Diálogo: un paciente débil pero vivo

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El diálogo sigue vivo. Tiene sus saboteadores y detractores de lado y lado, sus dificultades, sus tropiezos, pero sigue ahí, como la alternativa más viable, como el camino que puede comenzar a abrir las alamedas de un acuerdo nacional de gran trascendencia, dependiendo, claro está, de la capacidad que tengan sus protagonistas de cumplir y hacer cumplir los primeros acuerdos alcanzados.

Las partes han encontrado razones de peso para mantener este intento y ello es una buena noticia para quienes siempre hemos apostado a esa vía pese a las decepciones que nos hemos llevado en el pasado reciente. Es cierto que aun estamos lejos de resultados totalmente satisfactorios, de hacer realidad todos los acuerdos alcanzados este fin de semana. Pero el diálogo no es un racimo de cambures que se puede madurar con carburo. Es un proceso de por sí complicado, en el cual puede haber marchas y contramarchas.

Lo peor que puede hacérsele a este camino de solución pacífica, democrática y constitucional es convertirlo en un mecanismo para ganar tiempo, como quien hace trampa en el dominó, o exigirle resultados inmediatos e incluso inalcanzables, no por equivocados sino por la fuerza de las circunstancias. La mesa de diálogo es una moneda de dos caras: es un escenario de lucha, de debate, de pulso entre fuerzas antagónicas, pero a la vez es un terreno para el entendimiento e incluso para el logro de consensos que permitan atender necesidades urgentes del país, y por ende de su gente.

Es positivo que se avance hacia la elección de los nuevos integrantes del Consejo Nacional Electoral. También que se regularice la actuación de la Asamblea Nacional como poder autónomo, nacido de la soberanía popular. La repetición de elecciones en Amazonas no es tal vez la perfecta, la más justa, pero es la que se pudo alcanzar para abrir paso al restablecimiento del funcionamiento institucional en Venezuela. En cuanto a los presos políticos, la amnistía general es, en mi opinión, el objetivo estratégico no solo de la oposición sino de todos quienes hemos luchado por una democracia sin las verrugas que significan tener presos de conciencia. Pero cualquier avance en ese sentido tiene que ser saludado. Cada preso político que salga de los calabozos y pueda reintegrarse a su familia y a sus actividades es un paso en la dirección de lograr la reconciliación entre los venezolanos.

Otro aspecto importante es que en esta última reunión también se acordaron esfuerzos conjuntos para atender la crítica situación de abastecimiento de alimentos y medicinas. Estos dos problemas nacen fundamentalmente de una política económica equivocada. Tiene razón monseñor Mario Moronta cuando señala que la gente tiene que ser protagonista de ese diálogo. Que no se trata de un encuentro entre dos bloques en el cual se dirimen cuestiones vinculadas a la lucha por el poder. La gente tiene que ser el centro de la dirigencia política. De la que gobierna, principalmente, pero también de la que pretende ser la alternativa de cambio.

Un diálogo divorciado de las necesidades más apremiantes de nuestros niños, de los ancianos, de una juventud que no encuentra futuro sino peligro si permanece en Venezuela, del hambre, de la escasez de medicinas, de la aberrante situación de nuestras cárceles, del derrumbe del poder adquisitivo de la población, del empobrecimiento de los más pobres y de quienes se consideraban hasta hace poco clases media y hoy sufren tantas privaciones inimaginables meses atrás, es un diálogo condenado al fracaso, y destinado, en el mejor de los escenarios, a un acuerdo entre élites que no aportará soluciones de fondo a la grave crisis nacional. La frase que hizo posible el triunfo de Bill Clinton en Estados Unidos hace ya varios lustros vale para los dirigentes que hoy se sientan a buscar acuerdos : " es la economía, estúpidos"...