A propósito de los Juegos Olímpicos

Referencial

En los Juegos Olímpicos de 1936, la Alemania Nazi manipuló el deporte con fines políticos a pesar de que el propio Adolfo Hitler tuvo que aceptar la derrota de su tesis de la superioridad aria cuando contempló las diferentes victorias de los atletas de color en la propia capital del imperio que pensaba construir. 

En la historia de los Juegos Olímpicos, éstos siempre tenían una dimensión espiritual en el campo de lo sagrado con sus rituales, sus santuarios y sus ídolos. Cada competencia siempre estuvo signada por el respeto, la admiración y el premio otorgado al mejor participante. La famosa cineasta Leni Riefenstahl dejó grabados para siempre esos Juegos Olímpicos de 1936 y allí está la extraordinaria hazaña de Jesse Owen.

Antes del líder nazi, Benito Mussolini en 1934, aprovechó también el fútbol que se expandía como espectáculo de multitudes, y organizó la segunda Copa del Mundo quedando Italia como campeón. 

La Unión Soviética desde 1945 no sólo en Rusia, sino en todos los territorios ocupados, privilegió el deporte y trató de utilizar toda cita olímpica como instrumento de su política exterior. 

Los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964 marcaron el comienzo de una nueva era para el Japón, como también para Corea en 1988 y China en 2008. Ahora le ha tocado a América Latina, es la primera vez que el continente reúne a los atletas del mundo en las más variadas disciplinas, desgraciadamente no es el mejor momento para el Brasil, por la crisis económica y política y por la amenaza de actos terroristas.

Podríamos decir con Joseph Nye que la diplomacia del deporte especialmente por el uso de la televisión, se inscribe en lo que él denomina “soft power”, poder blando, por el prestigio y el ejemplo en proporción directa al éxito en medallas y en la participación de las competencias. Este poder suave se opone al “hard power” que es el poder de la fuerza y que era la tradicional demostración del realismo político. 

Hoy en día la transmisión de las imágenes y la proyección del país es más importante que el despliegue militar, pero no solamente las imágenes de los medios de comunicación social, sino la percepción global que se tiene del mismo, por eso el deporte al mundializarse, se ha convertido en una fuente de popularidad, de prestigio y de reconocimiento.

Los estadios son las nuevas catedrales y los atletas, las nuevas divinidades. Este fenómeno obliga a los Estados a la promoción y difusión del deporte. El espectador realiza en su imaginación ciertos tipos de vida para los cuales nunca tuvo el tiempo ni el talento de vivir. 

Los deportistas son los nuevos héroes de batallas sin muertos y sin destrucción, y de guerras que terminan en la paz, dentro de su elegancia, su violencia y su talento. Mirar este espectáculo que se realiza en Brasil desde nuestros televisores, es una actividad de contemplación totalmente hedonista y sin objeto preciso. 

Desde la distancia debemos agradecer a 206 comités con 11.000 atletas diferentes, por habernos permitido este extraordinario espectáculo de armonía, de paz, de confrontación pero sobre todo de convivencia. Todos han sabido afrontar a sus adversarios respetando al contrincante y buscando la excelencia aceptando reglas y procedimientos. 

Los jueces siempre tienen la razón. En cada oportunidad olímpica se realizan imposibles y muchos nombres pasan a la historia. Algunos como Diana Nyad, la más grande nadadora, concluyó con una extraordinaria carrera de comentarista deportiva en los medios de comunicación social. 

Otros como George Foreman, que dejó el boxeo con el título mundial de peso pesado, y se convirtió en pastor y hombre de negocios. Franz Beckenbauer, el más celebre futbolista de Alemania, continuó como entrenador del equipo de su país al cual llevó a una Copa del Mundo. 

Muchos otros se convierten en objetos de la publicidad o directores importantes de marcas internacionales, y algunos como el mismo Jesse Owen destruido por un cáncer de pulmón atribuido al tabaco y con más de cuarenta años de sufrimientos y fracasos desde su extraordinaria victoria en 1936, aunque en 1972 la Universidad de Ohio le otorgó un Doctorado “Honoris Causa” y en 1979 el presidente Jimmy Carter le designó como una leyenda viva de Estados Unidos. 

Para Muhammad Alí también la vida le jugó un fin trágico, el más grande boxeador de toda la historia fue golpeado por una enfermedad neurológica, donde seguramente estaban presentes las huellas de sus tres combates contra Joe Frazier. En 1996, él fue el responsable de encender la llama olímpica en Atlanta.

Con Píndaro en la vieja Grecia, los atletas alcanzaron la estatura de dioses y como él en muchas partes, el deporte y los deportistas hoy en día representan la dimensión espiritual de nuestras sociedades y la aspiración de la libertad y de la justicia en donde se puede competir y reconocer al mejor, respetando al vencido, aceptando las normas establecidas y respetando a los jueces.