¿A quién nos parecemos?

Son muchos los analistas internacionales que disertan sobre Venezuela. Se devanan los sesos por determinar a qué o a quién nos parecemos. Que si somos el Perú de Fujimori, o la Guatemala de Jorge Serrano Elías. 

Tal vez nos vean reflejados en algún proceso africano o más bien podríamos estar transitando la senda de los estadios de pre guerra civil tan frecuentes en la historia de la humanidad. 

Lo de Cuba se hace cada vez más lejano en el cuadro, aunque pudo haber sido la pretensión originaria de un elenco que cultiva el malandraje y la satrapía más que la genuina vocación de poder. Es lo nuestro es una rareza indefinida con deriva impredecible o es una situación de hecho irreversible hacia la consolidación de una dictadura, ya sin careta?

Nosotros hemos sido un poco atípicos en todo. Atípica es nuestra aparente involución después de haber sido una democracia admirada en el continente mientras país tras país caía bajo la bota militar. Atípico en demasía es quebrar un país petrolero, eso sí que es un récord obsceno!.

Nuestra historia es también atípica. La zaga de gobiernos de fuerza en Venezuela es más larga que el disfrute de la democracia pero, en consecuencia, igualmente lo es nuestro “músculo” genético de lucha contra ellos. Pareciera que somos conformistas pero en nuestro ADN circula todo lo contrario a la resignación. Más bien una historia Caribe que puede levantar olas de 30 metros en un mar tan plano como un plato segundos antes.

Qué cara presentaba Venezuela días antes del Caracazo? Cuál el día antes del 4F? Quién imaginó la voltereta del 11A? Procesos que venían incubándose pero, en este país, la hierba no se oye crecer. Cada tramo generacional se levanta con una muy particular idea de la lealtad hacia la patria y un ancestral apego a la vida en libertad, mucho más la actual, formada y nutrida en medio siglo de ciclo democrático. Ni siquiera los nacidos después del estropicio de Hugo Chávez toleran la arbitrariedad. La prueba está en la calle.

La historia guarda lecciones. Así como el cristianismo sobrevivió por siglos sin Iglesia ni sacerdotes después de la destrucción ocasionada por las guerras -Independencia y Federación- de la mano de la familia, menos pueden 18 años con el anhelo democrático de este pueblo. La prueba está en la calle.

Los que nos parecemos somos los venezolanos entre nosotros. Los abuelos a los padres y los padres a los hijos transmiten una cartilla: defendemos nuestra originalidad con uñas y dientes pero somos idénticos en eso de aborrecer a los tiranos. Dinero del petróleo a manos llenas en las arcas de un gobierno sin el menor escrúpulo, ciertos errores internos y una larga inconsecuencia internacional han retrasado el desenlace.

Pero las cosas han cambiado mientras este país resiste. Ya no veremos más dictadores que mueran en la placidez de sus lechos. Saldrán antes.-