Cronicario | Nunca se supo quién mató al general Eustoquio Gómez

Sabido es que el general Juan Vicente Gómez, militar de las montoneras del siglo XIX, gobernó a Venezuela hasta el 17 de diciembre de 1935 al morir en Maracay, fue el tirano de mayor tiempo en el poder con una feroz dictadura de 27 años.

Aunque la familia lo negaba por su estado de salud, se dice que en Las Delicias, en Maracay un cónclave familiar había decidido que Eustoquio Gómez fuera el heredero de la presidencia, pero ya el Congreso Nacional había encargado al general Eleazar López Contreras para terminar el período a concluir en 1936.

Testigo de excepción de la muerte de Eustoquio Gómez fue el abogado Carlos Emilio Fernández, hijo del general Emilio Fernández, entonces subsecretario de gobierno de Distrito Federal quien cuenta en su libro “Hombres y sucesos de mi tierra” los últimos momentos de Eustoquio Gómez.

Culminadas las exequias del tirano en Maracay, el presidente, los ministros y los asistentes se trasladaron a Caracas y Eustoquio Gómez fue a hablar con López Contreras. Nunca trascendió de qué hablaron, pero supuestamente le ofreció la gobernación porque el sátrapa primo hermano del fallecido dictador quería estar en Caracas para solicitar del Congreso su designación para el próximo período.

Bastante desagradado salió Eustoquio de la reunión con el presidente y se fue a conversar con el gobernador Félix Galavís a quien ya López Contreras había alertado por teléfono. Al detenerse los automóviles frente a la entrada de la gobernación, la muchedumbre agolpada en la plaza comenzó a gritar: ¡Mueran los Gómez! ¡Abajo los Gómez!”

El tiranuelo ya se había bajado de su vehículo y con voz fuerte encaró a la turba: ¡Todavía hay Gómez vivos, carajo! ¡Mátenme si se atreven! Y la gente retrocedió ante la entereza del anciano general, quien entró resuelto a la gobernación y se fue a hablar con Galavís, acompañado de su hermano Fernando Gómez y su yerno Leopoldo Briceño Torres.

Detrás subió Jesús Corao, preso político recién salido en libertad a quien Galavís pidió ayudara a calmar a los revoltosos. “Usted me ha encomendado calmar al pueblo, pero mientras ese hombre esté aquí, no puedo hacer nada”.

Ese hombre no, replicó el aludido. Soy el general Eustoquio Gómez. Corao salió y Gómez se quejó haber sido engañado por López Contreras, diciendo además que no sabía gobernar: “¡Esos motines se acaban con plomo!”.

Galavís le dijo que no podía permanecer más en Caracas y le ofreció una guardia para que lo acompañara a Maracay.

“¡Yo no me voy, carajo!” gritó Eustoquio e hizo ademán de sacar su revólver.

“¡Entonces usted está preso!” respondió Galavís y se le fue encima inmovilizando sus brazos. Fue desarmado y llevado al salón privado del gobernador donde sonaron dos disparos y Eustoquio cayó sobre un sillón de cuero. Los funcionarios allí desarmaron a Fernando Gómez mientras su yerno les gritó “¡Asesinos, han matado a un anciano enfermo!”. Su cadáver fue colocado en un catre de campaña a la entrada del urinario de la policía, después que los médicos certificaron su muerte y manos piadosas colocaron dos botellas vacías con velas encendidas a ambos lados del cadáver. Cuenta Fernández que el cuerpo presentó dos heridas, “una en la parte derecha de la frente, superficial y la otra a la altura de la cintura, por detrás y a quemarropa, según indicaba el tatuaje de la pólvora. Le había desgarrado el hígado. Ambos disparos fueron hechos cuando estaba desarmado”.

Corao se asomó al balcón y grito ¡Eustoquio Gómez está muerto! Y la turba se lanzó sobre los automóviles y los quemó. El cuerpo de Eustoquio Gómez fue enterrado de madrugada, a escondidas para evitar que la muchedumbre se ensañara con sus restos. Fue saqueada su casa de El Cují y lo mismo ocurrió en su residencia en Barquisimeto.

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