Mercedes Pulido: geógrafa de emociones

Referencial

En homenaje a Mercedes Pulido escribiré estas líneas. Lo que hemos perdido con su partida no es poco. También ganamos. Para los creyentes, la vida que sigue es la que cuenta para lo definitivo y, en momentos en que la familia se ve amenazada y vapuleada por tanta locura relativista, ella seguirá vigilante, ahora con mayores posibilidades, por su defensa y promoción. Lo que jamás dejó de hacer mientras anduvo por el mundo.

Comencemos por destacar que pocas mujeres han sido tan acertivas como ella en el análisis psico-social de los vaivenes de nuestra sociedad. En este país, donde sobran las mujeres inteligentes y preparadas, ella descollaba entre las mejores y más completas. Siempre he sostenido que podía diseccionar, con sorprendente habilidad, la geografía emocional del venezolano. Era una especie de antropóloga hurgando en las razones primeras y últimas de nuestro comportamiento como pueblo. 

Sus análisis eran producto de una sabia conjunción entre la psicóloga de profesión y la socióloga, que también lo era, por añadidura. Sus escritos son -y serán para siempre- indispensables para comprender y comprendernos. Fueron muchos los que nos envió al portal católico RCL, donde ella misma se fue abriendo un espacio al seleccionar con cuidado y cariño los textos más adecuados y vigentes para nuestro público lector y seguidor.

Con sus alumnos era especial. Siempre dispuesta. Como profesora era paciente y nada rígida, pero sí exigente. Su materia era la Psicología Social. Recuerdo una oportunidad en que falté prolongadamente a clases por atender a la militancia política que todo estudiante asume con fervor en tiempos universitarios. Yo estudiaba, mantenía la materia al día y me desentendí. 

Una mañana me consiguió en un pasillo de la UCAB pegando afiches en las paredes y me llamó aparte. Me dijo: “Escucha bien esto que te voy a decir: tú podrás sacarme mucho sobresaliente pero, si sigues faltando a clases, eso comenzará a reflejarse en tu calificación”. De hecho, era una precisión que se acercaba peligrosamente a la amenaza. Quise saber la razón si, finalmente, salía bien en los exámenes. Me replicó: “Tú no estás estudiando por correspondencia. Tienes un compromiso de asistir a clases. Tus padres pagan por eso. Si quieres ser buena política, comienza por cumplir en aquello con lo cual te comprometes”. Fue la lección de responsabilidad que tanto político -de los de verdad- debió recibir. No falté más. Fui su alumna varios años de la carrera y me cuento entre las privilegiadas por ello, al igual que todos mis compañeros.

Hace un par de meses me la encontré en el banco. Siempre elegante, caminando sin prisa, amable y con el aire de serena seguridad que nunca la abandonó. Intercambiamos algunas palabras. Me dijo que siempre enviaba sus artículos y agradeció que los publicáramos y divulgáramos. Yo le solicité mayor frecuencia por lo útiles y lúcidos que resultaban. El último decía cosas fundamentales sobre cómo “la violencia y la inseguridad carcomen nuestra cotidianidad”. Interpelaba a las Fuerzas Armadas y les recordaba su responsabilidad: “Más que enfocarnos en el control de las protestas – escribió- que sin lugar a dudas son muestras de descontento y ausencia de respuestas a la supervivencia cotidiana, celebramos que pueda existir una vocación democrática institucional genuina para realizar a fondo una verdadera auditoria del origen, uso y destino de este arsenal (el armamento sin control a disposición de la delincuencia). Y esta es responsabilidad absoluta del estamento militar. 

A la manifiesta demanda de propuestas hacia la reconstrucción o refundación de nuestro país esta es una oportunidad histórica que probablemente no vuelva a repetirse con lo cual se puedan iniciar normas de convivencia, confianza en las instituciones de justicia, seguridad ciudadana, y sobre todo enfrentar el flagelo de la impunidad y de la prepotencia del control absoluto del poder discrecional”. Tituló ese último escrito: “Unificación estratégica militar, oportunidad histórica?”. Allí dejó eso. En criollo diríamos: agarren ese trompo en la uña!

Se fue justo el día en que se recuerda a Santa Rosa de Lima, Patrona de América, mujer que ocupa un lugar preferente de respeto y devoción en la historia de la Iglesia. La referencia femenina, a la que tanto apeló y por la que veló Mercedes, tiene espacio de honor en el catolicismo. Hay quienes miran corto y reducen el papel de la mujer en la Iglesia a chillar por ordenaciones o diaconados. Asuntos secundarios. Pensemos en nuestras doctoras en doctrina, nuestras mártires y heroínas en la fe, nuestros ejemplos de santidad, aquellas que han hecho y proyectado a la familia como la responsabilidad que nos conecta con lo más creativo y sano de nuestra humanidad. Eso pensaba Mercedes. Ella fue una católica convencida cuyo testimonio puede equipararse al del más encumbrado prelado desde su perspectiva laica. Su servicio, capaz e impecable, puede mirar de frente y aún superar al de cualquier consagrado. La integridad de la familia, preocupación-bandera de la Iglesia Católica, siempre fue su desvelo, como académica, como profesional, como política y como cristiana. Una heroína seglar. Es el tipo de mujeres que necesita la Iglesia de Cristo. Fue su misión y la cumplió a cabalidad.-