El general José Manuel Hernández burló a la policía y huyó disfrazado de médico

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Es temprano para conocer los detalles cómo salió la destituida Fiscal General de la República, Luis Ortega Díaz y su esposo el diputado Ferrer desde Caracas a la península de Paraguaná para tomar una lancha rápida hasta Aruba donde un jet la esperaba para llevarla a Bogotá. Estos enigmas se despejarán en su momento, al igual que otras fugas.

De quien sí se sabe cómo burló a los espías para fugarse es del general José Manuel Hernández, conocido como “el mocho”, quijotesco militar de montoneras de fines del siglo XIX quien pese a tantas conspiraciones y combates jamás logró el anhelado sueño de ser presidente de Venezuela.

En abril de 1897 “el mocho” Hernández lanzó su candidatura a la presidencia con el apoyo del Partido Nacionalista Venezolano y por primera vez hubo campaña electoral al estilo norteamericano, como aprendió allá, con giras por el país en tren, vapor, coche, a caballo o mula, afiches, volantes, propaganda, comités locales, boletines de prensa y el apoyo de una treintena de periódicos. Una modernización electoral desconocida, para enfrentar a los otros deslumbrados candidatos a las elecciones de 1898: Juan Pablo Rojas Paul, Juan Francisco Castillo, Francisco Tosta García y el mediocre general Ignacio Andrade, acusado de colombiano, por lo que no podía aspirar a la presidencia pero las autoridades se hacían de oídos sordos ante esta denuncia y además era el candidato del presidente Joaquín Crespo, quien aseguró respetar los resultados electorales.

El día de las votaciones, primero de septiembre de 1898, las plazas que eran los lugares de votación amanecieron tomados por los jefes civiles con hombres armados de machetes que decidían quienes tenían derecho al sufragio. Al propio “mocho” le impidieron votar en La Candelaria.

Cuatro meses después anunciaron el resultado de un descarado fraude: Andrade obtuvo 90 por ciento de los votos. Para el traspaso de poder, Crespo ordenó la libertad de los presos políticos incluido “el mocho” quien había denunciado el fraude. Hernández se refugió en su modesta casa de Miguelacho a Misericordia en Caracas bajo vigilancia las 24 horas de espías y policías para tratar de impedirle su alzamiento en armas.

Hernández se hizo el enfermo y vino el médico de confianza a verlo en un coche de alquiler, con lentes oscuros, barba espesa, de levita y pumpá, acompañado de dos ancianas. Al poco rato salen las viejitas con el hombre de levita y pumpá pero era “el mocho” disfrazado, se montan en el coche y se van a otra casa, cambian de coche dos veces más hasta un escondite donde firma cartas y proclamas. En la madrugada lo llevan a la casa del operador del tren quien lo lleva a la estación de Palo Grande y lo esconde en el vagón de equipajes, dentro de una gran caja de madera. Revisado el tren, “sin novedad” por la policía, sale hacia Valencia a las siete de la mañana. En el camino, pasan frente a la residencia del general Crespo, quien desayunaba tranquilo sin imaginar que el hombre que sellaría su destino pasaba a pocos metros de su casa. A las tres de la tarde llegó a Valencia y salió de su escondite a los ocho de la noche, rumbo a la hacienda Queipa de su partidario Evaristo Lima, en la sierra de Carabobo donde armó su revolución.

El primero de febrero Andrade es proclamado presidente y Crespo –su protector y benefactor– es el jefe militar. El dos de marzo “el mocho” lanza “el “Grito de Queipa” y se alza contra el gobierno con apoyos en todo el país. Crespo sale a perseguirlo al frente del ejército del gobierno y tras varias escaramuzas, el 16 de abril de 1898, en el sitio conocido como la Mata Carmelera, de capa blanca, botas de charol y sombrero de panamá, demasiado visible, de un certero tiro de wínchester en el pecho, un francotirador lo baja de su brioso alazán peruano “Gato Andaluz”, para poner fin al último caudillo del liberalismo amarrillo.