El odio a la fe ataca de nuevo

La madrugada del martes de carnaval se produjo un nuevo ataque a instalaciones católicas en Venezuela. Esta vez le tocó el turno al emblemático Patronato del San José de Tarbes de Caracas. La ave México en La Candelaria es la ubicación capitalina de esta institución que desde hace generaciones educa a jóvenes, no precisamente pertenecientes a a los sectores pudientes de la sociedad venezolana. No son hijas de “oligarcas” y menos de jerarcas de la revolución: allí estudian las hijas del pueblo. Las hermanas del San José de Tarbes, instaladas en este país desde tiempos de Julián Castro, han desarrollado una labor encomiable y muy reconocida, especialmente en el área educativa y de asistencia de salud. No merecen lo que vivieron ayer.

El odio a la fe volvió a manifestarse, en esta ocasión ensañándose con el sagrario y las formas consagradas. Por supuesto, hampones al fin, revolvieron todo lo que encontraron a su paso y cargaron con computadoras y otros equipos que servían a la tarea educativa, pero ciertamente el objetivo era profanar el lugar santo, la capilla. Arrancaron de cuajo la puerta del sagrario, se llevaron copones con hostias consagradas, así como la custodia. Saquearon habitaciones, las oficinas de la dirección, la sacristía y forzaron armarios y archivos.

En medio de la oscuridad y en plena huida, algunas hostias cayeron al piso. Las monjitas las encontraron y con lágrimas en los ojos nos decían: “El Santísimo quería quedarse aquí, con nosotras”. No era material lo que les dolía -y bien que tienen necesidades- sino la profanación de que había sido objeto la capilla.

Cuatro religiosas muy mayores de edad dirigen el Patronato, mujeres que han dedicado su vida a la comunidad. El acto, por esa razón, revistió características de una cobardía digna de libro de récords. Entraron sobre las 3 de la mañana por un boquete del baño cercano a la calle. Destrozaron la pequeña ventana y por allí ingresaron. A las 5:00 am, hora en que comienzan a transitar los pasillos, la hermana Cecilia (la directora) fue quien descubrió el destrozo y dio la voz de alarma.

A pocos pasos del edificio hay un módulo policial. Nadie supo, ni vio, ni oyó nada. Llamaron a las autoridades y por horas nadie se presentó. Cuando llegamos al sitio, encontramos allí a Mons Tulio Ramírez, obispo auxiliar de Caracas, quien se apersonó en el lugar para acompañarlas y tener información de primera mano acerca de los hechos. Y cuando nos fuimos, él quedó allí, esperando al Cicpc…

Hace pocos días ocurrió una profanación en El Junkito. A principios de año fue la Catedral de Caracas la que sufrió un ataque a pedradas durante horas. La casa del obispo de Maracay, la del obispo de Barquisimeto, la Iglesia del 23 de Enero… y varias incursiones agresivas en plena celebración de misas y diversos actos religiosos. Mérida ha sido un estado particularmente azotado por estos vándalos que disfrutan de una inexplicable impunidad. Muchos ataques no son reportados. Tampoco las amenazas que sacerdotes y obispos reciben. No llegan a las mayorías, tal vez por no alarmar y angustiar más a un país ya suficientemente agobiado.

Después de todo, no es justamente libertad religiosa lo que tenemos en Venezuela. El país entero está a merced de la delincuencia bajo todas sus formas, es verdad. Pero los ataques a lugares católicos y el particular interés en llevarse la Eucaristía es sintomático y seríamos imperdonablemente necios si no pensamos mal en un país donde desde el alto gobierno hostiliza al episcopado, las sectas campean y algo maligno parece gravitar en el enrarecido ambiente nacional.

Va siendo hora de que laicos y sacerdotes tomemos decisiones. Va siendo hora de que nos expresemos acerca de estos hechos con las palabras correctas y dejemos de disfrazar el odio a la fe con la frase “hampa común” o “hecho aislado”. Esto tiene toda la connotación de acciones planificadas y dirigidas, una política de Estado diseñada para amedrentar y reducir. Con la Iglesia eso no funciona y está suficientemente probado a lo largo de la historia. Pero en el camino es mucha la gente que sufre, como es el caso de las hermanitas del Patronato. Y es legítimo denunciar, poner en evidencia, desnudar las torvas intenciones y defendernos. Defender nuestra fe, defender lo sagrado, defender a quienes dedican su vida a servir a Dios y en consecuencia, a sus hermanos, a todos nosotros.

Va siendo hora, también, de que la Conferencia Episcopal Venezolana difunda la secuencia y sospechosa frecuencia de estos ataques. La comunidad sabrá valorar la insania y alevosía con que se profana. Y la opinión internacional tendrá constancia del malsano propósito con que se instigan y se desestiman, desatienden y desechan las denuncias y quejas al respecto.

Esta vez tocó a las hermanas del San José de Tarbes. Cuál será el próximo objetivo?