La conciencia de América

Composición propia

A José Martí se le llamó “la conciencia de América”. Y con toda razón. Su verso era inspirador y de gran belleza. Pero su prosa era un dardo al corazón de la opresión:

“ Del tirano? Del Tirano
Di todo, di más! Y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano”.

Sembró extraordinarias ideas de libertad por toda América y forjó la unidad de los cubanos. Los condujo -cual misionero, profeta y mártir- hasta el umbral de la república democrática. Fue una de las mentes más preclaras de nuestro Continente. Uno de los más íntegros patriotas que ha dado la lucha por la independencia en los países del Nuevo Mundo. Su verbo era un torrente impresionante. Rubén Darío dijo de él: “Yo admiraba altamente el vigor de aquél escritor único”.

Mientras otros usaron las armas reales, él echó mano de la más poderosa: la pluma y la palabra. Podría decirse que el gran patriota cubano, el indiscutido Apóstol de la independencia, conjuraba el desaliento y el divisionismo y alentaba a su pueblo a la lucha, blandiendo sus ideas como biblia orientadora de anhelos y esfuerzos.

José Martí era profundo admirador de Simón Bolívar, un enamorado de Venezuela y un firme creyente en el futuro promisorio de nuestra América unida. Con indestructible esperanza, siempre vislumbró, por delante de los demás, los primeros rayos del sol de la libertad. En los más fríos y frustrantes panoramas, se agigantaba su figura y su pensamiento. “Con todos y para el bien de todos” era su lema imbatible. Por sobre todo, era un alma noble, llena de amor por sus compatriotas. Jamás se encontró en él un átomo de rencor:

“Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardos ni oruga cultivo:
Cultivo la rosa blanca”.

Ese era José Martí, el gigante gran Libertador de Cuba, el mismo que el régimen dictatorial de los Castro, ha profanado y mancillado pretendiendo apropiarse de su pensamiento y su espíritu para camuflagear la sujeción comunista. Martí los habría combatido ferozmente denunciando la nueva esclavitud que martirizaba a su patria.

Jamás habría Martí congeniado con este pervertido, penoso y trasnochado “socialismo del siglo XXI” que ha generado hambre, pero también la más bochornosa dependencia del mendrugo del Estado: “Los pueblos de hombres prósperos y laboriosos, son los únicos verdaderamente libres”, escribía. Y predicaba: “Sin libertad, no se halla sabor al pan más blando”. Para él, “la idea no cobija nunca la embriaguez de la sangre. La idea no disculpa nunca el crimen y el refinamiento bárbaro en el crimen”.

Muy interesante resulta repasar lo que opinaba Martí sobre el marxismo, esa ideología perniciosa que saca lo peor del ser humano, quiebra a los países, separa a las familias y avienta al exilio a millones: “De siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser sirvo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, pasaría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquél que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría su trabajo”.

Baste una sentencia premonitoria de esa especie de vómito negro con que podríamos comparar estos proyectos moralmente inaceptables: “Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres es el que, so pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les predica el odio antes que la dulce palabra del amor: el evangelio bárbaro del odio”.

Ese era José Martí, azote de tiranos y conciencia de América.-