Diplomacia de la Misericordia

Enmarcados en los actos conmemorativos de sus 54 años de vida, el viernes 8 de julio de 2016, tuve el placer de asistir a un evento promovido por el Instituto de Formación y Políticas Públicas Arístides Calvani, conocido también como IFEDEC, denominado: “Respuestas a la Crisis”.

La primera ponencia estuvo a cargo del Nuncio Apostólico de Venezuela Aldo Giordano, con el título “Diplomacia de la Misericordia” iniciando una magistral presentación sobre la responsabilidad y función de la Iglesia Católica en tiempos de crisis.

A través de un decálogo, estableció las condiciones para una diplomacia misericordiosa, teniendo como eje central la persona humana, incapaz de ser reducida a una categoría, ser hijos de Dios es la característica esencial de nuestra existencia, dando sentido a nuestra condición de semejantes y hermanos, haciendo inevitable el abrazo fraterno.

El decálogo inicia con la familia y sus complejidades, siendo el Amor, ingrediente reductor y transformador de las complejidades en espacios de “…de comunión y cenáculos de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas” tal como quedó plasmado en la última exhortación apostólica “Amores laetitia”.

El Nuncio nos invita a construir un océano de misericordia, capaz de inundar la humanidad y quedar sumergidos en él. A través de un ejemplo magistral, el Nuncio nos sorprende y toma una hoja de papel en blanco, ubicándola frente a sus ojos con los brazos extendidos, solicita de nuestra imaginación convertir la hoja de papel en un problema, continúa conversando y poco a poco acerca la hoja de papel hasta el punto de cubrir la totalidad de su rostro, impidiéndole la visibilidad.

El ejemplo es elocuente y gráfico, cuando el problema es el centro y ocupa todo el espacio, producirá una ceguera que nos impedirá encontrar la solución, el Nuncio Giordano nos invita a asumir los problemas como parte de la vida cotidiana y buscar las respuestas o soluciones desde una posición que permita observarlos en el horizonte.

El decálogo continuó haciendo énfasis en la importancia de convertir la periferia en el centro, siendo la periferia la humanidad, “llevar la misericordia al mundo”, con respecto a la diplomacia, el Nuncio afirma que debe ser desarmada, “cuando un hombre está desarmado, desarma”.

La prioridad en la diplomacia debe ser siempre la Paz, según el Nuncio Apostólico, nadie y nada está perdido para siempre, siempre hay una oportunidad para la esperanza, aquellos que afirman que el diálogo se agota, según “la diplomacia de la misericordia” se equivocan, la alineación e interpretaciones rígidas son inaceptables, la cultura del encuentro y el diálogo no se agotan jamás.

El Nuncio apostólico concluyó su exposición leyendo un fragmento del libro “Los hermanos Karamazov” de Dostoievsky: “Había una perversa mujer que murió sin dejar a su espalda la menor sombra de virtud. El Diablo se apoderó de ella y la arrojó al Lago de Fuego. Su Ángel de la Guarda se devanaba los sesos para recordar alguna buena obra de la condenada y poder referírsela a Dios. Al fin, se acordó de que una vez la mujer había dejado que un mendigo se comiera una cebolla podrida que había quedado después de la cosecha. El Ángel le dijo al Señor: «Dio una cebolla de su campo a un mendigo.» Dios le contestó. «Toma esta cebolla y tiéndesela a la mujer del Lago para que se aferre a ella. Si consigues sacarla, irá al Paraíso; si el tallo de la cebolla se rompe, la pecadora se quedará allí donde está.»

El Ángel corrió hacia el Lago de Fuego y le tendió la cebolla a la mujer. «Toma —le dijo—. Cógete fuerte.» El Ángel empezó a tirar con cuidado y pronto estuvo la mujer casi fuera. Los demás pecadores, al ver que sacaban del Lago de Fuego a la mujer, se aferraron a ella para aprovecharse de su suerte. Pero la mujer, en su maldad, empezó a darles puntapiés. «Es a mí a quien sacan y no a vosotros; la cebolla es mía y no vuestra.» En este momento, el tallo de la cebolla se rompió y la mujer volvió a caer en el ardiente Lago, donde está todavía. El Ángel se marchó llorando...”