Los hijos son sagrados

Referencial

He tenido en el tintero este tema y no veo momento más apropiado para tirar de mi cuaderno que este. No importa lo que diga la gente; los que me conocen saben de mis principios e ideales, también de mi vocación democrática.

Mi abuelo, preso por Franco, fue sometido a lo estricto de la prisión; ya por ello España sigue en deuda con mi familia. Curioso, por esa historia siempre escuche que mi abuela, mi padre y mis tíos jamás fueron objeto de la persecución por el pensamiento de mi abuelo y este ha sido una especie de principio universal.

En la dictadura de Pérez Jiménez ocurría lo mismo. En el mundo entero, incluyendo Europa y Norteamérica, se ha dado cobijo a los familiares de las personas que han cometido los crímenes más atroces, incluyendo los de lesa humanidad; es parte de esa regla.

En la Biblia conseguimos las raíces de ese principio, especialmente en el libro de Ezequiel, quien cuenta: “Cada uno es responsable por sus propios pecados, el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo. En la formación Judea-Cristiana aprendemos que el castigo por los pecados de una persona es asumido por ella misma”.

En días recientes y ante lo que vivimos en este país, observo con mucha preocupación una peligrosa persecución a los hijos de algunos representantes políticos. Estos eventos recaen en la mayoría de los casos sobre personas ajenas a la política venezolana; gente que se encuentra en proceso de formación y que desconocemos las circunstancias de cada caso particular. Se está derramando un innecesario odio y se están involucrando en esa aventura a personas también desligadas de este país. Estas actividades, además de ser ineficaces, aumentan la brecha hacia ese punto de encuentro en el que, más temprano que tarde, tendremos que llegar los venezolanos; al menos quienes, verdaderamente, anhelamos por un futuro de esperanzas y los que no podemos, ni queremos abandonar nuestros sueños.

Este es el tipo de lucha, abre el camino hacia lo irracional y coloca a los agresores en la otra acera, por allí no es la cosa.

Duela a quien le duela, conflictos como los que apreciamos en Venezuela no culminan con la victoria de una de las partes; no hay vencedores, ni vencidos. Hay acuerdos.