La maniobra continuista de Andueza Palacio provocó cuatro mil muertos

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El hambre de poder se vuelve una terrible enfermedad y los gobernantes sienten esa fiebre sin medir las consecuencias de sus acciones para saciar sus apetitos y ambiciones. Se saben odiados y despreciados, conocen la fuerza del rechazo. A veces el ámbito de su poder se encierra en el palacio de gobierno con sus aliados, pero insisten en permanecer atornillados a la silla presidencial.

En Venezuela sobran los ejemplos y hasta son muy cercanos. Un ejemplo de esa hambre de poder lo fue el presidente Raimundo Andueza Palacio (imagen) quien quería perpetuarse en el poder mediante una reforma inconstitucional.

El presidente del Consejo Federal Guillermo Tell Villegas lo presionaba para que entregara la presidencia en la fecha prevista por la Constitución mientras Andueza urdía una maniobra para extender el período (1890-1892) y quedarse dos años más en el poder. Había sido escogido por el presidente saliente Juan Pablo Rojas Paúl para sucederle y asumió el 19 de marzo de 1890, día de San José, hecho sin precedentes en nuestra historia republicana: después de cumplir su periodo de dos años un presidente civil entregaba a otro civil la presidencia de la república, iniciado bajo los mejores auspicios, en un clima de paz y de bonanza económica heredada de los mandatos de Guzmán Blanco.

Rojas Paúl había propuesto, sin lograrlo, la extensión del período a cuatro años, idea que retomó Andueza y cuando se acercaba el final de su mandato pretendió las reformas a la Constitución, haciendo a las asambleas legislativas y los concejos municipales aprobarlas para que el congreso hiciera lo mismo.

Dominado por los partidarios de Crespo, el congreso sostuvo su apego a la Constitución y se opuso a la maniobra por cuanto cualquier reforma debería entrar en vigencia un año después de aprobada y esto ocurriría cuando Andueza estuviera fuera de la primera magistratura.

Para el 14 de marzo de 1892 Andueza desconoció en un comunicado cualquier decisión del congreso y proclamó la vigencia de las reformas de la Constitución, aprobadas por legislaturas y municipalidades, provocando una contienda armada al ignorar las advertencias de Crespo: “Que si no entregaba el poder el día 20 de febrero, como estaba previsto, le haría la guerra contando con el apoyo del país entero”. Tres días antes, ya Crespo se había alzado en armas en su hato guariqueño “El Totumo” iniciando una nueva guerra civil extendida al país que dejó más de cuatro mil muertos y tres mil heridos.

Cuatro meses después de una lucha que pudo decidirse en semanas, Andueza renunció y se embarcó al exilio, encargando a Villegas quien quiso concertar la paz pero Crespo lo desconoció y también se fue al extranjero, quedando su sobrino Guillermo Tell Villegas Pulido quien al mes también se fue.

La noche del 6 de octubre de 1892, el general Joaquín Crespo entró a Caracas al mando de diez mil hombres y se encargó del gobierno en una ciudad anarquizada en desórdenes y saqueos. Convocó una constituyente que lo confirmó temporal en la presidencia y puso orden a los desmanes heredados de las reformas de Guzmán Blanco.

El 16 de junio de 1893, Crespo puso el Ejecútese a la nueva Constitución que llevó el período a cuatro años y devolvió la votación directa y secreta. En las elecciones convocadas el caudillo obtuvo casi 350 mil votos para el período (1894-1898). Después entregó al mediocre general Ignacio Andrade, pero esa es otra historia.