Maestros de la hipnosis

Taringa

Por todas partes cunden hoy en día los líderes populistas. De populista a autócrata solo hay un paso. El populismo es un abuso porque es un fraude. Ni las potencias se salvan de ellos. Antes eran patrimonio de los países tercermundistas. En estos tiempos, trepan al poder de las naciones más poderosas, con la misma desfachatez y el mismo discurso espasmódico. Los ciudadanos de esos privilegiados territorios se comportan tan ingenuos, anestesiados y manipulables como cualquiera de quienes votaron por Chávez, Ortega, Evo, Cristina o Correa. Ese gregarismo sumiso e impersonal que degrada la sociabilidad tan propio de quienes sucumben a los maestros de la hipnosis. El cerco de lo políticamente correcto, esa tramposa justificación, ese ejercicio mental árido que despersonaliza y estandariza, es su cínica justificación.

Nunca vi a tantos neoliberales -y liberales sin el “neo”- esmoñaos por un populista. Prestos a hacer pedazos al Papa por hablar de justicia mientras se enjugan lágrimas de emoción cuando Trump se carga a la Merkel para repartirse el petróleo –y el mundo- con Putin. Error que vivirá para contar. Pero así son las cosas en este mundo cambalache.

Estamos en el tiempo de los anti-lideres. Los encarna el liderazgo carismático desde el punto de vista estrictamente político. En el ser humano hay un binomio estímulo-respuesta que explica la seducción oportunista y embriagadora de estos sujetos. Dicen que el miedo es la madre del éxito y si miramos hacia Hitler, sus pompas y sus obras, no hay nada más cierto. Se dedicó, con criminal astucia, a provocar al animal que cada alemán llevaba dentro. Y era austríaco. Formó parte de esos encantadores de serpientes que siguieron la cartilla: en lugar de afrontar la realidad, venden ilusiones, buscan chivos expiatorios internos y enemigos externos para cohesionarse.

Estamos llenos de caudillos autoritarios, gente que pertenece a lo que debía ser el pleistoceno de la política, pero que gracias, más que a sus capacidades a las carencias de los demás, cautivan por un tiempo que termina en una inmensa frustración, aunque ella haya sido, sorprendentemente, causa primera de su estilo de dirección. Einstein decía: “El respeto inconsciente hacia la autoridad es el más grande enemigo de la verdad”. Hanna Arendt hablaba de la “banalidad del mal” en un estudio sobre Eichmann, un jerarca nazi secuestrado en Argentina por los judíos y procesado en Israel. Ella creyó que, escudriañando en la personalidad de aquél hombre, iba a encontrar una perversa y potente mente privilegiada desde el punto de vista intelectual. Pero no, solo siguió obedientemente a su Fuhrer. Es la receta criminal, más simple de lo que podemos creer: cabezas enfermas gobernando a personas desprovistas y de cerebro romo.

El autoritarismo y el mesianismo de unos pocos se impone por la docilidad y dimisión de tantos. Es la historia tantas veces repetida. No engrosemos la lista de esos vulgos desdichados. Estamos a tiempo.-