Animales nocturnos: la venganza entre el peso y la levedad

El mítico Glauber Rocha dijo alguna vez que el comienzo de toda película debía ser contestatario. Aunque muy distante al director de culto brasileño en estética y narrativa, Tom Ford aprendió bien esa lección. Conocido por su trabajo en el campo de la moda, Ford saltó a la palestra cinematográfica en 2009 con A Single Man, un drama minimalista, críptico y muy inteligente protagonizado por Colin Firth y Julianne Moore. Luego de desaparecer 7 años de la gran pantalla, el director regresa a las salas de cine con Animales nocturnos (Nocturnal Animals), una matrioska narrativa llena de contrastes (pasión y frialdad, rural y urbano, amor y venganza, levedad y peso) que sacuden al espectador y lo acechan —como depredadores— hasta el final de la proyección.

Escrita y dirigida por Tom Ford, basada en la novela de Austin Wright (Tony and Susan), la historia comienza retratando la vida fría, banal y opulenta de Susan Morrow (Amy Adams), una hermosa curadora de arte casada con un millonario infiel y adicto al trabajo (Armie Hammer). La rutina de Susan parece transcurrir entre gente frívola, obras de arte carentes de alma y una desconexión total de la emoción, hasta que un día recibe un misterioso paquete con una novela escrita por su ex-esposo. Con algo de miedo, Susan se sumerge en las páginas de Animales nocturnos y comienza a imaginar la desgarradora historia de Tony Hastings (Jake Gyllenhaal), un padre de familia que ha perdido a su esposa (Isla Fisher) e hija (Ellie Bamber) a manos de unos psicópatas en una carretera en el medio de la madrugada. Atormentado por la culpa y acompañado por el detective Boby Andes (Michael Shannon), Tony emprende un viaje por los desiertos de Texas para dar con los responsables de su tragedia. En paralelo, Susan comienza a recordar la relación con su ex-esposo y su madre, cuestionándose a sí misma y a su entorno. De esta forma, se va desplegando frente al espectador un juego de espejos narrativos cuyos reflejos se mueven entre la realidad, la ficción y el pasado. Susan funge como bisagra entre cada historia, afectándose emocionalmente cada vez más y más con cada salto narrativo, hasta el punto de comenzar a rechazar su presente, encarar sus errores del pasado y encender de nuevo la chispa de su mundo emocional paralizado gracias a la lectura de la novela.

Animales nocturnos es una película de difícil digestión; todo en ella es violento, incómodo y oscuro. Para entenderla hay que diseccionarla y ver cómo sus capas narrativas se yuxtaponen. En primera instancia, la historia de la novela (un thriller policial neo-noir tan bien contado que provoca enfocarse exclusivamente en él), liderizado por la triada Gyllenhaal, Shannon y Aaron Taylor-Johnson, atrapa por el suspenso y la brutalidad que propone; además, encierra de forma críptica la tormentosa relación entre Susan y su ex-esposo. Por otro lado, el pasado de Susan, aunque menos hostil y perverso, entraña un mar de dudas que cautiva al espectador; a través de él vamos descubriendo la verdadera naturaleza de la protagonista, arrojando una nueva luz —o, mejor dicho, oscuridad— a su presente atormentado. Esto se traduce en la descomposición del personaje que encarna Amy Adams, transformándose en una suerte de alma en pena que vaga entre lujos, moda y frivolidad, mientras que un terremoto interno la destroza.

La música de Abel Korzeniowski nos vuelve a hechizar de la misma forma que lo hizo en A Single Man, sirviendo para crear atmósferas que envuelven, balanceando al espectador entre el suspenso y el drama. Un ejercicio parecido de funambulismo es el que realiza Seamus McGarvey con la dirección de fotografía, creando cuadros que contrastan entre ellos. Por un lado, tenemos la calidez del desierto de Texas, sus cielos llenos de melancolía y una cercanía a la tragedia que nos embriaga. En la otra antípoda, tenemos decorados fríos, distantes y carentes de alma en lo que se desarrolla la vida de Susan. El juego entre cálido y frío, luz y oscuridad, sombras y luces, ayudan al público a sumergirse y alejarse emocionalmente del largometraje. Todo esto ocurre sobre el lienzo de dos historias complemente disímiles en color y sensación. La pobreza y suciedad de Texas contrasta con la minimalista y aséptica realidad del presente, generando tensión de opuestos entre lo rural y lo urbano, la ausencia de vida de las elites y las tragedias del hombre común. Contraste que se materializa gracias a la dirección de arte de Christopher Brown (responsable de todo el arte de una de las series más glamorosas de la televisión: Mad Men). La guinda la pone el montaje de Joan Sobel que crea elipsis entre una historia y otra tan sutiles e inteligentes que permiten que el espectador nunca pierda el hilo conductor entre líneas de tiempo y ficción.

Sin lugar a dudas, la dirección de Tom Ford se refina en Animales nocturnos. Si en su ópera prima dio muestras de un manejo excelso de la narrativa cinematográfica, en su nueva película logra pasar al siguiente nivel, demostrando que no es un realizador one hit wonder. Aunque por momentos se le sienten las referencias de Lynch, Cronenberg y Antonioni, el director demuestra que sabe bien dónde y cómo poner la cámara para enganchar al público. Cada plano es simétrico y lleno de expresividad. Durante el desarrollo de la historia mezcla registros que van desde un drama carente de Eros, hasta escenas de persecución y violencia explícita. Sea cual sea la emoción, Ford mantiene la cadencia, el ritmo y el tino para ser fiel a las 3 historias y no diluir ni imponer su impronta en ellas. Lejos de solaparlas una sobre otra, las va fusionando lentamente, hasta el punto de embriagar al espectador tanto como lo está su protagonista en el ir y venir del relato.

Animales nocturnos no es una película fácil de ver, pero sí difícil de olvidar. Es inteligente, sutil cuando debe, incisiva cuando no lo esperas y valiente como pocas. Arranca con una bofetada al público y termina como una bruma que se diluye en la sala de cine desconcertando a todos. Una historia de venganza como pocas, un juego de espejos y metáforas que desconcierta al espectador y lo confronta con la levedad y el peso de la sociedad actual. Dos cara crueles e implacables de la misma moneda que es nuestra velada realidad.

Lo mejor: La actuación de Jake Gyllenhaal, Michael Shannon, Amy Adams y Aaron Taylor-Johnson. El montaje inteligente que potencia la expresividad de las elipsis. El guión incisivo y perverso. La dirección de arte de primera, el juego de temperaturas de la fotografía. La música.

Lo malo: Su resolución puede caer como un balde de agua fría (aunque está completamente justificada a nivel dramático). Quedas con ganas de conocer más de los personajes secundarios. Al compartir cartelera con varios blockbusters, posiblemente pase por debajo de mesa.