Los “ayes” del pueblo

Referencial

De nuevo la Iglesia habla alto y claro. El documento que ayer fue leído en los púlpitos del país fue fuertemente aplaudido por la feligresía en Misa. Palabras que no quedan en el tintero, sino que estremecen porque se confunden con los “ayes” del pueblo que sufre. Es un solo grito que denuncia la indignación de esta población ante tanto abuso, tanta burla, tanto desprecio.

La desprotección que nuestra gente siente por parte, como bien escrito está en el texto episcopal, de “todos los dirigentes políticos” es una primera apelación a la conciencia de quienes conducen y están allí, unos porque el país los votó para cargos de representación; otros porque cultivan el proselitismo permanente, pero sin excepción se deben a quienes cuya confianza pretenden. No se deja a la gente colgada de la brocha cuando más afectada se encuentra. No se vende uno como líder político para ese papelón. El político hace falta y su papel no puede cubrirlo cualquiera. Pero para que la antipolítica no coja cuerpo deben responder al pueblo, escuchar los “ayes” más allá del cálculo y la prebenda.

La mención “de quienes quieren sacar ganancias de la crisis que vive el país” no tiene desperdicio. Uno de los pecados sociales más graves y que impunemente se cometen día tras día en cada rincón de este territorio ante la mirada cómplice de un gobierno que aplica el garrote a quienes disienten pero se le vuelve de seda la mano para las mafias acaparadoras.

El llamado a poner en práctica la caridad con quienes se encuentran en situación más urgida en esta Navidad es pertinente en una Venezuela plagada de necesidades y de injusticia. Pero, sobre todo, alertan para no dejarnos robar la esperanza y la alegría que debe traer esta época de buena nueva para el mundo entero. No importa la situación pues la alegría de que hablamos no es el jolgorio banal y despreocupado. Después de todo, es lo que regímenes dictatoriales, de esos que no respetan la vida y buscan deprimir el espíritu, pretenden: que la fuerza de sabernos hijos de Dios, iguales en la dignidad y los derechos, no nos redima, no nos inocule fuerza ni nos deje ver la Luz.

Pero la Iglesia, una vez más, señala peligros y aconseja cambios de actitud. Eleva su voz para que sirva de eco a los clamores de la gente. Se pone del lado en que tiene que estar. Mientras otros solo hablan para disparase dardos, la voz de nuestros obispos se escucha recia porque sufren con el sufrimiento de cada venezolano. Allanan el camino del Señor.