Caracas y la cuestión venezolana

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“Esta cuestión de vida o muerte para el país y sus habitantes, podríamos sintetizarla aproximadamente en la siguiente proposición: de lo que hemos sabido hacer con la riqueza petrolera y de lo que sepamos hacer con ella en el futuro depende el porvenir de Venezuela. Todo lo demás resulta accesorio o dependiente.” Arturo Uslar Pietri.

Esta frase de Uslar da para mucho debate y discusión de fondo, sin embargo me limitaré a Caracas. El destino y el rumbo que tome nuestra capital, dependerá inexorablemente de lo que los venezolanos decidamos que hacer con nuestro único ingreso y su distribución. Hoy, Caracas sigue siendo la principal víctima del centralismo y receptora de una migración desde un interior más empobrecido que nunca.

Para finales de la década de los 50, nuestra ciudad creció -rebasando cualquier plan de desarrollo urbano- debido a las inequidades que ya comenzaban a florecer entre el campo, las ciudades del interior y las oportunidades que otorgaba la floreciente capital petrolera de América Latina. El salario anual de un trabajador del campo oscilaba bs. 1.500, mientras que el sueldo promedio de un trabajador urbano de la capital estaba cerca de bs. 14.000. Era evidente, que el desplazamiento del campo hacia la ciudad sería un tsunami muy difícil de contener.

Las consecuencias no se hicieron esperar, Caracas creció pero, sin planificación adecuada. No estaba preparada para recibir a centenares de familias del interior y de otros países de la región que buscaban oportunidades que sólo podían encontrar en la brillante “sucursal del cielo”. Allí se desarrolló todo un anillo de miseria alrededor de los cerros de Caracas, sin servicios, sin urbanismo, sin ciudad.

Es decir, Caracas nunca recibió adecuadamente esa oleada migratoria que fue ocupando grandes conglomerados. Allí surgió toda una clase social que se levantó desprovista de lo que hoy se conoce como “Derecho a la Ciudad”, un Derecho Humano fundamental reconocido por las convenciones internacionales en esta materia. Crecieron sin servicios públicos elementales, no hubo plazas ni parques, mucho menos centros comerciales, ni soñar con bulevares. Prácticamente dos generaciones de caraqueños se levantaron entre filtraciones, deslizamientos, goteras y por supuesto, sin viviendas adecuadas.

De este fenómeno social, de estas familias del campo que se vinieron atraídas con el deslumbramiento caraqueño, nace el descontento y la frustración. A pesar de los esfuerzos de los gobiernos democráticos y con el agravante de la estafa revolucionaria de estos últimos 18 años, la realidad sigue empeorando.

Las causas del desplazamiento que ocurrió hace unas décadas siguen agravándose, a tal punto que la fuga de talentos hacia el exterior se queda en pañales con la movilización causada por el desastre económico y social producido por el Gobierno socialista del Siglo XXI. La pobreza, el hambre y la escasez de medicinas en el interior de Venezuela, que es mucho peor que en Caracas, hace que este fenómeno social siga en aumento.

La crisis de los precios y la caída en la producción del petróleo, aunado a la quiebra de las zonas industriales, la expropiación (o robo) de fincas, la violencia desatada por bandas sin control, la disminución alarmante de la actividad comercial ocasionada por el modelo establecido en el “Plan de la Patria” hace que esta hecatombe social tenga su peor rostro en Caracas.

Nada podrá resolverse sin que abordemos a fondo el tema del petróleo y su manejo. Las circunstancias internacionales hacen que lo abordemos con la mayor urgencia y premura. Los adelantos científicos y tecnológicos aunado a las medidas tomadas por las Naciones Unidas sobre la reducción del consumo del combustible fósil, nos hace indicar que estamos caminando sobre un abismo. En los factores que adversamos a este trágico régimen debemos iniciar cuanto antes una discusión profunda sobre este tema medular para nuestro futuro. Estamos culminando una etapa económica muy costosa y si no rectificamos, el destino de nuestra capital sólo podrá asemejarse al narrado brillantemente por Miguel Otero Silva en “Casas Muertas”. La responsabilidad es grande, hay que asumirla.