese espacio —la emoción, el anima— donde radica el combustible para la transformación que mueve el alma de la historia. La casa podría ser la psique del creador, ese templo que es constantemente bombardeado por impulsos que entorpecen el foco del proceso de transformación (la visita del doctor, los compromisos sociales, las distracciones: cualquier excusa es buena para procastinar). La esposa sería como esa musa abandonada, ansiosa por recibir la atención y el tiempo del artista para bendecirlo con el fruto de la creación. Esa musa que pasa a segundo plano cuando el autor deja que su templo se contamine con el mundo exterior. El artista fungiría como la semilla de megalomanía que reside dentro de cada creador, ese ego alienado y empoderado que olvida atender su casa-psique y cuidar a su musa-talento para que la creación pueda darse. Ese ego borracho de fama que muchas veces olvida lo esencial, que toma a una obra-esposa, la exprime, la utiliza como carta de presentación con el mundo exterior y la destruye, para crear otra obra más y comenzar el proceso desde cero, una y otra vez. Ello, Yo y Super Yo. El trabajo sempiterno del alquimista para sublimar la prima materia. Padre, Madre e Hijo. La rueda de la fortuna: equilibrio, destrucción y creación. El trabajo de la psique. Las pulsaciones Eros-Thanatos. El mito de Sísifo que vive constantemente el creador (condenado a repetirse en las ansías por evitarlo). El tratamiento que le dan los artistas a sus relaciones (que, como vampiros, exprimen hasta la última gota de las personas y experiencias que tienen, para luego buscar nuevos impulsos en otros lados). Las interpretaciones son libres y entre más se busquen, la película se expande como una matrioska llena de espejos donde es imposible no proyectar contenido propio. Un ejercicio interesante que pocas veces conseguimos en las pantallas de cine.

A pesar de sus referencias a otros autores y de su puesta en escena experimental, Mother! sigue teniendo la impronta de Aronofsky hasta la médula: una historia de ascenso y caída hasta la locura (elementos comunes en toda su obra: Pi, Requiem for a Dream, The Fountain, The Wrestler, Black Swan, inclusive, hasta la fallida Noah), un ticket sin retorno al inframundo. En términos de puesta de cámara, su Director da un paso adelante, llevando al máximo su clásica “sensación de claustrofobia” (creada al no separar la cámara del rostro de sus personajes, persiguiéndolos con ella), potenciándola al narrar toda la historia dentro en una casa y desde la única perspectiva de Jennifer Lawrence. A diferencia de otros films, en Mother! Aronofsky deja a un lado el juego con la óptica de la cámara. Mientras que en Requiem for a Dream o Pi, el lente funcionaba como metáfora de la psique del personaje (deformando o no su percepción de la realidad ), en Mother! su Director de Fotografía —y mano derecha perenne— Matthew Libatique se limita a seguir al Lawrence de forma circular, tardando en reaccionar a sus movimientos, causando que el espectador se sienta tan desorientado como ella. Es este efecto visual que emula una suerte de reality show, de acción in situ, es el que termina confundiendo al público, zambulléndolo lentamente en la oscuridad de Mother!, pasando de una historia sencilla que parece girar entorno a un malentendido hasta transformarse en un abrir y cerrar de ojos en una pesadilla espantosa.

La dupla de Lawrence y Bardem es tan rara que funciona bien para efectos de la historia: ninguno de los dos termina de encaja con el otro, transmitiendo al público la incomodidad que sufre Lawrence siempre. Bardem es como un púber saltando de un estímulo a otro, con ínfulas de poder y desconectado de sí mismo. Lawrence, por otro lado, encarna todas las etapas de la mujer: la esposa cariñosa, la doncella inocente, la madre abnegada, la amante sensual, la vieja estéril y la bruja que, luego de bajar al Hades, lo destruye todo para dar paso a un nuevo ciclo. Michelle Pfeiffer se roba el show con su pequeño personaje perverso y oscuro, en pocos minutos y solo con miradas nos perturba tanto como a la protagonista (demostrando que, a pesar de sus años, sigue siendo un símbolo de la erótica en el séptimo arte). Del resto, los personajes secundarios que orbitan dentro de la historia, logran siempre su cometido: incomodarnos y sacarnos de juego (como la aparición out of the blue de Kristen Wiig o los hermanos Gleeson). Del guión no hay mucho que comentar, Aronofsky repite la misma estructura de siempre: la historia comienza con una escena perturbadora, luego pasa a un set-up aparentemente normal y, desde allí, comienza a deformar la realidad hasta el punto del absurdo con la perversidad in crescendo. Nada nuevo bajo el sol.

Genere rechazo o admiración, Mother! es de esas películas que uno nunca olvida. De hecho, logra algo que pocas historias hacen: que el público salga preguntándose qué fue lo que vio, con ganas de debatir con otras personas y cuestionando sus proyecciones frente a la obra. Además, es un largometraje de lenta absorción, pasa un buen tiempo para poder darle un veredicto justo. Ambas son cualidades escasas —y necesarias— en nuestro cine actual. Comparándola con su filmografía y siendo bastante objetivos, Mother! no es la mejor película de Aronofsky… pero sí está en su top de lo más interesante. Sí, al igual que su Director y el protagonista de su historia, Mother! es pretenciosa, pero esto es inevitable al ser consecuente con el tema que aborda: la creación artística y el ego. Es estimulante que autores de culto todavía se atrevan a hacer cosas así. Sea considerada como joya incomprendida o pote de humo, Mother! invita al debate, revisar nuestro ego, cuidar nuestra casa y atender a nuestra musa, algo que nos hace falta en los tiempos que corren y que fácilmente olvidamos cuando vivimos abriéndole la puerta de nuestra psique a cualquier impulso destructivo que desee entrar en ella.

Lo mejor: Su propuesta estética y narrativa, un híbrido entre Buñuel, Lynch, Jodorowsky, Carax, Dupieux y Polanski. La puesta en escena claustrofóbica e invasiva. Jennifer Lawrence y Michelle Pfeiffer. Las múltiples lecturas que abre al espectador.

Lo malo: los trailers la venden como una película de suspenso, lo que hará que muchos incautos salgan descolocados luego de verla. Más allá de su narrativa surreal, el tercer acto se le va de las manos a Aronofsky con momentos que le restan fuerza a su discurso.