La destrucción de todo

Por razones de trabajo viajo de Maturín a Valencia. Voy por carretera ya que es impensable hacerlo en avión; de hasta 10 vuelos diarios que conectaban a la capital de Monagas con varias ciudades del país apenas quedan dos semanales a Maiquetía y “si acaso”.

Salgo de madrugada dejando atrás una ciudad que hasta hace poco sufrió por 40 días sin agua por el desbordamiento de un tanque de almacenamiento de petróleo que contaminó la planta de tratamiento. Cae una ligera llovizna y en las calles sin iluminación se agolpan decenas en las paradas en espera de una “perrera” que les transporte al precio que quieran los conductores que abusan a más no más poder. Veo las colas habituales, comenzadas a formarse la noche anterior, la del llenadero de gas por comprar una bombona que evite cocinar en leña, la de los Bancos aguardando por algo de efectivo, la de los supermercados en procura de lo que “haiga”. Basura por doquier marca a la que alguna vez se llamó “Ciudad Distinta” y en la cual mientras dormíamos la municipalidad lavaba las calles. De salida paso frente al Hospital Manuel Núñez Tovar sumergido en mil problemas que lo mantienen casi en “cierre técnico”.

En la Maturín-límite de Anzoátegui se multiplican los huecos y el monte amenaza la vía, nada de los antiguos tramaviales que hacían el mantenimiento, ni de las grúas y ambulancias que el pago del peaje garantizaba. Las sabanas que ayer exhibían pivotes y apretujados sembradíos de maíz y sorgo, solo muestran maleza, poco ganado y en las fincas que se ufanaban de producir miles de pollos por cosecha los galpones están vacíos.

Límite de Anzoátegui-Barcelona-Piritu-Clarines-Uchire-Limite de Miranda nada cambia, otra vez sabanas desnudas, huecos y más huecos. Dejamos a un lado al complejo refinador de oriente y un amigo que me acompaña, botado de PDVSA en el 2002, arranca a contarme lo que se: el desastre en que devino nuestra empresa bandera. “Cuando yo trabajaba –afirma- éramos 15 mil y se llegó a producir 3 millones y medio de barriles diarios, ahora son diez veces más y no se llega ni a un tercio”.

Parada obligada en el Guapetón y en la arepera de siempre observamos algo distinto: está a reventar pero pocos compran. En las mesas llenas se consume de la vianda que cada quien carga. “Danos tres con leche, por favor” pedimos nosotros. “Son 120 soberanos” masculla la de la caja mientras una bandada de niños –que deberían estar en su primer día de clases- piden algo para comer. “40 soberanos un café con leche” reclama una señora detrás “hasta donde vamos a llegar”.

Rumbo a Rio Chico nos ataja una tranca: “¿será un accidente?”. Minutos después mujeres y hombres que pasan corriendo cargados de paquetes de harina pan nos dan la repuesta: saquean un camión. Tras larga espera y la llegada de la GNB podemos avanzar. Entrando al pueblo, otra parada; ahora es una protesta porque hace semanas no llega el CLAP, comentan los lugareños.

Atravesamos Caracas rápidamente que ya ni colas hay: “¿cómo va a haber? –comenta- el chofer si el al que se le daña el carro, daña ‘o se le queda”.

En la regional del Centro recuerdo cuando Didalco Bolívar y Salas Feo competían por cual tramo se encontraba mejor. Demarcada y bien señalizada, con ojos de gatos a todo lo largo, como si fuera grama al medio y al costado, patrullas recorriéndola, bien podía competir con cualquier autopista de Florida.

Pasamos el peaje de Guacara sin pagar porque el empeño del gobernador Lacava de cobrar se estrella contra la falta de efectivo y la caída de la señal en los puntos de venta cuando frente a nosotros da vuelta en U un autobús amarillo con distintivos de School Bus y hasta la señal de Stop a un lado. “A dios caraj -se agita el chofer- y ese bicho de donde salió, casi me siento en Miami” y entonces me pregunta ‘bueno Doctor, no y que estamos en guerra con el imperio, como llegó eso hasta aquí”. “No lo sé –respondí- pero la única guerra que enfrentamos es la que libran los que están empeñados en la destrucción de todo”.

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