El taxista de Managua

Referencial

El 24 de abril de 1990 Managua era centro de la atención política. Al día siguiente el presidente Daniel Ortega debía entregar el cargo a Violeta Chamorro después de las primeras elecciones democráticas en las cuales el líder sandinista resulto derrotado. En las calles de la ciudad, todavía con las cicatrices de un terrible terremoto, se cruzaban invitados especiales, periodistas, observadores y curiosos que comentaban el final de una guerra que en todas sus fases había sumado setenta mil muertos.

El acto previsto en el histórico estadio de la ciudad reunía a mandatarios y figuras relevantes de la diplomacia mundial. Ortega, después de Fidel Castro, era percibido como la figura más representativa de los revolucionarios del continente; y si bien es cierto que entregaba el mando a una compañera en las luchas contra Somoza, también lo era que su revés suponía un severo fracaso para los postulados de la Revolución Sandinista.

En el centro de Managua, junto con Leopoldo Castillo entonces comentarista internacional de Venevisión, tomamos un taxi para recorrer una ciudad que parecía reponerse lentamente de una larga pesadilla. El conductor que dijo llamarse Luis, mantenía encendida una emisora que daba noticias sobre los preparativos de la ceremonia prevista para el día siguiente. El locutor en un extra dio cuenta de la llegada del presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. Luis, sin conocer nuestra nacionalidad exclamó, “Ese debería ser el presidente de Nicaragua”; “¿Por qué?” le preguntamos a coro; “Muy sencillo, porque gracias a él salimos de Somoza y ahora también gracias a él salimos del sandinismo”. Luis entrado en confianza nos comentó que había perdido a dos hijos; uno en la lucha contra la vieja dictadura somocista y que un año antes otro había caído en las filas de la “Contra”, un ejército financiado por Estados Unidos desde Honduras para derrocar al gobierno de Ortega.

El mandato de Chamorro dio paso a la estabilización democrática de un país que además de la confrontación bélica padecía de altos niveles de atraso y pobreza. Sin embargo, Ortega insistió en ser candidato en nuevas contiendas y fue derrotado en dos oportunidades. Como a la tercera va la vencida, en 2007 se propuso nuevamente y esta vez logró la victoria pero curiosamente ya no como el heredero del sandinismo puro sino mediante compromisos y alianzas con quienes habían sido sus adversarios históricos. Nadie podía pensar que comenzaba un largo mandato (la pesadilla centroamericana del “Señor Presidente” la novela de Miguel Ángel Asturias), que ya se prolonga por tres periodos.

Ciertamente, Ortega ya no representa la rebeldía de los años ochenta, y sus gestiones han construido el modelo del nuevo autoritarismo que concentra y diluye los poderes tradicionales, confisca los medios de comunicación pero ofrece un tratamiento permisivo y cómplice con todo tipo de intereses económicos y empresariales y un control social que le permite ahora convertir a su esposa en Vicepresidente de la República y reducir al mínimo toda representación opositora como alternativa de poder. El 6 de noviembre, Ortega sin contendor visible, fue reelecto con el 72% de los votos, sin que haya existido la menor advertencia internacional sobre la naturaleza de las nuevas dictaduras que florecen en América Latina. Llama la atención incluso que el secretario general de la OEA, Luis Almagro, quien se proclama como furioso vigilante de la Carta Interamericana de Lima, haya guardado en este caso un cómodo silencio. Luis, el viejo taxista de Managua, seguramente hubiera lamentado que no existiera como años atrás el vigoroso liderazgo del presidente venezolano