¿Estamos preparados para un terremoto?

El País

Siempre me pregunto si estamos suficientemente preparados para un terremoto, y la verdad es que no.

Si bien la educación nos ayuda a reducir los riesgos ante los desastres y fortalecen las capacidades de las comunidades más vulnerables para responder a las emergencias, los resultados después de un sismo evidencian que aún tenemos mucho que aprender.

Lo sucedido recientemente en México es un claro ejemplo. Afortunadamente una hora y 46 minutos antes del sismo se realizó un simulacro que preparó a mucha gente para lo que vendría después. Sin embargo, pese a la extraordinaria movilización ciudadana y la acción gubernamental, el liderazgo post-sismo para atender la emergencia, ha estado un poco atomizado y descoordinado, aunque con ello no quiero desmerecer – en lo absoluto – el aporte de la gente que, desde todas partes del país, se ha unido con una sola voz: Fuerza México.

Sabemos que los sismos no se pueden predecir, ni son culpa de las manchas solares, del eclipse lunar, o del más allá. Sin embargo, sabemos que podemos prevenir sus consecuencias, con la debida formación de la ciudadanía, y muy especialmente, con toda la logística para atender sus consecuencias, por medio de una instancia plenipotenciaria y bien organizada, que coordine la ayuda en forma íntegra y transparente, sin dejar a nadie que lo necesite por fuera.

Los sismos son fenómenos naturales asociados al constante reajuste geológico de las placas tectónicas de nuestro planeta y están vinculados a fenómenos terrestres de gran fuerza, capaces de mover ciudades y montañas, y hasta profundizar las fosas marinas.

Científicos coinciden que gran parte de la energía de la tierra está contenida en cientos de procesos y fenómenos geológicos naturales derivados de la interacción entre el núcleo, el manto y la corteza terrestres. A través de éstos se libera la energía acumulada en el centro de la Tierra expresada en sismos o terremotos, que vale decir, significan lo mismo, solo que sismo proviene del griego y la segunda del Latín, y ambas significan movimiento de la tierra.

En América Latina el riesgo sísmico es muy alto. La línea de peligro recorre el continente de sur a norte, con especial amenaza para Santiago de Chile, La Paz, Lima, Quito, Bogotá, Caracas, todos los países centroamericanos y México.

Específicamente en Venezuela, es bien sabido que alrededor de la mitad de la población vive en viviendas humildes, sin capacidad para resistir un terremoto. Adicionalmente, más del 60% habita, a su vez, en zonas de riesgo sísmico, lo cual incrementa el peligro.

¿Estamos realmente preparados para un sismo? Me temo que no. ¿Ud. qué opina?