El luminoso Padre Ugalde

ABC

Lo tuve como profesor en la UCAB por varios años. En los tiempos universitarios, como todo joven en formación, discutíamos en las aulas y fuera de ellas y el Padre Luis Ugalde (sj), profesor de Teoría Política, particularmente inclinado al análisis y sin jamás rehuir a la polémica, no se salvaba de nuestros embates. 

Era brillante y riguroso. También a veces provocador e intenso. Pero hay tiempos en la vida, tal vez porque los años no pasan en balde y decantan las posturas, en que la gente parece como “tocada” por una lucidez especial. Es su caso.

Lo mejor del liderazgo –si hay substancia, naturalmente- emerge y se perfila cuando las crisis hacen sus picos. La necesidad actúa como un acelerador. O, más bien, como un agente descontaminante que hace fluir solo lo superior o sobresaliente en las ideas, en las conductas, en el debate. 

Se revelan liderazgos políticos y sociales, pero también morales e intelectuales. Gente que muestra lo mejor de sí y lo pone en función de esclarecer, de hacer crecer, de motivar y de amolar. Coloquialmente se dice que las personas, puestas en el disparadero, “sacan la casta”. Pues bien, eso ha pasado con variados voceros de la sociedad civil, al punto, de que bien podrían dar lecciones a los líderes que hemos tenido y tenemos en visión, desprendimiento, nobleza personal y pasión por el país.

Una de las derivas esperanzadoras del tiempo borrascoso que hemos vivido ha sido el aprendizaje del liderazgo que aporta y que acerca. Hemos aprendido a distinguir lo sano de lo enfermo, lo transparente de lo torvo y lo nutritivo de lo perjudicial. Eso es bueno para una sociedad, sin importar cuántos repten por las redes sociales mostrando las uñas, diseminando rencor o reflejando cualquier cantidad de complejos y resentimientos. Lo definitivo es que la crisis ha desnudado a mucho rey y bajado a mucho intocable del pedestal donde los mantenía encaramados la inercia del conformismo. Ya no funciona escurrir bultos ni evadir responsabilidades. Ya no funciona culpar a otro, aunque ese otro sea el mismísimo Papa.

Pero hay quienes han salido a dar la pelea por la sensatez, contra la mentira y el engaño, por la honradez y la verdad, en medio del fuego cruzado contra todo aquello que pretenda limar los extremismos. Uno de esos espíritus vigorosos y mentes luminosas es el ex rector de la UCAB. No solo ha precisado en qué nos estábamos equivocando, qué no veníamos leyendo correctamente, cuáles son las acciones que debemos emprender y mantener, en cuáles trampas no podemos caer y, sobre todo, qué “verdades adquiridas” tenemos que sostener. porque en ellas nos va la vida. En cada artículo de opinión, en cada entrevista o conferencia muestra una bendita lucidez que en ningún otro momento había resultado más sólida y más conveniente.

Este sacerdote -que hoy es como la brújula que cada quien lleva en el bolsillo- no se ha cansado de sugerir llamar por su nombre a un régimen que, a pesar de que lo pretende, no se parece para nada a la democracia. Sugiere, además, convencerse de que eso es así. Sugiere comportarnos como si estuviéramos bajo un tal régimen. Sugiere aceptar que el salto cualitativo que ha dado el país requiere de amplitud de miras, de incluir a todos en la agenda del cambio deseado. Sugiere escoger liderazgos sin prepotencia para una transición que conduzca estable hacia la libertad. Esos que piensan que ellos y sus partidos podrán solos con la Venezuela por rescatar… “no durarían ni un mes”. Una Venezuela que entienda en su más profundo significado aquel deseo del Libertador: que cesen los partidos y se consolide la unión.

El Padre Ugalde ha sido, igualmente, macizo en el respaldo a la Iglesia y sus pastores sin caer en la sandez de quienes, muy radicales ellos en su esquina opositora, entran en la cancha del régimen a chutar para su portería cuando atacan al Papa y al Vaticano de la manera más injusta. Solo desgajan verdades y ensartan falsedades en el hilo de la torpeza. Y no da la impresión de que lo hace por jesuita, sino por sacar a más de uno de la obcecación, de la intolerancia y el sectarismo, primos hermanos del totalitarismo que el socialismo del siglo XXI sigue empeñado en imponer a esta patria. El Padre Ugalde parece decirles: “tanto nadar para morir en la orilla”…no vale la pena. Pero claro, es la opción de cada quien.

La nuestra es agradecer a Dios por su inteligencia preclara y a él, por su paciencia ante la majadería. -