Morella Muñoz se fue temprano con su música a otra parte

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A Aura Mayoral Dordy

Uno de los aguinaldos más hermosos de nuestro repertorio navideño nacional es Niño Lindo, del siglo XIX y recopilado en San Pedro de los Altos, estado Miranda por el maestro Vicente Emilio Sojo en sus andanzas musicales. Y su interpretación más hermosa para mí es la de Morella Muñoz (, esa negra caraqueña bella y especial que me enamoró con su voz de flauta celestial desde que la escuché una tarde decembrina de 1967: yo iba desde la ciudad universitaria para mi Candelaria querida y al atravesar a pie el parque Los Caobos de pronto comencé a oír una música especial, como una sinfonía de pájaros caída desde las frondas y miré a lo lejos un concierto navideño. 

Apresuré el paso y como en un pesebre allí estaban al piano Guiomar Narváez, al cuatro Federico Reyna y con un sonajero de chapas en las manos la formidable Morella Muñoz con su voz de seda cantando aguinaldos, después recopilados en un CD por la Fundación Morella Muñoz, parte del legado de una gran artista que se nos fue muy temprano, cuando le esperábamos mucha más vida con nosotros.

Hija de Mercedes Muñoz y Juan Antillano Valarino, Morella nació el 29 de julio de 1935 en la caraqueñísima parroquia San José y se marchó el 15 de julio de 1995 a escasos catorce días de cumplir sesenta, mientras aguardábamos tanto de sus cantos, energías y entusiasmos como promotora de nuestros valores musicales.

En 1946 ingresó al Liceo Andrés Bello donde formó parte del orfeón y por sus dotes musicales la invitaron al Orfeón Universitario de la UCV. En 1948 cantaba a escondidas de su casa en la Radiodifusora Venezuela, con el seudónimo de Morella Kenton, pero fue en 1953 cuando en la Escuela Superior de Música “José Ángel Lamas” enserió sus estudios de canto bajo la dirección de los maestros Vicente Emilio Sojo, Inocente Carreño y Juan Bautista Plaza.

El año de 1961 fue muy bueno para mí, me contó en su casa de San Bernardino. Debuté en el Palazzo Forte de Verona patrocinada por la Academia de Cultura Musical de la ciudad y me gané el Premio Primavera de Praga. Al regreso me incorporé al Quinteto Contrapunto con quienes al año siguiente grabé mi primer disco y me casé con Pedro Álvarez.

En 1982 mi entrañable amigo el poeta Carlos González Vegas escribió un libro hermoso testimonial sobre el arte de Morella Muñoz, “La invención del Canto”, para acompañar una edición antológica de doce discos.

Contó el músico venezolano Aquiles Báez, apasionado del arte de Morella que la acompaño con su guitarra en su último concierto en el Teatro Teresa Carreño que “ese día había algo distinto, desde la música hasta por una especie de sexto sentido que me decía internamente que algo iba a suceder. Fue la última vez que la voz del canto de pilón, la del Quinteto Contrapunto, cantó en público”.

Báez notó que la sentía sudar frío y que era la adrenalina del espectáculo. Al caer el telón diseñado por el maestro Jesús Soto, Morella le gritó “Aquiles, sostenme que se me van las piernas”. Báez soltó la guitarra y saltó a socorrerla. La llevaron al médico del teatro quién le detectó taquicardias y le recomendó ver a un especialista. “Cuando se calmó, tal como era Morella, nos marchamos a comer una paella que para ella era un gran placer, sobretodo, después de un concierto. Quince días más tarde sufrió un Accidente Cerebro Vascular, del cual no se recuperó. Para mí siempre será un honor saberme parte de su último instante en un escenario”.

Una tarde de julio, temprano se nos fue Morella con su música a otra parte.


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