Dos países

Referencial

Hay algunas opiniones que invitan a la reflexión. Nunca es tarde para rectificar rumbos. Los liderazgos van, vienen y finalmente pasan pero los países no se acaban. Cuando alguien como Ricardo Hausman, que conoce a Venezuela, dice que tenemos un liderazgo de oposición no preparado para luchar contra una dictadura, eso es serio y pone de relieve algo que todo el mundo comenta entre dientes pero pocos se atreven a expresar abiertamente. No es que habló Pedro Carreño o Delcy Rodríguez. Lo hace con altura, con rigor y con toda la gravedad que exige el asunto. Porque la cosa no está para juegos.

Hay una especie de terror que ha migrado del gobierno a la oposición. Los proyectos tóxicos no deben extenderse en el tiempo porque terminan por contagiar los vicios. Giramos en torno a una idea desorbitada de la lealtad o tal vez se ha impuesto un desmerecimiento de la crítica. La gente que aún respalda al gobierno, bien sea por convicción o por necesidad, teme aparecer como traidor. Y el que milita en la oposición no puede abrir la boca porque de inmediato lo satanizan por “colaboracionista”. Eso refleja una sola realidad: el gobierno no se siente seguro de sus respaldos; los partidos opositores tampoco. Cuando la crítica es espontánea y sincera es fuente de correcciones y motivo de avance. Es más, se agradece. Si se queda entre pecho y espalda por miedo a ser descalificado, allí hay una distorsión que pone en evidencia un liderazgo profundamente débil. Un liderazgo que no saca lo mejor de sus seguidores sino que asfixia y anula. Si los dirigentes comienzan a cuidarse de los suyos comienzan a descuidar lo suyo. Y allí pierden lo más precioso: el norte.

Después de la generación que fundó la democracia, otras siguieron en el tablero político. Por razones que conocemos “todo se derrumbó-como dice la canción- y sobrevino este “alboroto sin concierto”, así llamó Simón Rodríguez a los jaleos tipo socialismo del siglo XXI. La generación que debió asumir el poder quedó atrapada en los rieles de esta historia. Quedó instalada en los años 90, con el mismo discurso o casi silente, en cuarteles de invierno, aparentemente acomplejada y sin empuje para salir al paso a tanto imberbe que cree que sabe de política. Así como quedó Cuba en los años 60, rodando studebakers, con bares de cortinita y trajes de hilo raído. Y es la tragedia que vivimos: los preparados no salieron adelante y los madurados con carburo no terminan de dar pie con bola.

Lo que ha ocurrido a lo largo de estos 18 años está a la vista: elencos que titilan y pasan, partidos que nacen y mueren, metidas de pata que se advirtieron y experimentos que fracasan. Todo el mundo buscando su cuarto de hora. Como si viviéramos un tiempo plácido y seguro, se dedican a fabricar pausas para deshojar la margarita. En acomodos y reacomodos. Evitando mucho movimiento no vaya a ser que me caiga del carromato.

Mientras tanto, el país, eso que llaman la sociedad civil, ha dejado el asfalto lleno de suelas gastadas y ha tomado cuanto riesgo amenaza; otros se han ido, aventados por la incertidumbre y la falta de fe en que “alguien pueda hacer algo”, lo que traduce: no hay confianza en el liderazgo; es la misma sociedad que ha concurrido cien veces a las urnas, la que hace colas para comprar lo más esencial, la que ha puesto muertos, la que rescató con su voto un Poder secuestrado, la que ha perdonado frustraciones e inconsecuencias y ahora hasta pasa hambre. Y todavía da lecciones: las colas infinitas ante la veintiúnica máquina del CNE, con la certeza de que no llegaría la mayoría a validar, demostró que esos partidos están llenos de gente que no se rinde, que no han podido exterminarlos, que aún hay militancia para rato, que no son cascarones vacíos sostenidos por el mendrugo clientelista oficial que, dicho sea de paso, ni siquiera logra mantener palpitando al Psuv.

Ante el dantesco cuadro del país, que no tiene un año ni dos, es pueril pensar que sólo se debe a un gobierno malandro, que lo tenemos, sino también a la impericia de unos líderes opositores que no han sido capaces de leer correctamente lo que ocurre, ni de entender la urgencia de la gente, ni de armar un movimiento resistente que remate exitosamente los esfuerzos. Definitivamente, estos no son tiempos para sentarse en las aulas de la pedagogía política con pantaloncitos cortos y medias tobilleras. Estos son tiempos de madurez, de desprendimiento, no de mezquindades ni vista corta. No son tiempos de chillidos, ni de reclamos, ni de quejas de muchacho malcriado. No es asunto de andar lanzando amenazas ni esquivando culpas. No es tiempo de tantear en la oscuridad.

Inventar partidos o poner zancadillas al otro cuando a lo que hacemos frente es a una guerra civil delictual es prueba de la falta absoluta de preparación para semejante trance. No hay las “destrezas” de que habló Hausman porque el único activo opositor, que es la calle, la gente, el descontento, siempre se desmereció. Cantar dictadura cuando nos comportamos como si fuera una democracia es falta absoluta de preparación. Es la incoherencia de que habló recientemente el Padre Ugalde.

Exigir que se ahorren críticas porque el momento es crítico suena bien siempre y cuando, por contraparte, la opinión pública percibiera el comportamiento de una dirigencia política responsable. Un parlamento que con tanto esfuerzo se rescató y no se amalgama en bloque sólido que haga frente a quienes, siendo sus iguales, pretenden cercenarle, es evidencia de la más absoluta falta de preparación y capacidad. Y no digan que hay que tolerar diferencias porque no es de diferencia de lo que estamos hablando sino de inconsciencia. Ni siquiera la muerte de nuestros niños por hambre y falta de medicamentos ha sido capaz de mover la sensibilidad como para ver salir, en marcha solidaria, a los 112 diputados al frente de una poblada como la de septiembre, exigiendo la ayuda humanitaria. Se escuchó a la Iglesia bregar por investigación para aclarar lo de las fosas en la Penitenciaría General de Venezuela. De resto, mutis por el foro. Nada es suficientemente grave y esa ceguera es falta de preparación.

El país nacional va por un lado y el país político por el otro. Fue Gaitán el que acuñó los conceptos. A Colombia le significó generaciones en guerra civil, primero la guerrilla y luego el narcotráfico. Alemania cayó bajo el yugo nazi y el Holocausto fue su peor drama. Cuando eso ocurre es muy peligroso. La distancia entre el país político y el país nacional ha sido la antesala de malos cambios para la humanidad. Esa fractura está en Venezuela.