Lala Land: En busca del Hollywood perdido

agencias

Marcel Proust escribió hace casi un siglo una máxima que, como toda verdad arquetipal, se extiende desde lo personal hasta lo colectivo: el paraíso solo existe una vez que está perdido. Un axioma que parece perseguir al cine de Hollywood desde los últimos tiempos, haciendo que muchas de sus historias apelen a la nostalgia para conectar con el público. Películas que intentan recrear esa magia que otrora producía la gran pantalla (como The Artist o Hugo) para que no olvidemos la época de oro. Un periodo que dio luz a un género que con el pasar del tiempo ha caído en desuso: el musical.

Posiblemente, después del terror, los musicales son del tipo de películas más rechazadas por los espectadores del cine contemporáneo, tildándolos de aburridos o kitsch, transformándolos en raras avis del séptimo arte actual. Tal vez se deba a que la misma inocencia que posee el género ya no tiene repercusión en un público curtido o puede que hayamos perdido como colectivo esa vena que nos conecta con los romances naive que suceden entre canción y canción. Teniendo todo este background encima, el joven Damien Chazelle vuelve a las salas con su segundo largometraje: La La Land, una historia de amor moderna que utiliza como telón de fondo la nostalgia del pasado, un homenaje a ese Hollywood que no volverá, a los musicales que nos hicieron suspirar y al jazz que se rehusa a morir.

La La Land narra la historia de amor entre Sebastian (Ryan Gosling), un talentoso pianista amante del jazz obsesionado con comprar un mítico club para revivir el género, y Mia (Emma Stone), una actriz que vive de casting en casting sin poder conseguir un papel donde lucirse. Lastimosamente, la situación económica y laboral de ambos es terrible: Sebastián trabaja a destajo tocando canciones pop en bares y fiestas, mientras que Mia se gana la vida como barista. Inestables, frágiles, jóvenes y con grandes aspiraciones, chico y chica se conocen, comienzan a salir y viven un hermoso romance entre coreografías y canciones, pero que lentamente nos va develando que, muchas veces, para cumplir los sueños debemos hacer sacrificios.

Curiosamente, más allá del hype que hay a su alrededor y sus 14 nominaciones al Oscar, la carta de presentación de La La Land es la división que ha logrado en la crítica. A diferencia de Whiplash (la primera película de Chazelle, alabada casi por unanimidad), el nuevo largometraje del joven director despierta reacciones de amor y odio. Paradójicamente, el argumento que usan unos para destruirla es el mismo que usan otros para alabarla: el homenaje que hace a varios clásicos del género. Muchos dicen que tantas referencias terminan por diluir la personalidad del director, que el argumento es soso y que poco —o nada— tiene que ver con la magnífica Whiplash. En lo personal, creo que es precisamente el quedarse en la primera capa de la película lo que levanta tales afirmaciones. Dejando a un lado la super producción, La La Land es un largometraje congruente con la impronta de Chazelle. Más allá del jazz, el montaje rítmico o los momentos agridulces, el leitmotiv del director sigue siendo el mismo: cómo un personaje obsesionado con un sueño debe sacrificar su vida personal para alcanzarlo. Un axioma que ha sido el día a día de la generación de mediados de los 80 y 90; esos millenials que sueñan con cumplir sus metas, pero que han heredado de sus padres un país hostil y duro, esos chicos que crecieron escuchando que podían tenerlo todo y que al volverse adultos descubrieron que no siempre es así.

Más allá de los grandiosos planos secuencias con coreografías impecables, la banda sonora deliciosa (a cargo de Justin Hurwitz, el mismo de Whiplash), la dirección de arte de primera y la dirección de fotografía alucinante, los que se roban el show son Ryan Gosling y Emma Stone. Dejando a un lado la química que fluye entre ellos (desde Crazy, Stupid, Love, muchos nos enamoramos de la dupla que hacen en pantalla), verlos moverse por el escenario cantando y bailando como los grandes enamora a cualquiera. No obstante, La La Land no es precisamente la mejor muestra del registro actoral de ambos… la Emma Stone de Birdman se lleva por los cachos a la romántica Mia y el Ryan Gosling de Blue Valentine o Lars and the Real Girl deja como un galán triste a Sebastian. Igual, me alegra un mundo que la Academia haya tenido en consideración premiarlos con las nominaciones que les dieron, reconocimiento harto merecido por la gran carrera que han llevado (y por llevar sobre sus hombros el éxito del largometraje).

A pesar de caminar por la delgada línea entre el homenaje y la copia, y omitiendo el desarrollo irregular de la historia de amor entre sus dos personajes principales, La La Land es un gran musical. Sí, 14 nominaciones al Oscar pueden ser excesivas, pero ya la Academia ha dado más nominaciones -y premios- a películas que ni siquiera merecían llegar a un festival. Chazelle demostró que no es un director One Hit Wonder y llevo a buen puerto una producción enorme y ambiciosa, pasando de la austeridad de Whiplash a la grandilocuencia de los musicales de Hollywood; su nombre se inscribirá junto con el de Rob Marshall y Baz Luhrmann como uno de esos románticos que decidieron apostar en la era de la modernidad por un género casi olvidado como lo es el musical. Compartiendo obsesiones con sus personajes, Chazelle puso su granito de arena para salvar el jazz y los clásicos del cine. Utilizando ídolos pop como bandera, La La Land, hará que muchos jóvenes se enamoren de Miles Davis, Chet Baker, Oscar Peterson o Thelonious Monk, lo mismo que de West Side Story, Singin in the Rain, Grease o Moulin Rouge!… acercando a las nuevas generaciones a ese paraíso perdido que muchos añoramos, un gran logro que hará que Sebastian y Mia tengan un lugar especial en nuestros corazones.

Lo mejor: la dupla de Ryan Gosling y Emma Stone, juntos nos arrancan sonrisas y lágrimas de principio a fin. La banda sonora de Justin Hurwitz. Las coreografías y la puesta en escena. La dirección de arte y fotografía. Los últimos 5 minutos.

Lo malo: por momentos, su argumento pierde fuerza durante la mitad del desarrollo, pero su desenlace la salva por completo. Aunque me parece un punto a favor, la crítica la destroza por la cantidad de referencias que utiliza de musicales clásicos.